Desperté y todo seguía siendo lo mismo: el buró desvencijado con el vaso vacío, el celular estrellado, la alarma estridente y el colchón sobre el suelo. Noté algo anómalo. El cuarto se sentía tibio y el salitre del muro frente a mí se había secado; incluso alcancé a distinguir las desteñidas formas del papel tapiz asomarse entre las plastas y los grumos del moho.
Me levanté con desgano, con la mirada de quien sabe que, al final, no es más que otro día. Me aproximé a la ventana y atestigüé el cielo plomizo —un fractal de humo estancado encima de las puntas de los rascacielos, denso como una nata de maldad primal; penumbroso como la suma de todas las calamidades— que encapotaba todo cuanto es el mundo. Las nubes eran tan raras. Hacía seis años que no llovía.
Al principio nos enloquecía conjugar la sequía con la canícula, pero con los años, hasta esta se aburrió de arengar al sol; tan perezoso que con tal desgano destellaba miserables flamitas de luz blanca, para echarse a dormir por dieciséis horas.
Fue cuando el frío se nos vino encima y, desde entonces, se quedó. Aun así, ese aire denso, cargado de esquirlas y metales. era mejor que el vaho sofocante de la humedad de mi encierro.
La noche era una calamidad, dado que después de las tres los vientos se soltaban y corrían en todos los sentidos. La hondonada —que en los fulgores del progreso era un valle de prados majestuosos— socavó más de diez metros y siempre se revolvía inmersa en los torbellinos de vientos helados y polvaredas cáusticas; la vista perdía su objeto y era imposible distinguir más allá del cristal sucio y quemado de la ventana.
Pero al abrir la ventana, y sin tener recuerdo previo, respiré un aire ligero, sin arena ni piedras puntiagudas. Por primera vez en toda mi vida, allá detrás de la nube de plomo inabarcable, vi el aro del sol por la mañana. A estas horas era imposible distinguir el destello de la luz natural; o nos llegaba tan débil o era tan densa la nube de plomo y polución, que si llegábamos a percibir su circunferencia era ya cuando pasaba su cenit y se recorría al ocaso. No es que en realidad distinguiera su contorno circular, sino que más bien apreciaba sus pálidos deditos de fuego apocado resplandecer con palidez por aquí o por allá, y eso, además de ubicarnos en el tiempo, nos aseguraba que, a pesar de su vejez y temor, seguía ahí.
Miré con esfuerzo, hasta alcanzar a ver cosas que jamás había presenciado desde mi palomar: el Obelisco del Orden Panmundial, el Parlamento de los Déspotas y la gigantesca Explanada de los Mártires.
Lo que nunca imaginé: detrás de las gigantescas jacarandas de flores marchitas, contemplé las ruinas del otrora Palacio de Gobierno, luego llamado el Salón Dorado del Cacique, después se convirtió en sumidero de fumadores de cristal e inhaladores de cemento. Ahí, en el trono, donde el centro del palacio fue ocupado por décadas por el mismo sátrapa, hoy se sienta, con desparpajo y con sus incontables capas de mugre y hollín, el Gran Señor de los Desarrapados: Sir Pepenador.
Yo llevaba tres días sin comer. Los mismos que tenía de no mirar a Atenea. Todavía en estos tiempos deslucidos donde cunde la fealdad, a sus padres se les ocurrió bautizarla ante el Primer Señor de los Parias, Caín el Inmortal, con semejante nombre.
El teléfono sirve solo para hacer consultas, eso sí, a libre demanda a la IA Sociedad Digna y Progresista. Pero responde de forma sesgada, de acuerdo con la narrativa que el buen ciudadano debe escuchar por dos razones: lo apacigua y le da sentido y rumbo a su vida en este yermo de concreto. Por lo demás, al día tenías derecho a enviar tres mensajes a números previamente autorizados y verificados de que son personales —y no un contacto con alguna gavilla subversiva— y una llamada telefónica vía operadora IA al número que fuese, siempre y cuando la operadora virtual decidiera si era procedente o censurable.
El aire raro, por fresco y respirable que entró por la ventana, me animó y sentí el ímpetu de ir tras ella. Me puse el uniforme gris que correspondía a los parias sin trabajo fijo, sin hipoteca ni cédula fiscal tributable, y tras teclear la contraseña de 16 caracteres —si fallabas en un solo dígito, el castigo era un arresto e incomunicación por tres días naturales—, la puerta se fue abatiendo con lentitud mientras rechinaba al arrastrar todo el óxido que la carcomía.
Y vi el mundo y también, sorprendido, luz solar. Más todavía, la nata perpetua se agrietó ante mis ojos. Caminé sin ponerle más atención al cielo, dado que lo que acontecía a nivel de superficie era extraordinario. Entre los escombros de las calles reventadas y en los promontorios de los antiguos suburbios de lujo brotaban personas, como si hubiesen estado atrapadas en esa sepultura de rocas que el odio y la ambición dilapidó. Las calles también se plagaron de niños, mujeres, hombres y ancianos con ojos llenos de esperanza y sonrisas incrédulas.
Un altavoz, como los que usaban los subalternos en los viejos tiempos del Cacique, para apaciguar los ánimos de la muchedumbre o para concitarlos para anunciarles que había decretado una nueva atrocidad, anunció débilmente, pero alcanzó para que todos los renacidos escucharan con claridad:
—¡Escuchen, oh, amados súbditos! ¡El Orden y el Progreso han regresado! El sátrapa y apátrida, autodenominado “Sir Pepenador”, ha sido abatido hoy por un comando de leales y valientes mercenarios al servicio encubierto de nuestro entrañable Cacique, Sir…
En eso sentí una mano cálida y afilada. Era la mano de Atenea, que llegó de la nada, envuelta en una sonrisa radiante y con un fulgor en sus ojos que nunca había visto. Entrelazó sus dedos con los míos y, con esa sonrisa que desbordaba su sensatez y la melancolía vital de la que me fasciné, me dijo:
—Te amo, Raúl, ¡lo sabes! Pero mira las cosas. Nuestro gran señor derrocó al usurpador. ¡Todo volverá a ser como fue! Mi padre regresará a su trabajo de diplomático y volveremos a vivir en una casa de concreto. Y viajaré nuevamente por el mundo, conoceré personas y… ¡Perdón!, sé que esto provocará una ausencia, ¡lo siento! Pero tú sabes que, si no ha sido por esos usurpadores infelices, jamás hubiéramos caído a las alcantarillas. Sabes muy bien que nuestro encuentro fue solo un accidente. Ahora que el Régimen se ha reimpuesto… Sí entiendes, ¿verdad?