Un Pequeño Secreto

CAPÍTULO 25

Solo había pensado en una cosa en todo el trayecto desde el aeropuerto hasta el departamento: necesito tomar vino.

Saqué las llaves y una vez que abrí la puerta, la empujé con la cadera para poder meter la maleta primero. Like a Prayer de Madonna se alcanzaba a escuchar desde el interior del departamento, por lo que suponía que Pablo debía estar trabajando... o haciendo la limpieza. Probablemente era lo primero. Porque solo se animaba a cantar cuando lavaba la ropa. Y se queda totalmente callado cuando edita su trabajo en Photoshop. Y ahorita no estaba escuchando esa voz desafinada que quiere alcanzar los mismos tonos de sus divas del pop.

Estaba tan metido en lo suyo que incluso tardó unos minutos en darse cuenta de que ya había llegado.

—¡Ayy, ya estás aquí!

Pablo abandonó la silla y vino hacia mí para abrazarme. Su emoción fue tanta que me tomó por la cintura y me levantó del piso, fue tan impulsivo que otro poco y le tiro los lentes. Yo también lo había echado de menos.

—¿Cómo te fue? Cuéntame todo.

—Bien... sí.

—¿Bien? Cariño esperaba otra respuesta o por lo menos verte más animada.

Pablo regresó a la silla y bajó la tapa de la computadora, dispuesto a escucharme.

—Digo, viste a Niccolò después de meses. Supongo que cogieron, ¿no? Eso debió darte un poco de serotonina y no parece que haya sido así.

—Necesito vino.

Caminé directamente hacia la cocina. Abrí el gabinete para sacar una copa de vino y busqué la botella de vino que me dieron el otro día en el evento de los Duperou. Me serví en la copa y bebí demasiado rápido, sin importarme que no tuviera nada más en el estómago más que la mitad de un sándwich.

—¿Todo bien? —preguntó Pablo—. ¿Tan mal estuvo el viaje a San Antonio?

—No... pero necesitaba un poco de vino. Los aviones siempre me ponen mal.

Caminé con Pablo de regreso hacia la sala, con la botella de vino en la mano y la copa en la otra. Nos sentamos en el sofá, en realidad no quería hablar, solo quería escucharlo. Supe que este fin de semana le tocó ir a cubrir un evento importante: el cumpleaños de la esposa del embajador de Rumania.

—¿Me extrañaste?

—Como no tienes idea —dijo—, me mandaron a cubrir el evento con el becario y no fue tan divertido como cuando me toca cubrirlos contigo.

—¿Y qué pasó en mi ausencia?

—Déjame contarte acerca de mi última historia de amor sacada de una telenovela con bajo presupuesto —comentó con ironía, tocándome el hombro—. ¡Vaya! Ni los turcos tienen tanta trama como la telenovela que viví con un rumano que conocí en la fiesta. El Secreto de Feriha se queda pendejo a un lado de mi noviazgo, compromiso y engaño en menos de setenta y dos horas.

Pablo dramatizó todo como de costumbre. Fue a la cocina por una copa para acompañar su historia con un poco de vino y bajó el volumen de la música. Apenas regresó a la sala, se sentó en el sofá conmigo y cruzó la pierna, bebiendo un poco de vino antes de comenzar a contarme.

—El tipo que conocí se llama Andrei. Ese día estuvimos platicando, entre inglés y español mocho porque ajá, no había otra forma de comunicarnos. Pero nos caímos bastante bien y pues intercambiamos teléfonos. En la madrugada nos quedamos hablando y quedamos de ir a dar una vuelta para que yo le enseñara la ciudad. Salimos, nos dimos un par de besos y después, cuando regresé al depa, tenía un mensaje de él diciéndome que prácticamente ya éramos novios porque en Rumania así se acostumbra. Que según después de la primera cita, uno en automático pasa a ser el novio.

Asentí y miré la botella de vino en la mesa de centro. Me acerqué para tomarla y servirme un poco más en la copa.

—Y después me dijo que moría por llevarme a Rumania para presentarme a su familia, que no podía esperar para que nos casáramos. Okey, creo que ahí debí haberlo ghosteado, pero la gota que derramó el vaso fue cuando me inventó que yo lo estaba engañando con un tal Héctor. En mi puta vida he tenido una relación con un Héctor, no sé de dónde lo sacó.

—¿Todo eso en setenta y dos horas?

—¿Puedes creerlo? —preguntó, con un tono exagerado—. Obviamente lo bloqueé.

—Qué bárbaro. ¿Y todavía quería llevarte a Rumania después de inventarte un amante?

Bebí un poco de mi copa, esperando a que me contara más.

—¡Pero qué intensos! ¿A poco así pasó con Niccolò y contigo?

—Sí, pero después de la tercera cita. Y no fue todo en setenta y dos horas... ¡vaya tipo con el que te topaste! —bebí y terminé con el vino de mi copa, antes de continuar—. Por cierto, ¿qué es el Secreto de Feriha?

—Es una telenovela turca que está llena de drama, tanto como tu vida. La vi tres veces, te cuento...

Sí, no lo creo. Creo que el día que Pablo se entere de lo que ha sido mi vida, el tal Secreto de Feriha se quedará pendejo a un lado del Secreto de Greta.

Tomé la botella de vino y me serví otro poco.

Vamos, ¿qué es mucho más dramático? La historia de la hija del conserje que se hace pasar por rica con tal de pertenecer al mundo de Emir o la historia de una chica que a sus dieciséis años dio en adopción a la hija que tuvo con el novio de su mejor amiga de la juventud y que terminó escapando a Italia con tal de no lidiar más con la culpa. Si le vendiera los derechos a Netflix de mi vida, probablemente ahorita estaría viviendo cómodamente y no preocupándome cómo voy a pagar la tarjeta ahora que no hago tanto dinero como cuando trabajaba en Vogue.




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