Un Pequeño Secreto

CAPÍTULO 20

El estómago se me revolvía de los nervios. No sabía si era porque aún me ponen nerviosa los aviones o porque en unas horas iba a conocer a Melanie.

Debo aceptar que estuve a punto de no venir. Incluso me quedé un rato en la orilla de la cama, solo mirando la maleta y pensando en que era una pésima idea jugar con el secreto un fin de semana. Pero, Pablo me recordó otra más de mis mentiras, para él venía a San Antonio a encontrarme con Nicco. Para mí, iba a San Antonio a reencontrarme con una versión mía que creí que se quedaría para siempre en el pasado.

Era una completa locura.

Pero, por primera vez en mucho tiempo, seguí a mi corazón y esperaba haber tomado la decisión correcta. Solo, tenía que ser amigable y mantener cierta distancia. Si no sabe quién soy... más allá de la persona que ya sigue en Instagram, el acuerdo que hice con Brenda se mantendría intacto.

—¿Te sientes bien?

—Aún me ponen nerviosa los aviones.

—¿Los aviones o yo? —preguntó Jonathan, con ese tono de voz seductor que me dieron ganas de arrancarle la cabeza por lo que me hizo sentir.

—John...

Lo miré con fastidio, acción que lo hizo reír.

—Vamos Greta, tú que viajas tanto, ¿en verdad todavía te da miedo?

—No es miedo, son nervios. Nunca sabes cuándo va a entrar en turbulencia... O cuando puede caerse.

—Exagerada.

Intenté regresar mi atención al libro que había traído conmigo, Dangerous Liaisons de Choderlos de Laclos. Esa novela me ha encantado desde que iba a la universidad y ahora que la encontré entre mis cosas, no iba a perder la oportunidad de leerla de nuevo.

Sin embargo, los planes que Jonathan tenía para mí eran otros. Husmeó un poco en mi lectura y posteriormente decidió interrumpirla, preguntando un:

—¿Qué le dijiste a tu jefa para ausentarte estos días?

—Que mi mamá tuvo un accidente y que me iba a quedar a cuidarla.

—¿Tu mamá?

—Sí, mi mamá —le dije, apenas mirándolo de reojo—. A Pablo le dije que iba a ver a Nicco en San Antonio, dos frentes cubiertos y cero preguntas, ¿qué tal?

—Pequeña mentirosa.

Me encogí de hombros, sonriendo sin separar los labios.

—Cuando una tiene un secreto así de enorme que esconder, se vuelve una mentirosa crónica para justificar ciertas cosas en su vida —dije, poniendo un separador en la página sesenta del libro—. Desde ese entonces mentir se me ha hecho una costumbre demasiado fácil.

—Hace catorce años tuvimos que mentir tanto que era difícil distinguir la verdad de la mentira.

—Y henos aquí, lo seguimos haciendo. ¿O tú le dijiste a Casandra que venías conmigo?

Cerré el libro y lo coloqué sobre la mesita del avión. Dirigí mi mirada hacia él, agradeciendo que el asiento del pasillo estuviera vacío. Jonathan dirigió la mirada hacia el sobrecargo e intentó desviar la atención. Le pidió un poco de agua mineral y, una vez que le entregó el vasito de plástico, volteó para preguntar si yo quería algo.

—Un café.

—¿Azúcar? —preguntó el sobrecargo, sirviendo el café en un pequeño vaso azul marino.

—No, así está bien, gracias.

Jonathan me pasó el vasito. Le di apenas un sorbo y lo dejé sobre la mesita, Jonathan ya se había terminado el agua mineral.

—Ves como no —continué—. Apuesto a que ni siquiera le has contado a Casandra que nos hemos estado viendo.

—¿Para qué? Es ganarme miles de llamadas todo el día —respondió—, si algo tiene aún es que sigue siendo muy celosa.

—Creo que algunas cosas nunca cambian.

Parecía que la vida se empeñaba en mantenerme en la punta de ese triángulo. Y esta vez, por más que quisiera echarle la culpa al destino, yo seguía tomando las mismas pésimas decisiones que hace catorce años.

Volví a tomar el libro. Apenas pude leer la primera línea de la página en la que me quedé. No hay turbulencia pero, tengo el estómago revuelto y los nervios de punta. Pensar en Casandra y en que estoy a unas horas de conocer a Melanie me quitó las ganas de seguir leyendo.

Bebí otro poco de café. Jonathan se puso sus audífonos y cerró los ojos. Yo prendí la pantalla y me puse a ver la ruta del avión, todavía nos falta una hora y media para llegar a nuestro destino.

Me recargué en el asiento. De repente ya no encontraba una posición cómoda para estar aquí, me sentía demasiado encerrada.

Y, aunque quise mantenerme distraída mirando por la ventanilla o husmeando en el catálogo de películas que ver... nada parecía ser suficiente para callar mis pensamientos. ¿Qué mierda le voy a decir cuando la tenga en frente? Obviamente no puedo llegar y decirle: "hey, ¡feliz cumpleaños! Yo te parí hace catorce años, pero me dio miedo hacerme responsable y por eso te di en adopción. Por cierto, los Farah no son tus padres, en realidad son tus abuelos y Johnny no es tu medio hermano, es tu papá. Mira te compramos este bolso, ¿te gustó?".

No, por supuesto que no puedo llegar y decirle eso.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.