Un Pequeño Secreto

CAPÍTULO 22

La banda de la caminadora estaba en velocidad once. Hace mucho que no corría de esta manera, mi top estaba empapado de sudor y sentía que en cualquier momento mis piernas colapsarían. Pero no quería parar. Maneater de Nelly Furtado estaba sonado en mis auriculares y no quería detenerme hasta que la canción terminara. Sentir que mi cuerpo colapsaría en cualquier momento era mucho mejor que seguir pensando en todo lo que no me dejó dormir anoche.

Tenía claro que tengo un trato con los Farah y que legalmente les entregué a mi hija. Pero ahora que la he conocido, ya no quiero mantenerme alejada de ella. Sé que no puedo decirle la verdad, todavía no. Ni siquiera lo entendería. Es una adolescente, no va a entender de motivos y razones, pero anoche me quedó claro que no quiero alejarme.

Y puede que algún día me arme de valor para decirle la verdad. Tal vez cuando Melanie sea mayor y sea más madura, tal vez solo así me atrevería a contarle todo.

Apreté el botón de la caminadora para disminuir la velocidad de la banda. Me tomé de las agarraderas con fuerza para no caerme, aún tenía que caminar cinco minutos más, para recuperar la respiración e intentar bajar la tensión en las pantorrillas.

La única forma de mantenerme cerca de ella es continuar siendo la Greta que ella conoce, su inspiración de moda, la it girl italiana, la que es pésima para los bolos y el billar y con la que se divirtió tanto en el arcade de Bowlero ayer por la tarde.

Miré el reloj en mi muñeca, los kilómetros que corrí, mi ritmo cardiaco y después la hora. Las horas se sentían minutos al estar en San Antonio. Hoy es nuestro último día completo en la ciudad. Mañana sale nuestro vuelo a las once de la mañana y toda esta locura llegará a su fin.

Por lo tanto, hoy quería pasar la mayor parte del día con Melanie.

—Solo espero que Brenda no se ponga tan pesada —le dije a Jonathan, desabrochándome el cinturón de seguridad.

—Tranquila, yo me encargo de ella. Me traje mis cosas para trabajar y la voy a distraer pidiéndole opiniones sobre la remodelación de una residencia en la que estamos trabajando con la constructora.

—¿Será suficiente?

—A Brenda le encantan estas cosas, tú tranquila.

***

Bajamos del auto casi simultáneamente. Jonathan llevaba con él su laptop y yo mis ganas de pasar un buen día con Mel. Al tocar la puerta, Brenda nos recibió con una mala cara, ni siquiera quiso mirarme, solo se hizo a un lado y nos dejó entrar.

—Hola, ¿cómo estás? ¿Mi papá ya se fue al trabajo?

—Sí, hace un rato —Brenda caminó hacia la cocina, prácticamente ignorando mi presencia.

—Brenda, ¿me puedes ayudar? He estado trabajando en una remodelación y necesito el punto de vista femenino de alguien que realmente tiene un buen gusto.

Mi atención se dirigió hacia la escalera, Melanie bajó prácticamente corriendo y al verme se me vino encima para darme un abrazo muy cálido.

—Justo acabo de llegar de la escuela, tengo que enseñarte algo que dibujé hoy durante la clase de Maths.

Me tomó de la mano y me hizo subir con ella.

La seguí por el pasillo hasta que se detuvo frente a una de las habitaciones y abrió la puerta con entusiasmo, pero apenas entré me quedé inmóvil.

Conocía esa habitación, era la misma en la que había dormido durante los últimos meses de mi embarazo.

Durante unos segundos me costó entender qué estaba viendo. Recordaba perfectamente dónde había estado la cama, la ventana por la que entraba la luz en las mañanas y el pequeño espacio junto a la pared donde solía dejar mis cosas. Habían pasado casi quince años desde la última vez que estuve allí y, aunque todo era diferente, reconocí las dimensiones del cuarto y la distribución de las ventanas.

¿Qué había pasado con la otra habitación? Con esa que Brenda había preparado durante meses para recibir a Melanie. Recordaba cuánto tiempo había dedicado a elegir los muebles y cada uno de los detalles que esperaba tener listos antes de su nacimiento. Quizás Mel había preferido mudarse a esta porque era más amplia o porque necesitaba espacio para todas sus cosas. No lo sabía, pero me sorprendió descubrir que, de todas las habitaciones de aquella casa, había terminado eligiendo precisamente esa.

La seguí hasta su habitación, pero al entrar me paralicé por completo. Era la misma habitación en la que dormí durante los últimos meses de mi embarazo. No entendía, ¿qué pasó con la otra habitación? La que Brenda preparó por meses para la llegada de Mel. Quizás ella duerme aquí porque la otra es mucho más pequeña, no lo sé.

Las paredes, que recordaba pintadas de un beige bastante aburrido, ahora eran de un rosa pálido que combinaba con la ropa de cama blanca y los cojines de diferentes tamaños acomodados sobre el colchón. Una manta rosa descansaba a los pies de la cama y, sobre la cabecera, había una tira de luces LED que recorría parte de la pared hasta llegar a una esquina del techo.

Mel tenía una pequeña colección de pulseras que ocupaba uno de los extremos del escritorio, junto a unos cuantos libros, productos para el cabello y un vaso lleno de plumas de colores. Sobre la silla descansaba una sudadera que seguramente había terminado ahí después de que Melanie decidiera que colgarla en el clóset requería demasiado esfuerzo.

En general, la habitación tenía ese desorden particular de alguien que sabía perfectamente dónde estaba cada cosa, como yo cuando tenía su edad.

Entonces vi el espejo. Era grande, de cuerpo completo, con un marco blanco y pequeñas luces alrededor. Estaba apoyado contra la pared cerca del clóset, era el mismo espejo en el que Melanie se tomaba la mayoría de las fotos que subía a Instagram. Había visto ese espejo tantas veces en la pantalla de mi teléfono.

—¿Greta?

Volteé hacia Melanie, que me observaba desde el otro lado de la cama.

—¿Sí?

—¿Estás bien?




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