Un Mundo Olvidado

Capítulo 19: El refugio

Los árboles servían de refugio para la lluvia que aún caía sobre ellos, pero no la evitaban por completo. Pequeñas gotas se deslizaban por sus mejillas en el momento en que se detuvieron a descansar.

No sabían, exactamente, cuánto tiempo estuvieron corriendo. Podrían haber pasado horas, como tan solo unos minutos, y Pedro no había soltado la mano de su hija en todo ese tiempo. Lucinda estuvo a punto de caer en más de una ocasión, pero el agarre firme de su padre lo impidió.

Al salir de la casa, Jazmín había tomado la delantera para guiarlos. Detrás de ella, iban Pedro y Lucinda tomados de la mano, y cerrando la marcha estaba María. Solo corrieron, sin detenerse a hablar, pues la pelirroja no lo hacía y ellos sólo la seguían.

Las ramas los golpeaban y las gotas de lluvia que se filtraban por las hojas les dificultaba ver el camino. A los tres les faltaba el aliento, pero Jazmín parecía tener energía de sobra y no quería detenerse, pues debían llegar a un lugar seguro.

Una de las tantas tareas que debió cumplir al asignarle esta misión, había sido la de estudiar el terreno, y hallar una vía de escape de ser necesaria. Años atrás, encontró una vieja casa abandonada a unos cuantos kilómetros de la residencia y la aprovisionó de elementos necesarios en caso de una emergencia, con la ayuda de sus creadores.

Sus creadores. Una sensación de tristeza la embargaba cada vez que pensaba en ellos. Se suponía que no debía encariñarse con aquellos responsables de su existencia, pero no pudo evitar ver en ellos nada menos que a sus padres. Porque, precisamente, para ella eran sus padres, no solo sus creadores.

Pero se encargó de no dejar ver sus emociones, este no era el momento de ponerse sentimentales y debía proteger a su amiga.

—¿Están listos para retomar el camino?— preguntó Jazmín a la familia, quienes se encontraban al pie de un árbol, respirando agitadamente.

—Danos unos minutos más, ¿quieres?— respondió María, mirándola seriamente, completamente exhausta—. No estamos acostumbrados a correr de esta manera.

—Lo entiendo— expresó la pelirroja en un susurro apenas audible, sentía la presión de protegerlos, pero ellos nunca estuvieron listos para algo como esto—. El refugio no está muy lejos. Si mantenemos el ritmo deberíamos llegar en...

—¿Alguien puede decirme que fue todo eso?— Lucinda interrumpió a su amiga, estaba casi gritando mirándola a los ojos— ¿Quiénes irrumpieron en nuestro hogar? ¿Qué querían? ¿Por qué dejamos a Theo solo con ellos?— Con cada pregunta, aumentaba el timbre de su voz y se la veía frenética, casi furiosa. Un trueno resonó en la distancia, haciendo que los tres lanzaran exclamaciones de sorpresa. Lucinda solo miraba a Jazmín, sin importarle el ruido.

—No puedo decirte nada por ahora— respondió Jazmín en tono de disculpa—. No es a mi a quien le corresponde decírtelo y mucho menos estando tan expuestos— concluyó su amiga, dándole una mirada rápida a Pedro y María.

—Necesito respuestas— exclamó con fiereza Lucinda, apretando los dientes. Una certeza crecía en su pecho: le habían mentido, toda su vida, todas las personas que amaba, le habían mentido. La habían traicionado.

La electricidad aumentaba en el ambiente y una capa fina de neblina amenazaba con cubrirlos. María y Pedro lanzaban miradas alrededor con curiosidad, mientras Lucinda y Jazmín mantenían la vista fija en la otra. En ese instante, María tuvo la certeza de que su hija era la que provocaba esa neblina al estar molesta, por lo que no dudó un segundo en acercarse a ella y posar su mano sobre su hombro.

—Princesa...— La llamó María, haciendo que Lucinda volteara— No es momento para esto. Te contaremos todo, una vez que hayamos llegado al refugio— pronunció las palabras de manera lenta, tomando a Lucinda por el rostro—. Lo prometo—. finalizó, viendo en los ojos de su hija el temor que guardaba su corazón.

Lucinda solo asintió y la ira que sentía fue menguando, al igual que la neblina que amenazaba con cubrirlos. Jazmín podía comprender cómo debía sentirse su amiga, por lo que no la presionó de más y, al verlos que ya estaban más descansados, les indicó con una seña que tenían que seguirla.

Retomar el paso apresurado les costó, sus piernas les temblaban y casi no querían responderles. El único consuelo que encontraban en esa espantosa situación fue que la lluvia se había detenido y por unos breves momentos, la luna se vio descubierta, iluminando el camino que seguían.

Lucinda estaba demasiado cansada como para detenerse a pensar en todo lo que estaba pasando. Solo continuaba de forma automática, dejando a sus pies hacer todo el trabajo; se sentía como dentro de una pesadilla, deseando despertar pronto.

El frío era innegable, con cada respiración lanzaban leves bocanadas de vapor, y los pies los tenían helados por haber pisado charcos de barro en el camino. Pero eso no impedía que el sudor recorriera sus cuerpos, provocándoles escalofríos y que sus cabellos se pegaran a sus frentes.

¿Cuándo vamos a llegar al bendito refugio? Lucinda no terminó de pronunciar esas palabras en su mente, cuando delante de sus ojos, en medio de un claro bastante escondido, se encontraba una cabaña. El lugar estaba marcado por el paso de los años, las maderas que formaban parte de la fachada se encontraban sueltas y a punto de caer.

La pelirroja se adelantó, y los demás la siguieron deprisa. Al intentar abrir la puerta, esta se resistió y María se encontró pensando que Jazmín no podría abrirla y que su esposo debería ayudarla. Pero, para sorpresa de todos, Jazmín demostró poseer una fuerza considerable, ya que no necesito más de dos empujones para abrir el lugar.

La cabaña era pequeña, con una habitación que servía de cocina y sala de estar justo a la izquierda de la entrada, con una chimenea. Del lado derecho, una entrada sin puerta dejaba ver una recamara con dos camas separadas por una pequeña mesita de luz.




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