Solo esperaba llegar a tiempo. Miraba la pantalla de mi celular y la línea roja en el camino me parecía infinita. Claro, ¡se me había olvidado! Es sábado y en la CDMX siempre hay tráfico a esta hora. Y a todas al parecer.
Solo me quedaba ser paciente, subir el volumen de la música y esperar a avanzar en este tránsito infernal.
—A volte è meglio non capire, se la verità è una rosa noi siamo le spine.
Buenos Aires de Baby K estaba sonando en el estéreo del auto mientras tamborileaba los dedos en el volante. Todavía no estaba segura si debía contarle la verdad. Quiero decir, ¿en verdad iba a arruinarle el viaje con eso? Me aferré al volante con ambas manos. Ni siquiera podía echarle la culpa al alcohol porque estaba más que consciente de la decisión que tomé cuando entré a su habitación y cuando me puse de rodillas ante él.
Sacudí la cabeza, como si con eso pudiera sacudirme también el recuerdo. Basta con pensar un poco para volver a sentir ese cosquilleo en el estómago —y en la entrepierna—. No podía contarle a Niccolò que tuve la mejor cogida en años... y que no me arrepiento de nada. Lo cual en automático, me convierte en una mierda de persona.
Por otra parte, aunque quisiera dármelas de ser la más honesta —ajá—, agregar una mentira más creo que estaba justificado. No podía echar a la mierda una relación de tantos años. Niccolò ha sido un novio maravilloso. Raras veces habíamos peleado antes. Y últimamente todas las discusiones se derivaron de la distancia en la que nos encontrábamos. Y hoy, por fin después de tantos meses, le íbamos a poner fin a esa distancia.
Pero, ¿seguíamos siendo los mismos que éramos antes?
—¡Greta, amore mio! Mi sei mancata.
Niccolò me abrazó con mucha fuerza, casi dejándome sin aire. Yo respondí mucho más lento a ese abrazo. Con delicadeza acomodé mis brazos y hundí mi nariz en su pecho, inhalando su aroma, ese que tanto extrañaba.
—Yo también te extrañé mucho —dije, una vez que nos separamos—. Ohh... te dejaste crecer la barba.
—¿Te gusta cómo se ve?
—Te da... estilo, eso creo.
Caminamos juntos con rumbo hacia el estacionamiento. Me sorprendía la cantidad de equipaje que traía, a Niccolò nunca le había gustado viajar con tantas cosas, siempre empacaba solo lo indispensable.
No pude evitar pensar en Noruega 2019, cuando tuvimos que pagar extra por todo el equipaje que yo llevaba. Esa vez Nicco no dejaba de burlarse de mí, yo con tantas maletas y él solo con una. Porque solo era un viaje de cinco días y no una mudanza, según él. Lo que nunca entendió es que para mí vivir el ver las auroras boreales en Oslo no era solo "un viaje de cinco días", era una experiencia que llevaba toda mi vida queriendo vivir y quería que mis outfits estuvieran a la altura del sueño.
Sonreí, ayudándolo con el equipaje. Se trajo mis maletas, las que yo creí que estarían en Milano mucho más tiempo. Todavía conservan las estampas que le he ido pegando, de todos los lugares que he visitado. La más grande me sacó una sonrisa de oreja a oreja, esa fue la que compré en el Nordstrom Rack de Union Square y que traje paseando por el metro porque esa mañana me di cuenta que todas mis compras no iban a caber en la carry on después de mi primer New York Fashion Week.
—¿Con quién dejaste a mi bebé preciosa? —pregunté.
—¿Pallina? Se quedó con Raffaella.
—Cómo que últimamente pasas mucho tiempo con ella, ¿no?
—Es una de tus mejores amigas.
—Era.
Tomé las llaves del auto y apreté el botón para abrir la cajuela. Nicco analizó el espacio primero y después comenzó a acomodar el equipaje.
—Creo que ya deberías perdonarla —dijo Niccolò, acomodando la última maleta.
—¿Te das cuenta de que por su culpa perdí mi trabajo? De no ser por el vídeo que subió, ahorita estaríamos en casa cenando juntos, preparándonos para ver una serie con Pallina en mis piernas.
Lo miré cerrar la cajuela y caminar hacia la puerta del piloto. Me reí al ver su reacción, en México el copiloto va a la derecha. Así que tuvo que rodear el auto y subir del otro lado.
La sonrisa se desvaneció cuando puse ambas manos sobre el volante y el pie derecho sobre el freno para encender el auto. Nicco se abrochó el cinturón y yo solo pude pensar de nuevo en ese vídeo que cambió mi vida para siempre.
—Raffaella cambió nuestras vidas por completo —continué—. Yo no sé por qué le sigues hablando después de lo que me hizo.
—No fue intencional.
No quise responder. Simplemente puse el auto en marcha para abandonar el estacionamiento y rogaba con todo mi ser que el tráfico no fuera tan malo de regreso a casa.
—¿Por qué hay un rosario colgando en el espejo?
—El auto es de mi mamá —respondí, con un tono glacial—. Además, la gran mayoría de personas suelen colgarlos en sus autos en México.
—Bueno Greta, ¿por qué estás enojada? —preguntó—. Parece que verme en vez de alegrarte te puso de malas.
—No, no es eso. Es que he tenido mucho trabajo y estoy estresada.
Ni siquiera yo sabía por qué me estaba comportando de esa manera con él. ¡Por favor! No me ha hecho absolutamente nada, al contrario, se ha tomado unos días en el trabajo y ha atravesado todo un océano para verme.