Un Pequeño Secreto

CAPÍTULO 5

Nunca había visto tantas chamarras amarillas juntas.

Estaban por todas partes. Frente a los mostradores de la documentación, alrededor de las maletas y mis compañeros formando pequeños grupos y hablando mucho más fuerte de lo necesario a esa hora de la mañana. Todas estábamos usando chamarras iguales: amarillas, con el escudo de la escuela bordado al frente y en la espalda tenían el nombre de cada uno de nosotros.

Supongo que servían para que los profesores pudieran identificarnos fácilmente entre tanta gente. A mí me parecía que nos hacían ver como pollitos en una granja, como aquella a la que llevó el grupo de la iglesia a los niños del catecismo hace dos meses.

—Dicen que el Target está enorme —comentó Irene a mi lado—. Mi mamá me dio dinero para comprar ropa. ¿Tú qué quieres comprar?

—No sé.

—Yo quiero ir a Abercrombie. Y a Hollister. ¡Ah! Y quiero unos Converse nuevos, pero de los que no venden aquí.

Asentí sin prestarle demasiada atención. A nuestro alrededor todos parecían tener perfectamente claro qué querían hacer en San Antonio. Algunos hablaban de ir de compras, otros de la comida que querían probar y alguien detrás de nosotras llevaba diez minutos preguntando si habría tiempo de ir a Six Flags.

Yo solo quería saber cómo demonios iba a conseguir desaparecer durante varias horas sin que ninguno de los profesores se diera cuenta.

Apreté con fuerza el asa de mi mochila. Hasta ese momento, el plan de Jonathan y mío tenía demasiados huecos para poder llamarlo plan. Su papá y Brenda iban a ayudarnos. O eso esperábamos. Todavía no sabían para qué necesitábamos su ayuda y tampoco teníamos idea de cuánto tiempo iba a tomar conseguir ese permiso del juez, ir a una clínica o hacer cualquiera de las cosas que Jonathan había leído.

Lo único que sabíamos era que teníamos una semana para solucionar el problema.

—Greta.

Volteé inmediatamente. Mi mamá me acomodó el cuello de la chamarra como si tuviera cinco años.

—Me llamas cuando aterricen.

—Sí, mamá.

—Y cuando llegues a casa de los Farah.

—Sí, mami.

—Y todas las noches.

—Sí, lo prometo.

—Gabriela, déjala respirar —intervino papá.

—Tiene dieciséis años y se va a otro país sin nosotros. Tengo derecho a preocuparme.

—Va con profesores y se va a quedar con Carlos.

Mamá hizo una mueca al escuchar su nombre.

—Precisamente eso último no me tranquiliza.

Papá soltó una risa y yo intenté sonreír. Si tan solo supieran...

—Nada de separarte del grupo —continuó mamá—. Nada de aceptar cosas de desconocidos. No quiero que salgas sola y mucho menos de noche. Y si Carlos y su esposa quieren llevarlos a algún lado, primero me llamas.

Sentí que el estómago se me revolvía todavía más.

—Sí, mamá.

—¿Me escuchaste?

—¡Sí!

Mamá me abrazó y por un instante cerré los ojos contra su hombro. Una parte de mí quiso decírselo. "Mamá, estoy embarazada".

Solo tenía que juntar esas tres palabras y todo esto se terminaba. No tendría que esconderme de los profesores, ni pedirle ayuda al papá de Jonathan, ni viajar cientos de kilómetros con un secreto metido entre la ropa de mi maleta.

Pero entonces recordé todos sus sermones sobre el pecado, manchar el apellido y las consecuencias de no saber respetarse.

Así que, las únicas tres palabras que me salieron fueron:

—Ma, te quiero —le dije antes de separarse.

—Yo también te quiero, Greta.

—¡Muchachos! —gritó uno de los profesores—. Los que ya se despidieron, vamos pasando. Tengan pasaporte, visa y pase de abordar en la mano.

Irene tomó su maleta y gritó con emoción:

—¡San Antonio, here we go!

Un montón de voces celebraron detrás de ella. Yo respiré hondo.

—San Antonio —repetí.

Pero seguramente era la única persona de todo el grupo que no estaba emocionada por llegar.

***

Conseguir sentarme junto a Jonathan fue más fácil de lo que esperaba. Nadie cuestionó por qué terminamos juntos, después de todo, éramos amigos desde hace años.

Me recargué en el asiento y lo miré de reojo. Esto era una locura. Había sido una locura desde aquella noche y pronto íbamos a ponerle fin.

—Estuve pensando toda la noche —dijo.

—¿En qué?

Jonathan se volteó como pudo en el asiento y tomó mi mano, mirándome a los ojos.

—Podemos quedarnos con el bebé —murmuró, lo más bajito posible.

Lo miré fijamente.

—¿Qué?

—Voy a terminar con Casandra para estar contigo. Buscaré un trabajo. Podemos hacerlo, Greta.




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