Un Pequeño Secreto

CAPÍTULO 4

Estaba tardando demasiado. Quedamos de vernos atrás de los laboratorios y llevo más de quince minutos esperando. Tenía el estómago revuelto. No sabía si era porque todo el día había estado pensando en el resultado de la prueba o porque de repente todos los síntomas del embarazo decidieron aparecer como por arte de magia.

Me crucé de brazos y me paré de puntitas como si así fuera a alcanzar a ver si venía. Pero nada. El grupo seguía en su práctica y ya van dos veces que el profesor se asoma y me mira, como preguntándose si se me había perdido algo.

Y sí, se me perdió algo, mi virginidad en el momento menos oportuno. Encima siento que voy a reprobar los dos parciales que hice hoy.

No sé qué voy a hacer, y no me refiero precisamente a la escuela.

—Perdón, no encontraba cómo deshacerme de ella —dijo Jonathan, agitado, parecía que vino corriendo—. ¿Qué pasó? ¿Ya por fin decidiste levantarme el castigo de la ley del hielo?

—Estoy embarazada.

—¡¿Qué?!

Me llevé el dedo índice a los labios para pedirle que bajara el tono de voz. Lo tomé de la mano y lo hice caminar conmigo unos cuantos metros lejos del laboratorio, solo en caso de que alguien pudiera escucharnos.

Jonathan perdió el color de la cara de lo pálido que se puso. Se pasó la mano por el cabello y, aunque abrió la boca, no pudo decir nada. ¡Lo sabía! Seguro que mañana mismo se consigue un empleo en Tokio y se va para siempre dejándome sola con esto.

—¿Estás segura, segura?

—Sí... me hice una prueba en la mañana y salió positiva.

—Pero no es posible —dijo, negando ligeramente con la cabeza—. Ni siquiera terminé adentro de ti, te consta.

Me encogí de hombros y nuestras miradas se encontraron. No me gustó la forma en la que me miró, como si no me creyera ni un poco lo que le acababa de decir.

—Solo lo he hecho una sola vez. Contigo.

—¿Era tu primera vez?

Asentí y desvié la mirada. Jonathan tardó apenas unos segundos en buscar mi mano y la tomó, apenas apretándola.

—Está bien, te creo.

—Ah, ¿dudaste de mí?

—No, no... quiero decir... —soltó mi mano—, es mucha información que digerir, ¿sabes? Digo, no es que te vaya a dejar sola con esto, eso nunca. Pero... Hmm qué se supone que... ¿qué se supone que debamos...? ¿Qué quieres hacer?

—No sé qué vamos a hacer, solo sé que no puedo ni quiero tenerlo.

—No puedes abortarlo, Greta. Bueno no sé... pero no quisiera que lo hicieras en una clínica clandestina con un gancho o algo así...

—No me voy a meter un gancho para sacarlo, no creo que funcione así.

¡Dios! Era obvio que no podíamos tener un bebé juntos. Lo peor es que tampoco me ayudaba a ponerle una solución realista a esto.

—Sabes que no podemos quedarnos con él. Si mi mamá se entera, me mata. Y a ti... a ti Casandra te corta los huevos por haberla traicionado.

—¿En verdad quieres deshacerte de él? Yo... Greta, te juro que yo haré lo que tú me pidas. Si te lo quieres quedar, yo me haré cargo de todo.

—¡No! ¡No me lo quiero quedar! —dije, exaltada—. ¡Y no estamos pensando en soluciones tampoco! Además... ya viene el viaje de la semana de intercambio, no me lo quiero perder. ¿Sabes cuánto tuve que rogarle a mi mamá para que me dejara ir?

—Yo sé y estamos igual. Además, iba a aprovechar para ver a mi papá en San Antonio.

Jonathan se quedó pensando unos segundos. Si estuviéramos en una caricatura, este sería el momento perfecto para que un foco encendido apareciera por encima de su cabeza.

—¿Y si... lo intentamos en el viaje a San Antonio?

—¿Qué?

—Lo que quieres hacer. Es Estados Unidos, seguro que ahí hay más opciones para deshacernos de...

—Sí, genio... considera que allá nos faltan cinco años para ser mayores de edad. ¡Por algo la gente va a hacerlo a Tijuana!

—Bueno, pero podemos investigar —dijo, bajando la voz—. Tiene que haber alguna manera.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Llamar a una clínica y decirles que quieres llevar a una chica de dieciséis años a abortar sin que sus papás se enteren?

Jonathan frunció el ceño.

—No cuando lo dices así.

—Porque suena horrible.

—Porque haces que todo suene horrible, Greta. Solo digo que podemos averiguar. Mi papá vive allá, conozco San Antonio y vamos a estar una semana. Si existe alguna forma de hacerlo sin que nuestros papás se enteren, la encontramos.

—¿Y si necesitan la autorización de mis papás?

—Entonces buscamos otra opción.

—No hay otra opción.

—Tiene que haberla.

Me quedé mirándolo unos segundos. Me desesperaba que hablara como si bastara con buscar la respuesta en Google y seguir lo que sea que dijera alguien en algún foro. Pero tampoco tenía una idea mejor.

—Podemos investigar hoy —dijo—. Cada uno por su cuenta. Mañana hablamos y vemos qué encontramos.




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