Un mes para enamorarse

Capitulo 20. El padre que debía estar muerto

Durante varios segundos, Elizabeth no pudo moverse.

El hombre permanecía frente a ella.

Más viejo.

Con el cabello completamente canoso en algunas partes.

El rostro marcado por los años.

Pero aquellos ojos...

Aquellos ojos eran los mismos que recordaba de su infancia.

Los ojos de su padre.

—Papá... —repitió Elizabeth, esta vez con un hilo de voz.

El hombre dio un paso hacia ella.

—Elizabeth.

Ella retrocedió.

No porque no quisiera acercarse.

Sino porque su mente no podía aceptar lo que estaba viendo.

—No...

Paul se colocó a su lado.

—Elizabeth...

Ella negó con la cabeza.

—Mi padre murió.

El hombre respiró profundamente.

—Eso fue lo que necesitabas creer.

Elizabeth lo miró con lágrimas en los ojos.

—Mamá me dijo que habías muerto.

—Lo sé.

—Me dijo que fue un accidente.

—Lo sé.

—Me dijeron que no pudiste sobrevivir.

El hombre bajó la mirada.

—Porque si sabías que estaba vivo, te habrían utilizado para encontrarme.

Elizabeth sintió que las piernas le fallaban.

Paul la sostuvo.

—Tranquila.

Ella se aferró a su brazo.

—¿Quién eres?

El hombre levantó los ojos.

—Soy tu padre.

Elizabeth comenzó a llorar.

—Entonces dime tu nombre.

El hombre tardó un instante.

—Gabriel.

Paul frunció el ceño.

—Gabriel...

—Gabriel Montgomery.

La expresión de Paul cambió.

—¿Montgomery?

Gabriel asintió.

—Sí.

Elizabeth lo miró confundida.

—Pero nuestro apellido...

—Tu madre y yo utilizamos distintos nombres durante años para protegerte.

Paul intervino.

—¿Por qué?

Gabriel miró la fotografía sobre el escritorio.

—Porque tu abuelo descubrió algo.

Elizabeth se limpió las lágrimas.

—¿Qué descubrió?

Gabriel no respondió inmediatamente.

—Antes necesito saber algo.

—¿Qué?

—¿Quién les habló de la puerta sin número?

Paul intercambió una mirada con Elizabeth.

—Encontramos una habitación oculta en la antigua casa Harrison.

Gabriel palideció.

—Entonces el abogado ya los encontró.

Paul se tensó.

—¿Conoces al abogado?

—Sí.

—¿Quién es?

Gabriel negó.

—Todavía no.

Paul dio un paso hacia él.

—Necesito respuestas.

Gabriel sostuvo su mirada.

—Y yo necesito saber si puedo confiar en ti.

Paul respondió inmediatamente.

—Amo a tu hija.

Elizabeth lo miró.

Gabriel también.

—Eso no responde mi pregunta.

Paul tomó la mano de Elizabeth.

—Estoy dispuesto a hacer cualquier cosa para protegerla.

Gabriel lo observó durante unos segundos.

Finalmente asintió.

—Entonces quizá pueda confiar en ti.

Elizabeth se acercó.

—¿Por qué dejaste que creyéramos que estabas muerto?

Gabriel cerró los ojos.

—Porque intentaron matarme.

—¿Quién?

—No lo sé con certeza.

Paul intervino.

—¿Alexander?

Gabriel lo miró.

—Tu padre estuvo involucrado.

Elizabeth contuvo la respiración.

—¿Lo sabía?

Gabriel negó.

—Eso es lo complicado.

—Explícalo.

Gabriel se sentó lentamente.

—Hace veintinueve años, tu padre y yo trabajábamos en proyectos relacionados con las empresas Harrison y Montgomery.

Paul frunció el ceño.

—¿Entonces sí conocías a mi padre?

—Sí.

—¿Y a Catherine?

Gabriel sonrió con tristeza.

—Catherine era una de las pocas personas en las que confiaba.

Elizabeth se sentó frente a él.

—¿Qué pasó?

Gabriel miró hacia la ventana.

—Descubrimos que alguien estaba desviando dinero de varias empresas.

Paul preguntó:

—¿Cuánto?

Gabriel negó.

—No era solo dinero.

—Entonces ¿qué era?

—Identidades.

Elizabeth frunció el ceño.

—¿Identidades?

Gabriel asintió.

—Empresas creadas con nombres falsos. Sociedades utilizadas para mover propiedades, acciones y cuentas. Personas que aparecían como propietarios sin saberlo.

Paul entendió.

—Una red.

—Sí.

Gabriel continuó:

—Tu abuelo estaba involucrado en algunas de esas operaciones.

Paul se quedó helado.

—¿Mi abuelo?

—No necesariamente como responsable.

—¿Entonces?

—Permitió que algunas cosas ocurrieran porque pensaba que podía controlarlas.

Paul apretó los puños.

—Eso no puede ser.

Gabriel lo miró.

—Tu familia lleva décadas ocultando cosas.

Elizabeth bajó la mirada.

—¿Y mi padre?

—Tu padre intentó detenerlo.

Paul preguntó:

—¿Y Alexander?

Gabriel respiró profundamente.

—Alexander descubrió que alguien estaba utilizando su nombre.

—¿Quién?

—Eso nunca pude demostrarlo.

Elizabeth preguntó:

—¿Y por qué mamá creyó que estabas muerto?

Gabriel bajó la cabeza.

—Porque alguien encontró nuestro plan.

—¿Qué plan?

—Catherine, Margaret, Alexander y yo habíamos decidido sacar a la luz los documentos.

Paul abrió los ojos.

—¿Alexander estaba con ustedes?

—Sí.

El silencio fue inmediato.

Elizabeth recordó las palabras de Margaret.

Alexander.

El supuesto asesino.

Y ahora su padre decía que Alexander había formado parte del grupo que intentaba descubrir la verdad.

—Entonces mamá se equivocó —murmuró Elizabeth.

Gabriel negó.

—No necesariamente.

—¿Qué quieres decir?

—Alexander pudo haber cambiado de lado.

Paul dio un paso atrás.

—No.

Gabriel lo miró.

—Paul...

—No sabes eso.

—Tienes razón.

—Entonces no lo digas como si fuera un hecho.

Gabriel asintió.

—No lo es.

Elizabeth miró a ambos.

—Necesitamos pruebas.

—Exactamente —respondió Gabriel.




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