El jet-lag me lo estaba cobrando bastante caro.
Me desperté tarde. Estaba tan cansada que ni siquiera escuché todas las veces que sonó el despertador y fue mi madre la que tuvo que ir a levantarme de la cama. Un recuerdo gigante me golpeó peor que la luz que entró por la ventana cuando abrió la cortina. No pude evitar recordar que Gabriela hacía lo mismo en la secundaria. Siempre me despertaba tarde y tenía que bañarme en tiempo récord.
En verdad que no entendía cómo lo lograba. Porque bañarme y arreglarme en tiempo récord para ir a la última entrevista con la editora en jefe de la revista sonaba como un reto casi imposible de cumplir.
¡Dios mío! Había olvidado lo caótica que es esta ciudad. Había olvidado que la Ciudad de México está a dos horas de la Ciudad de México. Ir del sur de la ciudad hasta Reforma parecía una misión imposible por la mañana. Además todo el ruido de los claxons sonando afuera me estaba provocando dolor de cabeza. Encima el Uber tiene más de quince minutos parado en el mismo lugar y todavía falta muchísimo tiempo para llegar a Paseo de la Reforma según Google Maps.
Bravo, mi primer día y voy tarde. Justo como en mi primer día en la universidad. Llegar tarde el primer día de algo importante es mi pasión.
—Hola buen día, Lizette Villalobos me está esperando.
—¿Nombre? —la secretaria ni siquiera volteó a verme.
—Greta Santillana Urtaza.
—Llegas tarde, a la jefa no le gusta que la hagan esperar.
La malhumorada chica se puso de pie y decidió acompañarme hasta la oficina de la editora en jefe. Abrió la puerta y anunció mi llegada, haciéndose a un lado tan solo unos segundos después para dejarme pasar.
Lizette Villalobos se puso de pie y se acercó a mí para estrechar mi mano. Es una mujer madura muy guapa y con un estilo exquisito para vestir. Me enamoré por completo de los stilettos Valentino y de su blazer color melón.
Me invitó a sentarme frente a ella. Se presentó y me habló un poco de la revista, pero yo no podía dejar de mirarla. Llevaba muy poco maquillaje y, aun así, su piel se veía prácticamente perfecta. Las líneas de expresión apenas se marcaban alrededor de sus ojos marrones y ligeramente almendrados. Baby bótox, seguramente. Yo misma había considerado comenzar con la primera ronda desde que Alessia me contó que una debe hacerlo apenas cumple treinta.
Tenía la nariz pequeña, los pómulos definidos y los labios delgados. Pero lo que más me llamó la atención fue su cabello. Castaño, largo, abundante y perfectamente acomodado en capas que caían sobre sus hombros. Ese cabello debía costar una fortuna mantenerlo así.
Y olía a Tom Ford.
Definitivamente era una mujer que sabía en qué gastar su dinero.
—Estoy al tanto de tu situación con Condé Nast y todo lo que sucedió con Cornelia Lucaferri.
Su voz me sacó de mis propios pensamientos. Abrí la boca, pero me costaba armar una sola oración que sonara coherente.
—Yo... sé que fue...
—Yo sé. Pero una cosa es lo que pensamos en privado y otra muy distinta lo que podemos permitirnos decir en público—dijo, dibujando apenas una sonrisa—. Sobre todo trabajando en este medio.
—Créame que voy a desempeñarme bastante bien como co-editora de moda o editora algún día.
—¿Co-editora de moda? No querida, ese puesto ya está ocupado. ¿No te dijeron en el correo de qué se trataba el puesto?
Negué con la cabeza, estaba tan desesperada por encontrar un empleo que ni siquiera presté atención
—Vas a ser reportera de estilo de vida.
Repor... ¿qué?
—El nombre de la revista lo dice todo. Somos la revista Clase, sí, tenemos nuestra sección de moda obviamente, pero no puedo darte el puesto que tenías en Vogue Italia —continuó—. Aún así te vas a divertir bastante. Vas a asistir a los mejores eventos sociales de la Ciudad de México para hacer cobertura. Muchas mujeres que marcan tendencia van a ellos, te va a encantar ya lo verás.
Reportera de estilo de vida, ¿qué acaso me ve cara de becaria? ¿No leyó mi CV? ¡Vengo de Vogue Italia! Además el sueldo es menos de la mitad de lo que ganaba en Milán. Pero eso me pasa por no leer bien lo que decía el correo electrónico.
Bueno, no tenía otra opción, estaba segura de que no podía postularme a alguna vacante en Vogue México porque era casi seguro que Condé Nast tenía mi nombre en la lista negra, así que probablemente también estaba vetada en automático de AD, Glamour y GQ.
Y ya no había forma de echarme para atrás. Aunque no estuviera de acuerdo, terminé firmando el contrato. Repitiéndome una y otra vez que esto sería temporal, en lo que Matteo resolvía todo.
Pero, con el sueldo que tengo ahora, ni siquiera sé si voy a poder continuar costeando sus honorarios.
—Tú debes ser la italiana, Greta ¿no?
—¿Tú eres...?
—Pablo Luna, tu nueva sombra.
¿Mi sombra? ¿Quién se cree que es? Pablo era un muchacho moreno claro, de cabello negro y rizado, con más volumen arriba de lo que cualquier hombre debería tardar en acomodarse por las mañanas. Llevaba unos lentes negros de armazón grueso que enmarcaban sus ojos marrones, barba corta perfectamente recortada y una camiseta tipo polo azul marino ajustada lo suficiente para dejar bastante claro que conocía bien el gimnasio.