El sonido de las suelas de los zapatos de los estudiantes sobre el suelo le advirtió a Maite que pronto dejaría de estar sola. Durante el resto de la semana había evitado cuidadosamente a las señoritas de la sociedad inglesa, como las había apodado en su mente. Le parecían petulantes, engreídas por la simple razón de ostentar apellidos ilustres y pertenecer a familias de renombre. Incluso había añadido a Hayden a aquella lista de pomposos, aunque, hasta entonces, él no había tenido ningún mal comportamiento con ella. Aun así, Maite estaba convencida de que tarde o temprano terminaría haciéndolo; después de todo, pertenecía al mismo mundo de personas adineradas que ella tanto despreciaba.
Se ocultó detrás de una pared que daba a otro pasillo. Hayden no se encontraba entre aquel grupo de estudiantes que avanzaba en parejas, conversando en voz baja. Esta vez había sido más astuto; no cometería el mismo error de la ocasión anterior y permitiría que Maite volviera a escabullirse.
Sin que los maestros lo advirtieran, se separó discretamente del grupo y caminó hasta el lugar donde ella se escondía. Se acercó sin previo aviso.
—¿Qué haces aquí? Deberías irte —dijo Maite, visiblemente fastidiada.
—No me iré. ¿Por qué te escondes?
Maite vigiló el pasillo de reojo, inquieta ante la posibilidad de que alguien los descubriera.
—¡Es mi problema! Por tu culpa voy a meterme en líos. ¿No entiendes o qué?
Sin esperar respuesta, se alejó de él y se incorporó al final de la fila. Hayden hizo lo mismo, pues ambos tenían el mismo horario. Maite le lanzó una mirada de desaprobación al notar que se empeñaba en imitar cada uno de sus movimientos.
—¡Ajá! —murmuró en español—. ¿Me crees tonta? Sé lo que haces, niño.
Hayden frunció ligeramente el ceño. No había entendido una sola palabra, pero el tono de Maite había sido suficiente para comprender que no eran precisamente amables.
—No sé qué dijiste, pero sé que no te caigo bien —susurró—. Me gustaría saber por qué.
Los estudiantes ingresaron al aula en orden y ocuparon sus respectivos pupitres. Maite tomó asiento sin dedicarle más que una mirada de soslayo, aunque sus ojos dejaban entrever el hastío que sentía por su insistencia.
Hayden quiso decirle que lo estaba juzgando injustamente, pero se contuvo. Si realmente quería acercarse a ella, tendría que encontrar otra manera de hacerlo. Aquella conducta, impropia de un estudiante de su posición y de su familia, podía ponerlo fácilmente en el ojo del huracán.
En el Burgundy Club, un club privado, la escasa cantidad de alumnos que eran miembros se contaba con cifras reducidas, un privilegio reservado para los apellidos de sólida tradición, algo de lo que gozaba Hayden. Todos sabían que provenía de una reconocida dinastía, razón por la cual frecuentaba el lugar con sus amigos. En este club, las señoritas también podían ser miembros, y entre las más destacadas estaban las jovencitas Kaylen y Harper, quienes compartían los intereses de los chicos. La señorita Fowler era una excelente jinete de polo, ganadora consecutiva del premio en los campeonatos anuales de los juegos juveniles de Londres.
Kaylen aborrecía a aquellos que no pertenecían a su misma sociedad, e incluso a los inmigrantes. Para esta chica, que apenas rebasaba los dieciséis años, la reputación y las buenas costumbres debían cuidarse con esmero. Mantenía un estricto régimen en su vida diaria, consecuencia de la crianza que le dieron sus padres. En cambio, Harper era menos rígida y respetaba a todos, sin importar si contaban con iguales privilegios.
El atardecer se acercaba y Maite llevaba en sus brazos varios libros, ya que esta vez deseaba repasar las lecciones en un lugar más tranquilo. A su paso, unos estudiantes se dirigían a un salón en particular: el Burgundy Club, un nombre que prometía distinción y excelencia. La curiosidad la impulsó a asomarse. Las puertas tenían un pomo que, al girarlo, quedaba entreabiertas. Al mirar hacia adentro, lo primero que identificó fue un emblema que le pareció poco creativo, casi soso. Dirigió su mirada en todas direcciones y reconoció a Hayden, sentado en el borde de una silla alta, con el codo derecho apoyado sobre una mesa. El otro codo descansaba sobre su pierna, atento a la charla, posiblemente tediosa, de una estudiante que se encontraba de pie. Kaylen estaba allí, gesticulando de manera repetitiva. Maite no podía negar que la susodicha lucía favorecida con el uniforme, mostrando sus largas y esbeltas piernas, lo que llamaba la atención. Sin embargo, que ella fuera amiga de Hayden fue un golpe bajo; ni siquiera pudo diferenciarse del resto.
Decidió retomar su caminata hacia el jardín, rodeado de árboles de manzana que crecían formando un escondite perfecto. De pronto, un libro cayó de sus manos antes de que pudiera sentarse en el pasto verde. Al agacharse para recogerlo, escuchó que alguien pronunciaba su nombre, lo que le erizó los vellos de la piel.
—Señorita Mendoza, ¿qué está haciendo? —preguntó con tono serio y una ceja arqueada, una maestra que se le acercaba.
—Yo estaba buscando mi libro —respondió con voz temblorosa.
—Este no es un lugar apropiado para estudiar. Por favor, diríjase a uno de los salones disponibles.
Percibió el enojo en su entonación; aun en inglés se podía sentir el malestar. Se levantó rápidamente, agarrando los libros de manera torpe. No le quedó más remedio que obedecer.
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Editado: 27.09.2026