Mi papá intentó comunicarse conmigo después de lo que sucedió en el restaurante, pero no respondí a ninguna de sus llamadas ni a sus mensajes de texto.
Todavía seguía molesta y lo que potencializó el enojo fue la llamada que le hice a mi mamá la semana pasada. Estaba emocionada porque descubrió una cajita roja con un precioso collar que suponía mi papá le iba a dar en su aniversario de bodas, el cual ya estaba a la vuelta de la esquina. Gabriela sonaba tan emocionada en la llamada, estaba tan feliz que esta vez no me reclamó absolutamente nada y yo lo único que sentí fue lástima. No podía decirle lo que vi en el restaurante. No quería ser yo la que rompiera su corazón, todavía tenía esperanza en que lo hiciera él.
—Yo sigo teniendo dos teorías —mencionó Pablo, sosteniendo su cámara—. Puede que haya comprado el collar para remediar sus culpas o puede que sea para la chica y que tu mamá lo descubrió por accidente.
—¿Crees que sea tan cabrón como para guardarlo en casa?
—Sí. Los hombres somos pendejos para encubrir una infidelidad, ustedes son más astutas.
Detuvimos a un par de invitadas para tomarles una foto. Hice la clásica pregunta que Joan Rivers popularizó y que tanto hacía últimamente en este tipo de eventos: ¿qué diseñador estás usando? Y después de obtener lo que quería, seguí caminando con Pablo, buscando a alguien más para fotografiar.
—Ahí está Abigail y Lara —Pablo comenzó a inspeccionar a su alrededor—. Ohh la-la, ¿quién es ese que está con ellas?
—Abigail debería estar trabajando y desde hace rato que no deja de tomarse shots con Lara Argüelles —dije, con cierta molestia—. Soy yo la que estoy haciendo su trabajo aquí.
—Tranquila, estamos en la presentación de un tequila, no en el Fashion Week. Sé que te molesta tu situación en la revista pero no puedes ponerte de malas cada que ves a Abigail.
Un mesero pasó a un lado de nosotros y aproveché la oportunidad para quitarle un shot. Estamos cubriendo el lanzamiento de una nueva edición del tequila Dulcova y ahora me parecía una extraordinaria idea dado que estaban dando muestras a todos los invitados. El tema de mi papá me ha tenido loca desde hace tres semanas y alcohol gratis era lo mejor que me podía pasar sin importar que estuviera en hora laboral.
—¿Ves como son tontos? —Pablo llamó mi atención—. Ve, Roberto Casasola está coqueteando descaradamente con esa mujer y su esposa está a unos cuantos metros de aquí.
—Roberto le coquetea a todas las mujeres, a mí me intentó ligar hace dos semanas cuando cubrimos la subasta.
—Hombres. En fin, ten. —Pablo me entregó su cámara—. Cuídala, voy al baño.
Pablo se perdió entre la gente, dejándome sola ahí con su cámara. Me mordí el labio inferior y dirigí la mirada hacia dónde estaba Abigail. Ahí estaba tomándose selfies y riendo con Lara, tomándose todo a la ligera como cualquier chica de su edad. ¡Lo que yo daría por obtener su puesto en la revista! O más bien, lo que yo daría por regresar a trabajar a cualquier revista de Condé Nast en el puesto de editora de moda.
Me sobresalté un poco al sentir un par de dedos tamborilear en mi hombro. Al voltear me encontré con él, el mismísimo Jonathan Farah en persona. ¿Es en serio? ¿También su hermanastra y su novio tienen que ver con los Casasola y su marca de tequila?
—Hola Greta.
—Hola, ¿ahora sí me vas a presentar a tu hermanastra y a su novio? Digo, porque siempre que nos encontramos ellos tienen algo que ver.
—No esta vez —respondió, apenas esbozando una sonrisa—. La constructora en la que trabajo se encargó de la construcción del hotel boutique de los Duperou en Valle de Bravo, muy bonito por cierto. Por eso nos invitaron a esta reunión, con eso de que Paulina puede que se case con Alejandro algún día.
—Ohh... ¿Y vienes solo? ¿O Casandra está por ahí?
—Vengo solo. Cass no pudo venir porque tiene guardia.
Me rasqué la nuca y lo miré de reojo, ¿guardia?
—Es médico.
—Ohh... Nunca creí que terminaría siendo algo tan importante.
—Es pediatra y como recientemente se hizo adscrita, está ocupada todo el tiempo en el hospital.
—Qué bien por ella.
—¿Y tú? ¿Trabajando? —Jonathan sutilmente señaló la cámara con la mirada.
—Sí, eso hago... Y disfrutando de los shots gratis, muy buen tequila eh, el Dulcova.
Aproveché que el mismo mesero al que le robé un shot hace un rato pasó a un lado de nosotros y tomé otro caballito de la charola. Jonathan decidió imitar mi acción y los bebimos casi al mismo tiempo. Aún me desesperaba no saber cómo controlar mis nervios cuando lo tengo cerca. Solo quería que dejaran de temblarme las piernas, sobre todo porque sabía que no iba a ser tan sencillo escaparme esta vez.
¡Ahí venía Pablo! Y tenía que salvarme. Viene en el código no escrito de roomies. Tenemos un Caballo de Troya y no creo que sea necesario que se lo escriba por WhatsApp para que lo sepa, seguro que mi cara lo dijo todo.
—¡Hola! ¿Interrumpo algo?
—No realmente —respondí, entregándole su cámara—. Ya se conocen, de Zona Maco. Pablo, Jonathan, Jonathan, Pablo, sí...