Un mes para enamorarse

Capitulo 30. Tres días para la verdad

El amanecer llegó demasiado pronto.

Elizabeth llevaba horas despierta.

Sentada junto a la ventana de la habitación, observaba cómo la luz comenzaba a entrar lentamente en la casa.

Tres días.

Solo tres días para cumplir treinta años.

Tres días para descubrir toda la verdad.

Tres días antes de que el acuerdo 17-B se activara definitivamente.

Y, sobre todo...

tres días para encontrar a su padre.

Paul apareció detrás de ella.

No dijo nada.

Simplemente la abrazó.

Elizabeth apoyó la cabeza contra su pecho.

—No puedo creer que mi vida haya sido una mentira.

Paul la besó en el cabello.

—No toda.

Ella levantó la mirada.

—¿Qué parte sí fue verdad?

Paul sonrió.

—Yo.

Elizabeth soltó una pequeña risa.

—Eres insoportable.

—Pero soy tuyo.

—Eso todavía está por verse.

Paul fingió ofenderse.

—Después de todo lo que he sufrido por tu familia, ¿eso dices?

Elizabeth sonrió.

—¿Sufrido?

—Tus hermanos me hicieron cargar sacos de harina, limpiar la cocina y sobrevivir a una cena donde Michael puso picante en mi comida.

—Te lo merecías.

—¡Ni siquiera sabía por qué!

—Porque estabas demasiado enamorado de mí.

Paul la miró.

—Eso sí es verdad.

La sonrisa de Elizabeth desapareció poco a poco.

—Tengo miedo.

Paul tomó su rostro entre las manos.

—Yo también.

Ella lo miró sorprendida.

—¿Tú?

—Claro.

—Nunca lo dices.

—Porque si los dos tenemos miedo al mismo tiempo, ¿quién nos sostiene?

Elizabeth lo abrazó.

—Te amo.

—Yo te amo más.

—Eso es imposible.

—Soy empresario. Estoy acostumbrado a ganar negociaciones.

Elizabeth rió.

—Qué arrogante.

Paul la besó.

Por unos segundos, todo lo demás desapareció.

Hasta que Michael abrió la puerta.

—¡Perdón!

Los dos se separaron.

Michael se quedó observándolos.

—Definitivamente debo tocar antes de entrar.

Paul suspiró.

—Sí.

—Lo recordaré.

Michael cerró la puerta.

Dos segundos después volvió a abrirla.

—Por cierto, Richard dice que hay una emergencia.

Paul frunció el ceño.

—¿Qué ocurrió?

Michael sonrió.

—El desayuno se quemó.

Elizabeth lo miró.

—Eso no es una emergencia.

—Para Richard sí.

Y volvió a cerrar.

Paul miró a Elizabeth.

—Tu familia es increíble.

—Lo sé.

En la planta baja todos estaban reunidos.

Richard tenía varios documentos sobre la mesa.

Catherine, Gabriel, Clara, Beatrice, Héctor, James y Daniel estaban allí.

Victoria había llegado durante la madrugada.

También estaban Emma y Jack.

Michael entró con una bandeja.

—Traigo café.

Richard lo miró.

—¿Lo hiciste tú?

—Sí.

—Entonces no.

Michael puso una mano sobre el pecho.

—Me lastimas.

Jack tomó una taza.

Bebió.

Su expresión cambió.

—Está horrible.

Michael sonrió.

—Gracias.

Jack dejó la taza.

—¿Por qué estás agradecido?

—Porque ahora sé que todavía tengo talento.

Emma soltó una carcajada.

Incluso Elizabeth sonrió.

La tensión bajó durante unos segundos.

Pero Richard golpeó suavemente la mesa.

—Tenemos que concentrarnos.

Todos guardaron silencio.

—Tenemos tres problemas —dijo Richard—. Encontrar a Andrés. Encontrar a Margaret. Y encontrar a Samuel.

Elizabeth se acercó.

—¿Y cómo lo hacemos?

Daniel colocó una carpeta sobre la mesa.

—Con esto.

La abrió.

Dentro había documentos antiguos.

—Los encontré en el archivo de la casa.

Catherine los observó.

—Son registros de propiedades.

Daniel negó.

—No solamente.

Sacó una hoja.

—Son movimientos de dinero.

Héctor se inclinó.

—Es imposible.

—¿Qué?

Héctor señaló una cuenta.

—Esa cuenta desapareció hace veinticinco años.

Daniel respondió:

—No desapareció.

—¿Entonces?

—Fue trasladada.

Richard preguntó:

—¿A dónde?

Daniel señaló una dirección.

Todos quedaron inmóviles.

Elizabeth reconoció el lugar.

—El café.

Michael abrió los ojos.

—¿Qué?

Elizabeth tomó el documento.

—Mi café.

Gabriel la miró.

—Ese lugar fue comprado por tu familia cuando eras niña.

Elizabeth recordó las palabras de su padre.

—Para protegerme.

Daniel asintió.

—Exactamente.

Paul frunció el ceño.

—Entonces el café no era simplemente un negocio.

—No —dijo Catherine—. Era una caja de seguridad.

Elizabeth quedó sorprendida.

—¿Qué?

Catherine explicó:

—El patrimonio fue dividido.

Una parte quedó en cuentas.

Otra en propiedades.

Y otra...

miró a Elizabeth.

—Quedó escondida en algo que nadie sospecharía.

Elizabeth comprendió.

—El café.

Todos regresaron al café.

Emma abrió la puerta.

—Es extraño estar aquí después de todo lo que pasó.

Jack miró alrededor.

—Yo solo recuerdo cuando Richard casi me mata con una caja de harina.

Richard respondió:

—No casi.

Jack tragó saliva.

—Gracias por aclararlo.

Michael comenzó a revisar las paredes.

—¿Qué buscamos?

Daniel respondió:

—Una puerta.

Elizabeth se quedó quieta.

—¿Una puerta sin número?

Catherine asintió.

—La misma frase que aparece en el mensaje de tu pendant.

Elizabeth sacó el dije.

Paul la acompañó.

Después de unos minutos, Michael gritó:

—¡Encontré algo!

Todos corrieron.

Michael señalaba una pared.

—Aquí.

Richard golpeó suavemente.

Sonaba hueca.

Paul retiró un cuadro.

Detrás había una pequeña cerradura.

Elizabeth sacó la llave formada por las piezas 17-A y 17-B.




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