Un mes para enamorarse

Capitulo 26. La mujer que debía estar muerta

—¿Y tu madre es la siguiente?

Elizabeth leyó el mensaje una segunda vez.

Después levantó lentamente la mirada.

Margaret seguía frente a ella, pálida.

—Mamá...

Margaret no respondió.

—Mamá, mírame.

Margaret levantó los ojos.

—Estoy bien.

—No.

Elizabeth negó.

—No estás bien.

Paul se colocó junto a Elizabeth.

—Tenemos que sacarte de aquí.

Margaret negó inmediatamente.

—No.

Richard intervino.

—Mamá...

—No voy a correr.

—No se trata de correr.

—Sí se trata de eso.

Margaret señaló la casa.

—Durante más de veinte años he huido de estas personas.

Clara la miró.

—Y ahora han vuelto.

Margaret soltó una risa amarga.

—Nunca se fueron.

Michael seguía mirando la fotografía.

—Hay algo que no entiendo.

Jack se acercó.

—¿Solo una cosa?

Michael lo miró.

—Gracias por tu apoyo.

—De nada.

Michael señaló la imagen.

—Si Catherine está viva, ¿por qué nadie la ha visto durante tantos años?

Gabriel respondió:

—Porque todos creímos que murió.

Richard negó.

—No todos.

Todos lo miraron.

Richard señaló la fotografía.

—Alguien sabía que estaba viva.

Paul preguntó:

—¿Quién?

—Quien tomó esta fotografía.

James se acercó.

—Y quien la envió.

Richard asintió.

—Exactamente.

Emma miró a Elizabeth.

—Entonces quien amenaza a tu madre también quiere que sepamos que Catherine está viva.

Elizabeth pensó unos segundos.

—No.

Todos la miraron.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Paul.

Elizabeth señaló el teléfono.

—Si quisieran ocultarla, jamás nos habrían enviado esta fotografía.

Gabriel frunció el ceño.

—Entonces quieren que la encontremos.

—Sí.

Paul comprendió.

—Es una pista.

Elizabeth asintió.

—Pero también puede ser una trampa.

Clara la miró con orgullo.

—Ya estás pensando como Catherine.

Elizabeth quedó seria.

—No sé si eso es bueno.

Margaret se acercó.

—Lo es.

—Mamá...

Margaret tomó sus manos.

—Tu tía era una mujer extraordinariamente inteligente.

—¿Y por qué nunca me hablaste de ella?

Margaret bajó la mirada.

—Porque prometí hacerlo.

—¿A quién?

Margaret tardó en responder.

—A Catherine.

Elizabeth quedó paralizada.

—¿Ella te pidió que ocultaras su existencia?

Margaret asintió.

—Sí.

—¿Por qué?

Margaret respiró profundamente.

—Porque si alguien descubría que había sobrevivido, irían detrás de ella.

Paul preguntó:

—¿Y ahora?

Margaret miró la fotografía.

—Ahora parece que quiere que la encontremos.

Gabriel tomó el teléfono de Elizabeth.

—No respondas.

—¿Por qué?

—Quieren que reacciones.

Elizabeth se lo quitó.

—Entonces que vean que no tengo miedo.

Paul la miró.

—Elizabeth...

Ella escribió:

“No tocarás a mi madre.”

Envió el mensaje.

Todos quedaron en silencio.

Cinco segundos.

Diez.

El teléfono vibró.

Elizabeth lo miró.

La respuesta decía:

“No soy yo quien la quiere.”

Otro mensaje.

“Ella sabe quién la quiere.”

Margaret cerró los ojos.

—Dios mío.

Elizabeth se volvió hacia ella.

—¿Quién, mamá?

Margaret negó.

—No puedo.

—Sí puedes.

—No.

—¡Mamá!

Margaret retrocedió.

—No quiero que tengas que cargar con esto.

Elizabeth se acercó.

—Ya lo estoy cargando.

Paul se colocó detrás de ella.

—Y no está sola.

Margaret observó a Paul.

Por primera vez, una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—Ahora entiendo por qué te eligió.

Paul respondió con una sonrisa.

—Yo también la elegí.

Michael carraspeó.

—Momento familiar muy bonito, pero...

Todos lo miraron.

—Tenemos a un posible asesino, una tía supuestamente muerta que aparece viva, una empresa clandestina y una amenaza contra mamá.

Jack levantó la mano.

—Y un hombre misterioso que puede ser Adrián pero quizá no.

Michael lo señaló.

—Gracias por recordarlo.

—De nada.

—¿Podemos volver al pánico?

Emma suspiró.

—Ustedes dos son imposibles.

Richard tomó las llaves.

—Tenemos que irnos.

James negó.

—No.

—¿Qué?

—Si alguien está vigilando esta casa, salir todos juntos es exactamente lo que espera.

Richard frunció el ceño.

—¿Entonces qué propones?

James miró a Paul.

—Dividirnos.

Paul negó.

—No.

—Paul...

—No voy a dejar a Elizabeth sola.

James asintió.

—No estoy diciendo eso.

Señaló a los demás.

—Un grupo va a buscar a Catherine.

—¿Dónde? —preguntó Gabriel.

James señaló la dirección de la empresa Valdés.

—Ahí.

—¿Y el otro?

James miró a Margaret.

—Protege a Margaret.

Clara dio un paso.

—Yo me quedaré con ella.

Richard respondió:

—Yo también.

Michael levantó la mano.

—Y yo.

Jack miró a Emma.

—Nosotros también.

Michael lo observó.

—¿Tú?

—Sí.

—¿Sabes pelear?

Jack guardó silencio.

—No.

—¿Correr?

—Sí.

—Perfecto.

Emma lo miró.

—No lo estás ayudando.

—Estoy siendo realista.

Jack sonrió.

—Mi talento principal es sobrevivir.

Paul, Elizabeth, Gabriel y James decidieron ir a la empresa.

Antes de salir, Paul tomó a Elizabeth del brazo.

—Una cosa.

—¿Qué?

—Si algo sale mal, corres.

Elizabeth sonrió.

—No.

—Elizabeth.

—No voy a correr sin ti.

—Es una orden.

Ella arqueó una ceja.

—¿Desde cuándo eres mi jefe?




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