Un Pequeño Secreto

CAPÍTULO 7

Escuché el ruido de la puerta al abrirse y miré un destello de luz que venía del pasillo entrar al departamento.

Nicco llegó del trabajo a la misma hora de siempre. Prendió la luz y fue entonces que me encontró en el piso con la copa vacía a un lado. Se acercó a mí sigilosamente, dudando un poco incluso, pero al final se puso de rodillas y tomó mis manos antes de preguntar qué pasaba.

Me había visto llorar muy pocas veces y sabía lo mucho que odio hacerlo en público. Así que entendía porque prefería que fuera yo la que diera el primer paso. Miré sus ojos azules, después me acerqué para darle un abrazo y él me acogió en sus brazos acariciando mi cabello lentamente.

—Ya lo sé vita mia, ya lo sé. Fui a buscarte al trabajo, pero Federica me dijo lo que sucedió. —murmuró a mi oído, sin dejarme de abrazar—. Todo va a estar bien.

—¿Cómo puedes decirme que todo va a estar bien? Acabo de perder mi empleo y mi lugar en la industria. ¿Sabes lo mucho que me costó abrirme paso sola? ¡Fueron años de esfuerzo!

—Lo entiendo Greta, pero no es el fin del mundo. Solo tómate unos días y después envías tu CV a otras revistas.

Nos separamos y Niccolò secó mis lágrimas con los dedos, llenándose la piel de los restos de mi maquillaje.

—Con el currículum que tienes seguramente que te contratan rápido.

—Pero no van a ser Vogue. Y ninguna otra de Condé Nast.

Niccolò me abrazó de nuevo contra su pecho. Para este punto estaba llorando tan fuerte que sentía que la respiración se me cortaba. Mojé con mis lágrimas su camisa azul cielo y por primera vez en todo el tiempo que llevamos juntos, le dije con lujo de detalles exactamente cómo me estaba sintiendo. Era una mezcla de enojo, frustración, tristeza y ganas de desaparecer desde que salí de esa oficina.

Después, cuando logré calmarme un poco, Nicco me ofreció sus manos para ayudarme a ponerme de pie y entonces caminamos juntos hacia el sofá. Hace años que no me sentía así: desesperada, sin saber qué hacer, con el futuro incierto.

¿Qué se suponía que iba a hacer ahora? Él lo hacía sonar tan sencillo, mandar un CV y continuar como si nada hubiera pasado. Pero, si tan solo él supiera que no fue nada fácil llegar a este país hace doce años completamente sola, sin hablar el idioma, llena de miedo...

—Estás muy tensa —dijo, masajeando mis hombros—. Necesitas un baño caliente. Te voy a preparar la tina, con esas sales que tanto te gustan.

Nicco abandonó el sofá y subió por las escaleras para preparar la tina de baño.

Mientras tanto, me quedé sola con Pallina. Tenía varias horas sin mirar el celular, porque no dejaba de vibrar hace rato y no tenía ganas de ver qué tanto estaban diciendo de Cornelia o del vídeo.

Pero no iba a poder huirle por siempre. Así que lo desbloqueé y entré a mi Instagram. Un montón de personas me comentaron mis últimas publicaciones, solo me detuve a ver un par de comentarios: "¿Una mujer hablando mal de otra por sus cirugías plásticas? ¿Qué es esto? ¿Los 2000? #Cancelada". "¡Vamos! Si tuviéramos el dinero sabemos que todaaas haríamos lo mismo, ya quisieras tener lo que tiene Cornelia". "Ni siquiera sé por qué nos desgastamos con esta mexicanita, ¡regrésate a tu país! Y crítica a los tuyos".

Bloqueé el celular y me llevé ambas manos a la cabeza. No quería seguir deslizando hacia abajo, los comentarios de odio solamente aumentaban y aumentaban en intensidad.

Una notificación más apareció en mi pantalla, la disculpa más insípida que he recibido en mi vida.

Raffaella Torchio:

Lo siento.

Apagué el celular y lo dejé debajo del cojín gris. Acaricié por última vez a Pallina y entonces me dirigí hacia la parte de arriba, desnudándome en el camino para encontrarme con Niccolò en el baño.

Al abrir la puerta, lo primero que vi fue la bañera con el agua burbujeando, Nicco se estaba encargando de encender algunas velas aromáticas. Llevaba las mangas de la camisa remangadas hasta los codos y tenía el cabello castaño claro más despeinado de lo habitual, seguramente de haberse pasado las manos por él durante el día.

Caminé descalza hasta él y le di un beso en el hombro.

—¿Qué haría sin ti?

—Probablemente bañarte sin velas.

Sonreí por primera vez en horas. Nicco volteó hacia mí y sus ojos se entrecerraron ligeramente con la sonrisa. Siempre me habían gustado sus ojos. De hecho, habían sido lo primero que noté de él aquella noche que nos conocimos.

Niccolò me dio la mano y me ayudó a meterme en la bañera, posteriormente él terminó de deshacerse de su ropa y me acompañó. El masaje que previamente me estaba dando en la espalda regresó. En verdad que necesitaba esto, incluyendo el silencio, Nicco logró callar a mi cabeza aunque sea un ratito.

—Hace mucho que no te veía así de estresada —dijo, deslizando su mano por debajo del agua para ponerla sobre mi cintura—. La última vez que te vi así de estresada fue cuando vinieron tus padres.

—Lo sé, lo sé...

—Estaba pensando y podemos tomarnos unos días de vacaciones, lo necesitas.

—¿Ah sí? ¿Qué se te ocurre?




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