Un mes para enamorarse

Capitulo 29. El secreto de los que regresaron

El arma estaba apuntando directamente hacia ellos.

Elizabeth sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

Paul se colocó delante de ella.

—Baja el arma.

Edward sonrió.

—Sigues siendo igual que tu padre.

Paul no apartó la mirada.

—No conociste a mi padre lo suficiente.

—Lo conocí demasiado.

Catherine dio un paso.

—Edward, termina esto.

Él la miró.

—¿Terminar?

Soltó una pequeña risa.

—Llevo treinta años esperando este momento.

Victoria seguía al teléfono.

—Papá...

Edward escuchó su voz.

—Victoria.

—¿Por qué?

—Porque necesitaba que estuvieras a salvo.

—¡Desapareciste!

—Para protegerte.

—¡Mamá también desapareció!

Edward bajó ligeramente el arma.

—Tu madre tomó sus propias decisiones.

Catherine respondió:

—No mientas.

Edward la miró.

—Tú sabes por qué lo hice.

—No.

—Sí.

—No mataste a Gabriel.

Gabriel levantó la mirada.

Edward sonrió.

—No.

Elizabeth sintió un escalofrío.

—Entonces ¿quién mató a mi padre?

Edward miró a Clara.

Clara palideció.

—No...

Edward respondió:

—Pregúntale a ella.

Elizabeth se volvió.

—Clara.

La mujer comenzó a llorar.

—Elizabeth...

—¿Quién abrió la puerta?

Clara cerró los ojos.

—Yo.

Elizabeth retrocedió.

—¿Tú?

—Yo abrí la puerta.

—Pero dijiste que fue alguien de nuestra familia.

Clara asintió.

—Sí.

—Entonces ¿quién?

Clara levantó la mirada.

—Yo fui quien dejó entrar al hombre que lo mató.

El silencio fue absoluto.

Elizabeth parecía incapaz de respirar.

—¿Quién era?

Clara miró a Edward.

Después a Gabriel.

Después a Catherine.

Finalmente respondió:

—Samuel Black.

James cerró los ojos.

—Lo sabía.

Paul lo miró.

—¿Tú sabías que fue él?

James negó.

—Sabía que estaba involucrado.

Clara continuó:

—Aquella noche llegó diciendo que tenía que hablar con tu padre.

Elizabeth preguntó:

—¿Y tú lo dejaste entrar?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque me dijo que venía a salvarte.

Elizabeth sintió lágrimas en los ojos.

—¿Salvarme de qué?

Clara respondió:

—De Héctor.

Héctor intervino desde el fondo:

—Y esa fue la mentira perfecta.

Elizabeth lo miró.

—¿Tú sabías?

Héctor negó.

—No.

—¿Entonces quién contrató a Samuel?

Héctor respondió:

—Edward.

Todos miraron al hombre armado.

Edward no negó nada.

Victoria comenzó a llorar al teléfono.

—Papá...

Edward respondió:

—Sí.

Catherine dio un paso hacia él.

—¿Por qué?

Edward bajó el arma.

—Porque Gabriel iba a destruirlo todo.

Gabriel frunció el ceño.

—¿Qué iba a destruir?

—El acuerdo.

—No.

—Sí.

Edward lo miró.

—Querías entregarlo a Elizabeth cuando cumpliera treinta años.

Gabriel respondió:

—Porque era suyo.

Edward negó.

—No.

—¿Entonces de quién?

Edward señaló a Elizabeth.

—De ella.

Elizabeth sintió un escalofrío.

—¿Qué significa eso?

Edward respondió:

—Que tu padre no murió intentando protegerte de nosotros.

Pausa.

—Murió intentando protegerte de ti misma.

Paul frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido.

Edward lo miró.

—Todavía no entiendes qué eres para el acuerdo.

Elizabeth respondió:

—Una heredera.

—No.

—Entonces ¿qué?

Edward sonrió.

—La última persona con derecho a decidir quién vive y quién muere dentro de este patrimonio.

Paul dio un paso.

—Eso es absurdo.

Edward negó.

—Es legal.

James intervino:

—La cláusula final.

Edward lo miró.

—Exactamente.

James explicó:

—El acuerdo no solo protege propiedades.

Elizabeth lo miró.

—¿Qué protege?

James respondió:

—La sucesión.

Edward asintió.

—Y el control de ciertas empresas.

Paul preguntó:

—¿Incluida Harrison Group?

—Sí.

Paul quedó inmóvil.

Edward continuó:

—Cuando Elizabeth cumpla la edad establecida en el acuerdo, puede reclamar el control de todo lo que fue ocultado.

Elizabeth preguntó:

—¿Y por eso me vigilaron?

—Sí.

—¿Y por eso mataron a mi padre?

Edward negó.

—Tu padre murió porque se negó a entregar el acuerdo.

Elizabeth miró a Clara.

—Y tú abriste la puerta.

Clara lloró.

—Sí.

—¿Pero sabías que iban a matarlo?

—No.

—¿Nunca?

—Nunca.

—Entonces ¿por qué llevaste la llave?

Clara respondió:

—Porque Samuel me dijo que necesitaba entrar para protegerte.

Elizabeth cerró los ojos.

—Te engañó.

Clara asintió.

—Sí.

Catherine se acercó a Elizabeth.

—Hay algo que todavía no sabes.

Elizabeth la miró.

—¿Qué?

—Tu padre dejó una última instrucción.

—¿Cuál?

Catherine sacó una pequeña pieza metálica.

—La otra mitad de la llave.

Paul se acercó.

—¿La tenías tú?

—Sí.

—¿Durante todos estos años?

—Sí.

Elizabeth tomó la pieza.

Encajaba perfectamente con la llave de Clara.

Las dos piezas formaron una llave completa.

En ella aparecía grabado:

17-A / 17-B

Elizabeth la observó.

—Entonces no eran dos llaves diferentes.

Catherine negó.

—Era una sola llave dividida.

James comprendió.

—Para que nadie pudiera abrir el compartimento por sí solo.

Catherine asintió.

—Dos personas debían unirlas.

Elizabeth miró a Clara.

—Tú y yo.

Clara asintió.

—Tu padre quería que algún día pudiéramos hacerlo.

Edward levantó nuevamente el arma.




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