Un Pequeño Secreto

CAPÍTULO 3

Abril, 2007

—Señorita Santillana, si quiere dormirse hágalo en las áreas verdes. Retírese de mi salón.

—¿Qué?

Apenas me incorporé en mi lugar, me di cuenta de que la profesora de Literatura estaba frente al pupitre. Miré a mi alrededor, mis compañeros estaban todos mirando hacia mí, riendo bajito.

Ni siquiera supe en qué momento me quedé dormida. Solo me tallé los ojos y guardé mis cosas intentando no mirar a nadie más porque me moría de la vergüenza. Tomé la mochila y salí del salón sin hacer ruido, bostezando una vez más en el pasillo. La verdad es que no sabía qué estaba pasando conmigo. Últimamente tenía sueño todo el tiempo, no importaba cuánto durmiera incluso por las tardes, siempre me sentía cansada.

Entré al baño empujando la puerta. ¡Dios! ¡Qué pena! Nunca me habían sacado del salón por nada. Además, ¿en qué momento me quedé dormida? Ni siquiera lo entiendo. Abrí el grifo y tomé un poco de agua fría entre mis manos. Mojé mi cara y volví a tallarme los ojos.

—Mierda...

Me deshice la coleta de caballo y peiné mi ondulado cabello negro con los dedos para que cayera sobre mis hombros. ¡Qué desastre!

—Greta, ¿qué haces aquí? ¿No tenías clase de Literatura?

—Me sacaron por quedarme dormida.

—¿Quieres acompañarme a la cafetería? —preguntó Irene, enjabonándose las manos—. Yo me salté Mate porque la clase de Núñez me da una flojeraaaa de aquellas.

Esperé a que terminara de lavarse las manos. Y una vez que salimos del baño, caminamos juntas hacia la cafetería para buscar una mesa vacía. Irene sacó un tupper azul y lo abrió, traía salchichas baby sazonadas con jugo Maggi junto con cebolla caramelizada. Yo no tenía hambre, mi mamá en la mañana se encargó de que me comiera el desayuno antes de salir de casa y todavía estaba llena. Así que solo me dediqué a observar, Irene tomó su tenedor y se lo clavó a una de las salchichas para llevársela a la boca.

—¿No quieres?

—Solo una.

Irene tomó una de las salchichas con su tenedor y me la ofreció. La tomé y me la llevé a la boca. Empecé a masticarla y de un momento a otro, el sabor me pareció desagradable. Seguro que hice alguna mueca, porque ella me miró demasiado raro. Tomé una servilleta de papel y discretamente escupí la salchicha.

Aún con todo y que la saqué de mi boca, todavía tenía esa sensación de asco porque el sabor se me quedó clavado en la lengua. Incluso sentía que iba a vomitar en cualquier momento.

—Ayy ya no seas exagerada, Greta. Es una salchicha con Maggi.

—Lo sé, pero sabe horrible.

—Horrible lo que hizo tu mamá con la junta directiva. ¿Puedes creer que apenas me levantaron el castigo? Estuve casi un mes sin celular.

Lo sabía, casi todos me odiaban por lo que hizo mi mamá. De por sí casi nadie me hablaba, con esto mi vida social en mi generación terminó por morir.

—Imagínate yo que ahora tengo prohibidas las fiestas y por si fuera poco, tengo que acompañar a mi mamá todos los domingos a misa.

—Qué hueva —respondió, chupando su dedo—. Y al mismo tiempo qué fastidio vivir con ese tipo de reglas todo el tiempo, sin ofender, pero tu mamá es medio intensa.

—No me ofendes, yo lo sé —dije, recargándome en el respaldo de la silla roja—. Pero ahora también todos me odian por la sarta de tonterías que fue a decir de todo lo que según ella hicimos en la fiesta de Casandra.

—No, no, a ti no te odiamos. Que quede claro que a la que odiamos es a tu mamá, de nuevo, sin ofender —murmuró, tomando otra salchicha—. Además ¿drogas y orgías? ¿En dónde fue eso? Porque la fiesta de Casandra estuvo de flojera, aún con todo y que le agarramos todas las botellas a su papá.

Creo que no se imaginaba que a veces deseaba que mi mamá fuera un poco más parecida a la suya. En verdad que no entiendo ni siquiera por qué cambió tanto, no es como que sea una señora de cincuenta y tantos que tenga que refugiarse en la religión porque no tiene a dónde ir.

Tiene cuarenta años. Creo que ser tan devota de la iglesia ni siquiera tendría que ser una opción a esa edad. A veces desearía que pasara sus tardes en yoga como la mamá de Casandra o que al menos no fuera tan conservadora. La mamá de Irene me parecía tan cool. Podíamos pasar horas platicando con ella sobre temas que jamás sería capaz de hablar con mi madre.

Es que solo bastaba con verla. Con esas faldas largas, con el cabello color chocolate siempre amarrado en un chongo, ya ni siquiera se maquillaba y se está dejando engordar.

Casandra decía que si continúa descuidándose, mi papá va a buscar a otra mujer por otro lado. Que por eso su mamá se mata yendo al gimnasio y trata de comprarse ropa nueva cada que puede, que siempre va con el estilista y nunca le da miedo probar las nuevas tendencias en cuanto a ropa y zapatos. ¿Hace cuanto que mi mamá no hacía nada de eso? Solo le importan tres cosas: la biblia, la iglesia y Dios. Nada más que eso.

***

—Cómete las calabazas, Greta.

—Ya me llené mamá.

Mi mamá ni siquiera dijo algo más. Tomó mi plato y tiró las calabazas que dejé en el bote de basura. Y después caminó hacia la cocina, para llevar el plato a la tarja.




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