Un Pequeño Secreto

CAPÍTULO 13

El Uber se detuvo afuera de la casa de mis padres, la noche había llegado a su fin. Volteé a ver a Pablo y le di un corto abrazo, agradeciéndole por esta noche tan divertida que en verdad necesitaba para mantenerme distraída.

Y sobre todo, por haberme acompañado hasta el hogar de mis padres.

—¿No se te hace raro tener treinta y vivir con ellos después de haber vivido sola en otro país durante tantos años?

—Bastante, pero estuve checando depas en la ciudad y están carísimos —murmuré—. No sabía lo caro que es vivir en la CDMX.

—Olvidé mencionarte un pequeño detalle, mi roomie se casó la semana pasada —dijo, esbozando una sonrisa—. Sigue sacando sus cosas, pero ya nada más quedan un par de cajas. Así que... prácticamente hay vacante disponible para ser mi roomie.

Pablo se balanceó sobre ambos pies, entrelazando sus manos y mirando hacia el portón de la casa de mis padres.

—Quiero decir... si quieres ser mi roomie las puertas de mi dulce hogar están abiertas para ti.

—Gracias, lo voy a considerar.

Le besé la mejilla y entonces abrí la puerta del auto, para que él se subiera de nuevo.

—Anda ve, antes de que te abandone aquí el señor del Uber. Te veo en el trabajo.

Saqué las llaves de la casa y la iluminación de los faros del auto de mi papá me tomó por sorpresa. ¿Qué hacía llegando a esta hora? Es la cuarta vez en diez días que lo hace.

Él tampoco esperaba verme aquí afuera y lo supe por la forma en la que me miró. Quizás porque siempre que llego del trabajo, solo me preparo un té y me subo a la habitación a seguir trabajando o me quedo a leer notas de moda para ponerme al día en cuanto a las tendencias.

Esta vez Edgar Santillana no tuvo escapatoria. Entré a la casa y lo esperé en la cocina en lo que se encargaba de guardar el auto.

¿Por qué habrá llegado tan tarde?

—Buenas noches —dijo, dejando las llaves sobre la barra—. ¿De dónde vienes?

—Salí con un compañero del trabajo, ¿y tú? ¿No es muy tarde ya?

—Tenía una junta. Sabes que el trabajo en la Secretaría tiene hora de entrada pero no de salida.

—¿A esta hora?

—Vamos Greta, me preguntas más que tu mamá.

Mi papá se acercó al refrigerador para buscar comida. Me senté en uno de los banquitos altos de la barra y lo observé. Traía la corbata floja, la camisa blanca seguía fajada pero un poco arrugada, todo parecía estar en orden con su cabello, pero ahora lo lleva tan corto debido a las entradas que se le están haciendo que es imposible saber si realmente está peinado o no.

Se llevó el plato al microondas y mientras esperaba a que su comida se terminara de calentar, se acercó a la alacena para tomar un vaso de cristal y servirse un poco de agua.

—¿Compañero del trabajo? ¿Y Niccolò?

—No hay por qué preocuparse, Pablo juega para el otro equipo.

El sonido del microondas anunció que su comida estaba lista. Mi papá sacó el plato con un trozo de carne de cerdo bañado en una salsa roja bastante espesa y también se sirvió puré de papa a un lado, lo cual me pareció pesadísimo para cenar considerando la hora que es. Se sentó frente a mí, partiendo un pedazo de su carne y metiéndoselo a la boca cuidándose de no manchar su camisa.

—Hay algo que me ha tenido inquieta... —llamé su atención con esa frase—. Apenas me encontré con Jonathan.

—¿En serio?

—Sí, ¿sabías que Ana María se volvió a casar?

—Le perdimos la pista a esa familia desde que te cambiamos de escuela, imagínate cuántos años han pasado.

—Catorce —dije, sin pensarlo demasiado—. Que son los mismos que tu nieta va a cumplir en noviembre.

Tragó saliva y desvió su mirada hacia el tenedor. No reaccionaba igual que mi madre cada que se tocaba el tema, pero no dejaba de ser incómodo para él.

—Dice que ha visto a Melanie y que Brenda realmente la trata como si fuera su hija... como me lo prometió.

—Me da gusto. Creo que al final si decidiste darla en adopción fue para que tuviera una vida mejor, ¿cierto?

Mi papá tomó el vaso de cristal y le dio un sorbo al agua, largo, como si con esto ganara tiempo para pensar en cómo cambiar el tema de conversación.

—Era una niña, ¿cómo iba a poder cuidar de ella? —continué—. Por lo menos sé que los Farah le están dando un hogar, amor y buena educación.

—¿Y no sientes curiosidad por conocerla? —preguntó—. ¿Nunca has sentido curiosidad por saber cómo es?

—Afortunadamente las redes sociales me han hecho ese favor —respondí, apoyando los brazos sobre la barra—. Pasé años imaginando su cara, preguntándome como era... Hasta que un día, una Melanie Farah de San Antonio, comenzó a seguirme en Instagram y así pude ponerle cara al nombre. Es muy bonita.

Tomé mi celular y decidí escribir su usuario en mi buscador. Seleccioné una de las fotos que tiene en su perfil, esa en la que está sentada con las piernas doblemente cruzadas, utilizando un suéter blanco de cuello de tortuga y unos jeans, con una gran M colgando en su cuello. Melanie llevaba el cabello negro ondulado unos centímetros debajo de los hombros y tenía un característico lunar en la comisura de la boca como Cindy Crawford.




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