Un mes para enamorarse

Capitulo 25. El hombre que regresó de la muerte

La habitación quedó completamente en silencio.

Michael seguía sosteniendo el teléfono.

La fotografía continuaba en la pantalla.

Todos aparecían en ella.

Elizabeth.

Paul.

Richard.

Michael.

Emma.

Jack.

Gabriel.

Margaret.

Clara.

Mateo.

James.

Y detrás de todos ellos, una sombra.

Una figura apenas visible.

Lo peor no era la fotografía.

Era la hora.

Había sido tomada hacía menos de un minuto.

Richard miró inmediatamente hacia las ventanas.

—Cierren todas las puertas.

James reaccionó.

—¡No sabemos si sigue dentro!

—Precisamente por eso.

Richard corrió hacia el pasillo.

Michael guardó el teléfono.

—Esto dejó de ser divertido.

Jack lo miró.

—¿Tú admitiendo eso?

—No te acostumbres.

Emma tomó la mano de Jack.

—¿Y si realmente hay alguien dentro?

Jack tragó saliva.

—Entonces...

Michael lo interrumpió:

—Entonces hacemos lo que cualquier persona sensata haría.

Jack lo miró.

—¿Qué?

—Mandamos a Richard primero.

Richard volteó.

—¡Te escuché!

—Era una broma.

—No parece.

—Es mi mecanismo para no entrar en pánico.

Emma soltó una pequeña risa nerviosa.

—Al menos sigues siendo tú.

Michael sonrió.

—Gracias.

Pero la sonrisa desapareció rápidamente.

Porque un ruido se escuchó en el piso inferior.

Clac.

Todos se quedaron inmóviles.

Otro sonido.

Clac.

Paul tomó a Elizabeth de la mano.

—Quédate conmigo.

—No voy a separarme.

—Prométemelo.

Elizabeth lo miró.

—Te lo prometo.

James tomó una lámpara.

Richard se colocó delante.

—Nadie baja solo.

Gabriel murmuró:

—Esto es exactamente lo que querían.

Paul lo miró.

—¿Qué?

—Que nos quedáramos todos aquí.

Clara asintió.

—La casa no es segura.

Mateo, todavía herido, se apoyó contra una pared.

—Nunca lo fue.

Bajaron lentamente.

El ruido volvió a escucharse.

Esta vez provenía de la cocina.

Richard abrió la puerta.

Nada.

Solo una ventana abierta.

Michael suspiró.

—¿En serio?

Richard lo miró.

—¿Qué?

—Todo esto por una ventana.

James señaló el suelo.

—No.

Había huellas.

Huellas mojadas.

Alguien había entrado.

Richard se agachó.

—Son recientes.

Paul miró hacia la ventana.

—¿Cuánto tiempo?

—Minutos.

Michael se acercó.

—Y hay algo más.

Señaló el suelo.

Había un pequeño sobre.

Paul lo recogió.

No tenía nombre.

Solo una palabra:

ELIZABETH.

Paul miró a Elizabeth.

—No lo abras.

Ella negó.

—Es para mí.

—Precisamente.

Elizabeth tomó el sobre.

Paul intentó detenerla.

—Elizabeth...

—Si quieren que tenga miedo, no voy a dárselo.

Abrió el sobre.

Dentro había una fotografía.

Elizabeth reconoció inmediatamente el lugar.

Era la antigua casa donde había vivido de niña.

Y junto a ella aparecía una persona.

Su padre.

Gabriel.

Pero detrás de ellos había alguien más.

Un hombre joven.

Elizabeth acercó la fotografía.

—¿Quién es?

Mateo se aproximó.

Cuando vio la imagen, su rostro perdió el color.

—Adrián.

Mateo tomó la fotografía con manos temblorosas.

—No puede ser.

Gabriel se acercó.

—¿Lo reconoces?

—Sí.

—¿Cuándo fue tomada?

Mateo la observó.

—Hace más de veinte años.

Clara miró la fotografía.

—No.

Mateo levantó la mirada.

—¿Qué?

—Esa fotografía fue tomada la noche en que murió tu hermano.

Mateo quedó inmóvil.

—Entonces él...

Clara señaló una esquina.

—Mira la hora.

Mateo lo hizo.

Su rostro cambió.

—Las once y cuarenta y siete.

Gabriel frunció el ceño.

—¿Y?

Clara respondió:

—Tu hermano supuestamente murió a las diez y media.

Nadie habló.

Elizabeth sintió un escalofrío.

—Entonces estaba vivo después de que dijeron que había muerto.

Mateo apretó la fotografía.

—¿Quién me mintió?

Clara respondió:

—Todos los que querían que creyeras que había muerto.

Paul intervino:

—¿Quién podía hacer eso?

Mateo levantó la mirada.

—Héctor.

Gabriel negó.

—No necesariamente.

Mateo lo miró furioso.

—¡Tú sabías algo!

—Sabía que Adrián trabajaba con Héctor.

—¡Y nunca me lo dijiste!

—Porque tú también estabas involucrado.

Mateo retrocedió.

—¿Yo?

Gabriel asintió.

—Sin saberlo.

—Explícate.

Gabriel respiró profundamente.

—Adrián utilizó tu nombre en algunos documentos.

Mateo quedó paralizado.

—¿Qué documentos?

—Los relacionados con el acuerdo.

Elizabeth intervino:

—Entonces el nombre Michael Harrison...

Gabriel la miró.

—Podría haber sido utilizado por Adrián.

Clara negó.

—No.

Todos voltearon.

—No fue Adrián quien creó ese nombre.

Paul preguntó:

—Entonces, ¿quién?

Clara guardó silencio.

Margaret habló por primera vez.

—El abogado.

Paul se volvió.

—¿Estás segura?

Margaret asintió.

—Sí.

—¿Cómo lo sabes?

Margaret miró a Clara.

—Porque nosotras lo conocimos.

Elizabeth frunció el ceño.

—¿Tú y Clara?

—Sí.

—¿Quién era?

Margaret respiró lentamente.

—El hombre que administraba el acuerdo.

Richard preguntó:

—¿Su nombre?

Margaret bajó la mirada.

—Nunca nos dijo su nombre verdadero.

Michael resopló.

—Fantástico.

Jack levantó un dedo.

—Tengo una pregunta.




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