Un Pequeño Secreto

CAPÍTULO 24

La luz del sol golpeando mi rostro me hizo despertar. Durante unos segundos no entendí por qué el techo se veía diferente, hasta que sentí el brazo de Jonathan alrededor de mi cintura.

Mierda.

Cerré los ojos de nuevo, no porque quisiera volver a dormir, sino porque necesitaba un par de segundos para recordar cómo había terminado en su habitación. El club, el tequila, la pista de baile, el elevador... No. Definitivamente no necesitaba esforzarme demasiado para recordarlo.

Giré con cuidado para mirar a Jonathan. Seguía dormido, boca abajo, con el rostro medio hundido en la almohada. Por suerte, nuestro vuelo salía a las once y todavía tenía tiempo suficiente para regresar a mi habitación, bañarme y terminar de hacer la maleta.

Me escabullí de la cama procurando no despertarlo y comencé a buscar mi ropa por la habitación. Encontré mi blusa cerca de la puerta, uno de mis zapatos debajo de una silla y tardé un poco más de lo que me gustaría admitir en encontrar el sostén.

Perfecto.

Recogí mi bolso y salí de la habitación intentando cerrar la puerta sin hacer ruido.

El pasillo estaba prácticamente vacío. Caminé hacia el elevador con los tacones en una mano y el bolso en la otra, usando exactamente la misma ropa con la que había salido la noche anterior. Mi cabello debía parecer un nido de pájaros y ni siquiera quería imaginar cómo se veía el maquillaje que todavía quedaba en mi rostro.

Cada paso hacia mi habitación parecía devolverme un poco de la lucidez que había decidido abandonarme la noche anterior. El tequila ya no estaba. La música tampoco. Jonathan se había quedado detrás de una puerta y ahora solo quedábamos mis zapatos en la mano, el sabor de una pésima decisión todavía en los labios y una cantidad considerable de problemas esperándome al otro lado del celular. Porque Nicco llamó demasiado anoche. Y Pablo también me mandó varios mensajes. Ni siquiera quería mirar cuántas llamadas tenía.

Una pareja de señores salió de una habitación unos metros delante de mí. La mujer me miró, bajó la vista hacia los tacones que llevaba en la mano y volvió a mirarme. Genial. Buenos días también para usted, supongo.

Seguí caminando con toda la dignidad que podía conservar una mujer descalza, despeinada y usando exactamente la misma ropa con la que había salido de fiesta la noche anterior. Si existía una representación gráfica del walk of shame, probablemente acababa de convertirme en ella.

Al entrar a la habitación, dejé caer los tacones en el piso y dejé la bolsa sobre la silla. Me dirigí al baño, cuando vi mi reflejo en el espejo confirmé que mi imaginación había sido bastante generosa conmigo. Parecía que me había atropellado un autobús, de esos amarillos en los que seguramente Mel va a la escuela.

Y olía a tequila... y algo más que solo el tequila.

Necesitaba una ducha. Urgentemente.

***

El agua caliente consiguió devolverme un poco de humanidad. Me lavé el cabello, me quité los restos de maquillaje y permanecí bajo el agua más tiempo del necesario, hasta que recordé que tenía un vuelo que tomar y una maleta a medio hacer esperándome afuera.

Veinte minutos después estaba frente a ella, todavía con el cabello húmedo, doblando la última blusa que había dejado sobre una silla.

Había tenido toda una ducha para pensar. Ya no había música sonando tan fuerte que apenas pudiera escuchar mis propios pensamientos. No tenía varios shots de tequila encima ni a Jonathan besándome como si hubieran pasado catorce días y no catorce años desde la última vez que estuvimos juntos.

Estaba sobria y sabía perfectamente lo que había hecho: engañé a Nicco. No había una forma bonita de decirlo. No importaba cuántas explicaciones intentara buscarle ni todo lo que había pasado durante estos días. Tenía novio y me acosté con alguien más. Con Jonathan, para empeorar las cosas.

Debería sentirme arrepentida, pero no lo estaba. Me detuve con una camiseta entre las manos y miré la maleta abierta. Sentía culpa, sí, muchísima. Nicco no merecía lo que hice. Casandra tampoco, otra vez. Y sabía que en algún momento tendría que enfrentar las consecuencias de haber tomado una decisión que podía lastimarlos a ambos.

Pero arrepentirme significaría desear que anoche nunca hubiera sucedido.

Y no podía decir eso.

No después de cómo me sentí con Jonathan. No después de lo que le dije. No después de haberlo escuchado decir que le encantaba y responderle que él a mí también.

Solté el aire lentamente y guardé la camiseta en la maleta. Ese era el verdadero problema, no sentía ni una pizca de arrepentimiento.

Lo que pasó en San Antonio, como siempre, se queda en San Antonio. Es hora de regresar a la realidad y en la vida real, él y yo somos solo dos viejos amigos ante los ojos de la sociedad.

—Cuando bajemos del avión... —dije, abrochándome el cinturón de seguridad—. Todo lo que vivimos en San Antonio quedará en el olvido por el bien de todos.

—¿El bien de todos? ¿De qué hablas? —preguntó Jonathan, cerrando el aire acondicionado arriba de su asiento.

—Sí, hablo de que quizás deberíamos dejar de vernos un tiempo —continué—. Regresar a nuestras vidas como todo estaba antes, tú con Casandra y yo con Nicco.




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