El silencio que siguió a las últimas palabras de Paul fue absoluto.
—A mí —repitió Elizabeth.
Paul asintió lentamente.
—Eso dijo.
Richard se acercó de inmediato.
—Entonces no vamos.
James levantó la mirada.
—Exactamente.
Michael, que llevaba varios segundos mirando el teléfono como si esperara que volviera a sonar, finalmente habló.
—Tengo una pregunta.
Todos lo miraron.
—¿Por qué cada vez que descubrimos una pista, alguien termina diciendo que tenemos que llevar a Elizabeth a algún lugar peligroso?
Emma cruzó los brazos.
—Porque parece que la persona que está detrás de todo esto sabe exactamente cuánto importa ella.
Jack miró a Paul.
—Y sabe que tú harías cualquier cosa para protegerla.
Paul no respondió.
Porque era cierto.
Elizabeth se acercó a él.
—No voy a ir.
Paul la miró.
—No.
—Paul...
—He dicho que no.
—Pero...
—No voy a entregarte a nadie.
Elizabeth sostuvo su mirada.
—No estoy diciendo que debamos entregarme.
—Entonces ¿qué estás diciendo?
—Que quizá tenemos que ir.
Richard soltó una exclamación.
—¡Elizabeth!
Ella levantó una mano.
—Escúchame.
Todos guardaron silencio.
—Llevamos días tratando de entender qué ocurrió con Catherine, con mi padre, con el acuerdo, con la familia Harrison y con ese abogado. Cada pista nos lleva a la misma persona o al mismo lugar.
Miró el teléfono.
—Y ahora alguien nos está diciendo que tiene pruebas.
Paul negó.
—Puede ser una trampa.
—Claro que puede serlo.
—Entonces no vamos.
Elizabeth se acercó más.
—¿Y si no es una trampa?
Paul apretó la mandíbula.
—Elizabeth...
—Si esa persona realmente tiene pruebas de que tu padre no mató al mío, necesitamos saberlo.
Paul bajó la mirada.
—No quiero que arriesgues tu vida.
Ella tomó su rostro entre las manos.
—Y yo no quiero que vivas cargando con la culpa de algo que quizá tu padre tampoco hizo.
Paul cerró los ojos.
Aquellas palabras le dolieron.
Porque desde que Margaret había pronunciado el nombre de Alexander, una parte de él había comenzado a cuestionar todo lo que creía saber sobre su propia familia.
Elizabeth lo abrazó.
—No voy a dejarte solo con esto.
Paul la rodeó con los brazos.
—Y yo no voy a dejarte sola.
Michael carraspeó.
—Perdón por interrumpir el momento romántico, pero seguimos en una casa donde aparentemente hay personas escondidas y teléfonos que llaman solos.
Jack levantó una ceja.
—No creo que los teléfonos llamen solos.
Michael lo miró.
—Después de todo lo que hemos visto, ya no descarto nada.
Emma soltó una pequeña risa.
—Tiene razón.
Richard negó con la cabeza.
—Bien. Vamos a pensar.
James se acercó a la mesa.
—La antigua casa de Elizabeth no es cualquier lugar.
Elizabeth frunció el ceño.
—Hace años que no voy allí.
—Precisamente.
Paul lo miró.
—¿Qué sabes de esa casa?
James dudó.
—Más de lo que debería.
Michael se cruzó de brazos.
—Empiezo a odiar esa frase.
James continuó:
—La familia de Elizabeth vivió allí durante generaciones. Pero después de la muerte de su padre, la casa fue cerrada.
Elizabeth bajó la mirada.
—Mi madre nunca quiso volver.
Margaret habló desde la puerta.
—Porque no podía.
Todos voltearon.
Margaret estaba pálida.
—Yo tenía miedo de regresar.
Elizabeth se acercó.
—¿Por qué?
Margaret tardó en responder.
—Porque tu padre murió allí.
Elizabeth sintió un escalofrío.
—Siempre me dijeron que murió en un accidente en la carretera.
Margaret cerró los ojos.
—Eso fue lo que quisimos que creyeras.
Paul se acercó.
—¿Por qué?
Margaret miró a todos.
—Porque cuando encontraron el cuerpo de tu padre, la policía creyó que había muerto en un accidente. Pero yo sabía que no era cierto.
Richard frunció el ceño.
—¿Qué encontraste?
Margaret tragó saliva.
—Una puerta rota.
—¿Dónde?
—En la casa.
James asintió lentamente.
—La puerta del despacho.
Margaret lo miró.
—Tú lo sabías.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
James bajó la mirada.
—Desde aquella noche.
Paul golpeó la mesa.
—¡¿Y nunca dijiste nada?!
James no retrocedió.
—Porque me amenazaron.
El silencio fue inmediato.
Paul se quedó inmóvil.
—¿Quién?
James negó.
—No lo sé.
Richard respondió con incredulidad.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Nunca vi su rostro.
Michael murmuró:
—Por supuesto.
Jack lo miró.
—¿Qué?
—Ya me estoy acostumbrando a que nadie vea nunca la cara de nadie.
Emma sonrió ligeramente.
—Es una conspiración muy poco eficiente.
Michael asintió.
—Exacto.
Paul no sonrió.
—James, necesito toda la verdad.
—Te la voy a dar.
James se sentó.
—La noche que murió el padre de Elizabeth, yo recibí una llamada.
—¿De quién?
—De un número privado.
—¿Qué te dijeron?
James recordó.
—“No intervengas.”
Paul lo miró fijamente.
—¿Y qué hiciste?
—No hice nada.
Elizabeth dio un paso hacia él.
—¿Y mi padre?
James bajó la cabeza.
—Murió esa noche.
Elizabeth cerró los ojos.
Paul se acercó inmediatamente.
—Elizabeth...
Ella respiró profundamente.
—Estoy bien.
Pero no lo estaba.
Paul la abrazó.
—No tienes que estarlo.
Ella apoyó la cabeza en su pecho.
—Solo quiero saber la verdad.
—La sabremos.
Margaret se acercó.
—Hay algo más.
Elizabeth levantó la cabeza.
—¿Qué?
Margaret miró a James.
Editado: 30.09.2026