Paul volvió a leer el mensaje.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
“Si quieres volver a ver a Margaret, trae a Elizabeth.”
No había firma.
No había explicación.
Solo aquellas palabras.
Elizabeth estaba a su lado y había leído exactamente lo mismo.
Por primera vez desde que todo aquel misterio había comenzado, Paul vio verdadero miedo en sus ojos.
No era miedo por ella misma.
Era miedo por Margaret.
—No —dijo Paul.
Elizabeth lo miró.
—¿Qué?
—No vas a ir.
—Paul...
—No.
Su tono fue firme.
Elizabeth cruzó los brazos.
—Margaret está allá.
—Precisamente por eso.
—Es mi madre.
—Y no voy a entregarte a alguien que la está usando como rehén.
Elizabeth respiró profundamente.
—Entonces ¿qué hacemos?
Paul miró a Richard.
—Llamar a mi padre.
James intervino inmediatamente.
—No.
Todos voltearon.
—¿Por qué? —preguntó Paul.
—Porque si Alexander se entera, irá directamente a buscar a Margaret.
—¿Y eso qué tiene de malo?
James soltó una amarga sonrisa.
—Que quien tiene a tu madre sabe exactamente cómo piensa tu padre.
Paul se quedó callado.
—¿Qué quieres decir?
—Que está esperando que Alexander haga justamente eso.
Richard se acercó.
—Entonces ¿qué propones?
James miró a Elizabeth.
—Que no hagamos nada.
Elizabeth abrió los ojos.
—¿Nada?
—Exactamente.
—Mi madre está secuestrada.
—Lo sé.
—¡Entonces no puedo quedarme aquí esperando!
James se acercó.
—Si quieres salvarla, tienes que entender algo.
—¿Qué?
—Ellos no necesitan a Elizabeth.
Paul frunció el ceño.
—El mensaje dice lo contrario.
—El mensaje quiere que pensemos eso.
James señaló el teléfono.
—Quieren que creamos que ella es la llave.
Richard negó.
—¿Y no lo es?
James tardó en responder.
—No exactamente.
Paul dio un paso hacia él.
—Habla claro.
James respiró profundamente.
—La verdadera llave no es Elizabeth.
Silencio.
—Entonces ¿qué es? —preguntó Paul.
James miró hacia la carpeta que había llevado consigo.
—El acuerdo original.
Elizabeth no entendía nada.
—¿Qué tiene ese acuerdo?
James abrió la carpeta.
—Una cláusula.
Sacó una hoja amarillenta.
—Cuando se firmó, algunas propiedades y participaciones quedaron vinculadas a una condición.
Richard tomó el documento.
—¿Qué condición?
James señaló una línea.
—Si alguno de los propietarios originales moría sin revelar determinada información, los activos pasarían temporalmente a un fideicomiso.
Paul frunció el ceño.
—¿Y quién controla ese fideicomiso?
James miró a Elizabeth.
—La familia de tu madre.
Elizabeth se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Tu madre heredó los derechos.
—Pero ella nunca me habló de eso.
—Porque no quería que lo supieras.
Elizabeth negó con la cabeza.
—No entiendo.
James suspiró.
—Tu familia no solo tiene dinero.
—Eso ya lo sé.
—No.
James negó lentamente.
—No entiendes.
Miró a Paul.
—Tu familia perdió el control de una parte importante de su patrimonio hace más de veinte años.
Paul se quedó helado.
—¿Cómo?
—Por una cláusula que Catherine ayudó a activar.
Richard miró a James.
—Entonces...
—Sí.
James continuó:
—El dinero que desapareció no desapareció realmente.
Elizabeth palideció.
—¿Dónde está?
James respondió:
—Protegido.
—¿Por quién?
James la miró directamente.
—Por tu familia.
Elizabeth retrocedió.
—Entonces...
Miró a Richard.
—¿Nosotros tenemos ese dinero?
Richard negó.
—No lo sabía.
—¿Tú tampoco?
—No.
Paul miró a James.
—¿Y cuánto vale?
James guardó silencio.
—¿Cuánto?
Finalmente respondió:
—Suficiente para cambiar el equilibrio de poder entre varias familias.
Paul entendió.
—Por eso quieren encontrarlo.
—Sí.
—¿Y Margaret sabe dónde está?
James asintió.
—Probablemente.
Elizabeth cerró los ojos.
Ahora todo encajaba.
La carta.
Catherine.
La investigación.
El automóvil.
James.
La amenaza.
Margaret.
Pero había una pregunta que no dejaba de atormentarla.
—¿Por qué yo?
James respondió:
—Porque Catherine dejó establecido que, si Margaret desaparecía, el siguiente responsable sería alguien de tu generación.
Elizabeth abrió los ojos.
—¿Yo?
—Sí.
Paul tomó su mano.
—No estás sola.
Elizabeth lo miró.
—¿Y si quieren que yo encuentre el dinero?
James respondió:
—Entonces ya no solo eres una víctima.
—¿Qué soy?
James bajó la voz.
—La persona que puede abrir la puerta.
La situación era tan absurda que Michael decidió hacer la pregunta menos apropiada de todas.
—Entonces...
Todos lo miraron.
—¿Somos ricos?
Richard cerró los ojos.
—Michael.
—Es una pregunta válida.
Emma se tapó la boca para no reír.
Jack murmuró:
—En realidad, yo también tengo curiosidad.
Elizabeth los miró.
—¿Ese es el momento para preguntar eso?
Michael levantó los hombros.
—Estamos hablando de una fortuna escondida.
Paul soltó una pequeña risa.
Por primera vez desde que habían recibido el mensaje, alguien había logrado romper la tensión.
Elizabeth también terminó riendo.
—Ustedes están locos.
Michael sonrió.
—Pero somos tus locos.
Paul miró a Elizabeth.
—Eso sí es verdad.
Richard negó con la cabeza.
—No puedo creer que estén haciendo bromas ahora.
Michael respondió:
Editado: 30.09.2026