Un Pequeño Secreto

CAPÍTULO 9

No sabía cómo decírselo. Llevaba días enteros pensando cómo, pero no encontraba la forma de hacerlo.

Era imposible no sentirme como cuando tenía dieciocho años. Apenas los cumplí, busqué la manera de salir huyendo de la casa de mis padres, encontrando trabajo como Au Pair en Roma. La segunda gran decisión de mi vida después de... Después de lo del bebé con Jonathan.

Y al parecer, estaba a punto de tomar la tercera decisión más importante de mi vida. Solo que ahora, ni siquiera sabía cómo decírselo a Niccolò. Matteo dijo que lo mejor que podía hacer en este momento era regresar temporalmente a México. ¿Cuánto tiempo? No tengo la menor idea. Solo sé que anoche me escribieron de esa revista a la que apliqué en cuanto Matteo me dio la mala noticia. Querían entrevistarme... y eso solo hacía mucho más real la decisión que tenía que tomar.

—Nicco... Necesito hablar contigo.

Él cerró el refrigerador y volteó a verme.

—Esa frase nunca trae nada bueno.

Intenté sonreír, pero no pude. Nicco dejó la pasta que pensaba calentarse a un lado y se acercó más a mí.

—¿Qué pasó?

Miré el brazalete de mi muñeca, el mismo que me había dado hace apenas una semana para prometerme que esperaría para intercambiarlo por un anillo. Respiré hondo, tragué saliva y me armé de valor para mirarlo a los ojos.

—Me tengo que regresar a México.

Su expresión cambió de inmediato, frunció el ceño, confundido.

—¿Qué?

—Matteo habló conmigo de mi situación y...

—¿Te rechazaron el permiso?

Bajé la mirada, viendo de nuevo el brazalete.

—Matteo cree que lo mejor es que regrese a México por un tiempo.

—¿Por qué?

—Porque esto no se está resolviendo, Nicco. No consigo trabajo, la querella sigue abierta y mi permiso está por vencer. Puedo solicitar el permesso per attesa occupazione, ya lo sé, pero...

—Entonces hazlo.

—No quiero.

Nicco guardó silencio, realmente no creía lo que estaba escuchando.

—¿Qué?

—No quiero pasar los próximos meses esperando a que alguna revista decida darme una oportunidad mientras sigo gastando mis ahorros y tú pagas todo lo demás.

—Greta, a mí no me importa pagar...

—A mí sí.

Su expresión cambió.

—Apliqué a un trabajo en México.

Esta vez el silencio fue distinto, frío incluso, tanto como la pasta que estaba sobre la barra de granito.

—¿Cuándo?

—Hace unos días.

—¿Y cuándo pensabas decírmelo? ¿En el aeropuerto?

—No Nicco... Esperaba que Matteo pudiera resolver todo antes de tener que hablar de esto.

Nicco se alejó un paso.

—Entonces ya lo decidiste.

—No.

—Greta, acabas de decirme que te tienes que regresar a México.

—Porque tengo que hacerlo. No porque quiera hacerlo.

—No, tienes opciones. Matteo lleva semanas diciéndote que tienes opciones, yo mismo te di una opción Greta, nos podemos casar pero tú no quieres. Tú elegiste México.

Abrí la boca para responder, pero no pude. Porque tenía razón y eso era probablemente lo que más me molestaba.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó.

—No lo sé.

—¿Un mes?

—No lo sé.

—¿Tres?

—Nicco...

—¿Seis meses? ¿Un año? ¿Te estás mudando a México?

—¡No lo sé!

Pallina salió corriendo de la cocina. Perfecto. Hasta la gata sabía cuándo abandonar una discusión.

Nicco se pasó ambas manos por el cabello.

—Hace una semana estábamos hablando de casarnos.

—Y quiero casarme contigo —dije, intentando tomar su mano.

—No Greta... estoy intentando entender cómo pasamos de hablar de tener una vida juntos hace una semana a que me digas ahorita, de la nada, que te vas a otro continente y ni siquiera sabes cuándo vas a volver.

Me recargué sobre la barra de granito, intentando mantener la compustura antes de soltarme a llorar.

—Sabes que hice todo lo posible para arreglar mi situación legal aquí pero tengo que irme, por lo menos unos meses en lo que todo se calma.

—¿Y qué va a pasar con nosotros?

—Niccolò yo te amo y eso no va a cambiar solo porque estemos unos meses sin vernos, estaremos comunicados todo el tiempo —murmuré, acercándome a él para tomar su rostro con ambas manos—. Será temporal, buscaré la forma de regresar pronto. Mi vida entera está en Milano.

Me acerqué a sus labios para poder besarlo. Un beso largo que se multiplicó, hasta hacer que la ropa comenzara a sobrar eventualmente y que cualquier espacio de la cocina fuera perfecto para tocarnos con desesperación.




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