La noche había caído sobre el pueblo cuando Paul estacionó el automóvil frente a la antigua propiedad de los Harrison.
Nadie habló durante varios segundos.
La casa se encontraba al final de un camino rodeado de árboles enormes.
Era una construcción antigua, elegante y silenciosa.
Demasiado silenciosa.
Elizabeth miró por la ventana.
—¿Aquí vivía tu familia?
Paul asintió.
—Mi abuelo.
—¿Y tú?
—Cuando era niño venía algunas veces.
Michael observó la casa desde el asiento trasero.
—Es enorme.
Richard respondió:
—Y abandonada.
Michael negó.
—No parece abandonada.
Todos lo miraron.
—¿Por qué?
Michael señaló una ventana.
—Hay luz.
Paul levantó la mirada.
Efectivamente.
Una pequeña luz amarilla brillaba en el segundo piso.
Richard tomó su teléfono.
—No había electricidad registrada en esta propiedad.
Paul lo miró.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Michael sonrió.
—Entonces alguien paga la electricidad.
Richard suspiró.
—Gracias por la observación.
—De nada.
Elizabeth bajó del automóvil.
Paul la siguió inmediatamente.
—Quédate cerca de mí.
—No pienso separarme.
Michael bajó detrás.
—Yo también voy.
Richard lo tomó del brazo.
—Tú detrás de mí.
—¿Por qué?
—Porque eres el que más probabilidades tiene de tocar algo que no debe.
Michael se ofendió.
—Eso pasó una vez.
—Tres.
—Detalles.
Elizabeth sonrió.
—Vamos.
La puerta principal estaba cerrada.
Paul sacó una llave antigua.
La introdujo.
La cerradura cedió.
—¿Todavía funciona? —preguntó Elizabeth.
Paul negó.
—No debería.
La puerta se abrió lentamente.
Un olor a madera antigua llenó el aire.
Dentro había muebles cubiertos con telas blancas.
Cuadros antiguos.
Una enorme escalera.
Y un retrato del abuelo de Paul sobre la chimenea.
Elizabeth lo observó.
—Ese es él.
Paul asintió.
—Sí.
Richard caminó hacia el retrato.
—Nunca me gustó.
Michael lo miró.
—¿Por qué?
—Tenía una forma de mirar a la gente como si siempre supiera algo que los demás ignoraban.
Michael observó el cuadro.
—Sí.
Se acercó.
—Aunque debo admitir que tenía buen bigote.
Richard lo miró.
—Michael.
—¿Qué?
—Estamos investigando un misterio familiar.
—Precisamente. Necesitamos mantener la moral alta.
Elizabeth comenzó a reír.
Paul la miró.
—¿Qué?
—Nada.
—¿Qué?
—Me gusta tu familia.
Paul sonrió.
—Son un desastre.
—Pero son tu desastre.
—Y ahora también el tuyo.
Ella le tomó la mano.
—Eso me gusta.
Subieron al segundo piso.
La luz seguía encendida.
Paul abrió una puerta.
Era el antiguo despacho de su abuelo.
Todo estaba cubierto de polvo.
Excepto el escritorio.
Richard se acercó.
—Alguien ha estado aquí.
Paul pasó un dedo sobre la superficie.
—Sí.
Había una marca limpia.
Como si alguien hubiera colocado recientemente algo encima.
Elizabeth miró alrededor.
—¿La puerta sin número?
Michael comenzó a revisar las puertas.
—Esta tiene el número dos.
—La siguiente, tres.
—Cuatro.
Richard negó.
—La puerta sin número no necesariamente tiene que estar en este piso.
Paul levantó la mirada.
—La frase decía: “busca la puerta que no tiene número”.
Elizabeth sacó el papel.
—Y la llave es 17-B.
Paul miró el pasillo.
—Entonces necesitamos encontrar una puerta.
Michael levantó la mano.
—Tengo una idea.
Richard suspiró.
—Dime.
—Busquemos una puerta.
—¿Eso es todo?
—Sí.
—Gracias.
Después de varios minutos, encontraron algo extraño.
Una pared aparentemente lisa.
Elizabeth pasó la mano.
—Esperen.
Todos se acercaron.
—Aquí hay una separación.
Paul observó.
Era una puerta oculta.
No tenía número.
Michael sonrió.
—¡Lo sabía!
Richard lo miró.
—No sabías nada.
—Pero lo encontré.
—Por accidente.
—Los accidentes también cuentan.
Paul sacó la llave.
La pequeña llave marcada con 17-B.
La introdujo.
Giró.
Se escuchó un clic.
La puerta se abrió.
Detrás había una pequeña habitación.
Y dentro...
Cajas.
Docenas.
Elizabeth se quedó sin palabras.
Paul entró lentamente.
—Esto estuvo oculto durante décadas.
Richard comenzó a revisar las cajas.
—Hay documentos.
Michael abrió una.
—Fotos.
Emma, que había decidido acompañarlos pese a las protestas de Jack, tomó una.
—Miren.
Era una fotografía de Catherine.
Estaba junto a Margaret.
Ambas eran jóvenes.
Y detrás de ellas aparecía el abuelo de Paul.
Pero había alguien más.
Un hombre cuyo rostro estaba parcialmente oculto.
Paul tomó la fotografía.
—¿Quién es?
James, que había llegado unos minutos antes, se acercó.
Al ver la imagen, se quedó completamente pálido.
—No.
Paul lo miró.
—¿Lo conoces?
James no respondió.
—James.
—Sí.
—¿Quién es?
James señaló al hombre.
—El abogado.
Richard frunció el ceño.
—¿El abogado de la sucesión?
James asintió.
—El mismo.
Paul apretó la fotografía.
—Entonces él conocía a Catherine.
—Sí.
—¿Y a Margaret?
—También.
Elizabeth miró la fotografía.
—¿Y a mi familia?
James guardó silencio.
—James.
Finalmente respondió:
—Era el abogado de ambas familias.
Richard comenzó a abrir las cajas.
Una contenía contratos.
Editado: 30.09.2026