Tres veces ya me había cambiado de ropa. Perdí la cuenta de cuántas veces me cambié los zapatos y cuántas veces tuve que maquillarme de nuevo los párpados porque nada parecía convencerme.
Me parecía ridículo comportarme de esta manera. Ni siquiera es una cita, solo vamos a ir a una tienda departamental a comprar una bolsa. Lo hacía todo el tiempo antes y era una de las cosas que más disfrutaba hacer con Alessia así que... ni siquiera era para tanto.
Mi celular vibró. Corrí al buró para tomarlo y me golpeé el dedo meñique del pie con la base de la cama. ¡Mierda! Di un par de brinquitos hasta llegar a la orilla de la cama y me tomé el pie izquierdo con la mano para intentar calmar el dolor. El celular volvió a vibrar. Como pude, estiré el brazo hasta alcanzar el buró y miré la pantalla, era Jonathan. Ya llegó y yo ni siquiera me había lavado los dientes todavía.
Salí corriendo de mi habitación hacia el baño. Tomé la pasta dental solo para darme cuenta de que apenas y salía un poco. Busqué en el estante una caja nueva, pero no tenemos nada. Tomé el tubo y con las pinzas de depilar de Pablo, comencé a tratar de exprimir el dentífrico en el cepillo de dientes. No hay pasta y encima, también mi shampoo está sufriendo robo hormiga.
De acuerdo. Dientes listos, atuendo listo, perfume, cabello, ohh... Ese pelito de la ceja que se tenía que ir. Tomé las pinzas de Pablo y me acerqué al espejo. Solo esperaba que esas pinzas las use exclusivamente para las cejas y no para las...
—Auchhh...
Me miré en el espejo. Tenía el entrecejo rojo y muy poco tiempo para seguir haciendo esto.
Regresé a mi cuarto, tomé mi bolso y me aseguré de tener mi tarjetero adentro. Respiré hondo y me armé de valor para salir del departamento.
Intenté mantenerme calmada. No puedo demostrarle a Jonathan que estoy nerviosa —o en realidad un tanto ansiosa— por este día. Digo, solo vamos a ir a comprar el regalo de Mel y puede que después vayamos a comer. Sí, como cualquier pareja de amigos lo haría.
Abrí la puerta del Honda gris y no supe qué hacer al subir. No me sentía aún con la confianza de saludarlo de beso pero tampoco quería verme grosera. Así que, me acerqué veloz a su rostro y prácticamente pegué rápidamente mi mejilla contra la suya, haciendo el "muack" sin realmente besarle la piel.
—¿Cómo estás?
—Bien —respondí, abrochándome el cinturón de seguridad—, ¿y tú?
—Cansado, anoche me fui tarde del evento del Dulcova y hoy en la mañana tuve que levantarme temprano para ir por Casandra al hospital —dijo, poniendo su auto en marcha.
—¿Viven juntos?
—Todavía no —respondió, subiendo la ventanilla de su lado—. Pero como intentaron asaltarla hace seis meses ya le da miedo utilizar Uber sola, por eso siempre voy por ella.
—¿En qué infierno estamos viviendo?
Mi celular comenzó a sonar. Lo saqué inmediatamente de mi bolso y me di cuenta de que Niccolò me estaba llamando por FaceTime, no contesté.
—Lamentablemente es muy común en México, así que ten mucho cuidado cuando vayas sola por ahí. No debes confiarte, siempre mándale tu ubicación a Pablo, o a mí.
Otra vez Nicco, ¿por qué tanta insistencia? Jonathan me miró de reojo, curioso, y yo, dudé un poco en contestar pero finalmente lo hice. Algo debió haber pasado, casi nunca me llama a esta hora.
—Greta, ¿estás ocupada?
—¿Qué pasó? Estoy rumbo a... —miré de reojo a Jonathan— cubrir un evento, ¿todo bien?
—Es que no sabía cómo decirlo pero... Por favor no te enojes.
¿Qué no me enoje? ¿Me va a dejar por FaceTime? ¿Es eso? ¡Y justo cuando estoy con Jonathan piensa dejarme por vídeollamada! Genial.
—Pallina se salió del departamento y no la encuentro.
—¿Qué? ¿Cómo se salió? ¡Si nunca dejamos la puerta abierta! —sentí que mi voz salió más alta de lo normal—. Nicco ¡tienes que encontrar a mi bebé! Así recorras la ciudad entera, tienes que traerla de regreso a casa, ¡ya!
—Te juro que voy a hacer hasta lo imposible para traerla pero se está complicando un poco la búsqueda, Dante y Raffaella me están ayudando también.
—Niccolò tienes que recuperarla, quiero a mi niña en casa lo más pronto posible.
—La encontraré, te lo prometo.
Recargué el antebrazo en la ventanilla y mi cabeza sobre mi mano. Sentía que el corazón se me salía del pecho. ¿En dónde estaba Pallina? ¡Y yo tan lejos! ¿Cómo es posible que no haya cuidado bien a mi Pallina? Me voy unos meses y de seguro que su vida ya es un desastre, esto es prueba de ello. Mi linda gatita, ¿en dónde estará? Tenía ganas de soltarme a llorar, amaba a esa pequeña gatita con mi vida.
—No hablo ni pío de italiano —dijo Jonathan—. Pero de lo poco que entendí, ¿se perdió tu gato?
—Pallina no es solo un gato, es mi bebé. Y no sabe estar sola... ¡Dios! Nicco tenía un solo trabajo, ¡uno solo!
—Si así te pones con tu gatita, no quiero imaginar cómo te pondrías con...
—¿Con qué? ¿Con un hijo?
Definitivamente fue un momento incómodo, tanto que Jonathan se quedó sin palabras con mi respuesta.