Un Pequeño Secreto

CAPÍTULO 29

Pablo salió de su habitación apenas escuchó que cerré la puerta del departamento, usando ese pantalón de la pijama de Pokémon gris que casi siempre usa, con pokebolas impresas por todas partes y con una playera sin mangas de color negro. Intercambiamos miradas. Él estaba ahí, estático, esperando a que yo le diera luz verde para abrazarme. Ninguno de los dos dijo algo, no era necesario verbalizar lo que vio.

Simplemente asentí ligeramente con la cabeza y él vino hacia mí, envolviéndome con ambos brazos. Hundí el rostro contra su hombro y Pablo apretó un poco más el abrazo, llevando una mano hasta mi cabello para acariciarlo. No dijo nada. No hizo preguntas ni alguno de esos comentarios estúpidos que siempre tenía preparados. Solo me sostuvo ahí y, por primera vez desde que Nicco subió a ese Uber, dejé de hacer el esfuerzo por parecer que estaba bien.

—¿Quieres hablar?

—No sé ni siquiera cómo debo sentirme. ¿Triste? ¿Tranquila? ¿Enojada?

Nos sentamos en el sofá, me quité los zapatos y me llevé la mano a la cabeza, recargando el brazo en el respaldo. Respiré hondo. No sabía ni por dónde comenzar a contarle todo lo que pasó en el restaurante, pero terminé haciendo un resumen bastante decente de esa conversación que el puso fin a nuestra relación. Y después, rematé contándole lo incómodo que fue pagar la cuenta y caminar unas cuantas cuadras en silencio hasta el departamento.

Le di el contexto que buscaba hace unas horas. Porque cuando Pablo llegó a casa, solo vio a Nicco hacer su equipaje y a mi parada junto al marco de la puerta, solo observando. Pero no preguntó nada imprudente, aunque en el fondo ya sabía lo que pasaba.

—Si quieres llorar, hazlo. No es fácil terminar con una relación de años, aunque las cosas ya no estuvieran bien entre ustedes —dijo, pasando su brazo alrededor de mis hombros para apretarme contra él—. Viviste con él durante mucho tiempo, compartieron muchas cosas...

—Ayy Pablo, no entiendo en qué momento mi vida se vino para abajo.

—Terminar una relación no es el fin del mundo, no seas dramática —murmuró contra mi cabeza—. Además, tienes al arqui, ¿no?

Apenas reí bajito, con ironía. No se imagina ni un poco que Jonathan no solo es "el arqui" que me cogí en San Antonio.

—No, no, es que... no lo entiendes —dije, metiendo mis manos entre mis piernas—. Mi vida cambió en el cumpleaños dieciséis de Casandra, esa noche de marzo del 2007.

Ya no podía guardarme más el secreto, al menos no con él, necesitaba decirlo en voz alta o me iba a volver loca. No sabía si la partida de Niccolò fue lo que provocó que hoy más que nunca sintiera esa necesidad de contarle a Pablo todo lo que me guardado durante los últimos años.

Pero, sabía que después de aquello que le acaba de soltar, ya no había vuelta atrás.

—Ese día sus papás nos dejaron la casa a solas porque Casandra quería celebrar a lo grande sus dieciséis, pero el gusto le duró poco porque se emborrachó y se quedó dormida después de vomitar —empecé a contarle, concentrando mi atención en la pijama de Pablo, para evitar mirarlo—. Jonathan y yo la acostamos en su habitación y después nos quedamos como anfitriones hasta que sus papás llegaron. Él siempre me había gustado, pero era inalcanzable e intocable, le pertenecía a ella.

—A ver espera, Jonathan ¿es el arqui, cierto?

Asentí y sentí su brazo soltar de a poco mi cuerpo, Pablo estaba acomodándose en el sofá pero yo le rogué que no me soltara, no ahora. Necesitaba contención y probablemente un hombro para llorar.

—Todo fue muy rápido. De repente nos besamos en la cocina y luego terminamos cogiendo en la habitación de sus padres... Fue mi primera vez. Con el novio de mi mejor amiga y sin protección —no podía mirar a Pablo, tampoco quería ver su reacción—. Y por si fuera poca mi mala suerte, esa noche...

Tragué saliva. No había dicho esto en voz alta en mucho tiempo, pero parecía que apenas puse un pie en este país, la verdad comenzó a perseguirme hasta pisarme los talones.

Las palabras se me atoraron. Pablo no preguntó nada. Sentí únicamente su mano moverse sobre mi brazo, esperando.

Habían pasado catorce años y aun así me costaba decirlo. Nunca había tenido que sentarme frente a alguien y explicarle que Greta Santillana, la que él conocía, alguna vez había sido una niña aterrada mirando las dos líneas rosadas en una prueba de embarazo, mientras estaba encerrada en un cubículo del baño de su preparatoria.

—Me embaracé de Jonathan.

—Ayy Dios...

—Me enteré que estaba embarazada en el baño de la prepa a la que íbamos —continué—. Y mi primer pensamiento fue deshacerme del bebé. Para mi ese embarazo significaba el fin de mis planes, tenía dieciséis años y vivía en una familia en extremo conservadora. ¡Vamos! Sabes como es mi mamá, así que... ya te imaginarás que sentía que me mataba si se enteraba de esto.

No era la Greta de treinta años la que estaba hablando en este momento. Era esa chica miedosa de dieciséis la que le estaba contando su mayor secreto a su mejor amigo.

—Cuando le conté a Jonathan él me dijo que haríamos lo que yo quisiera. Aquí aún se estaba legalizando y nos dio miedo que algo saliera mal.

Pablo continuaba en silencio, solo escuchando y apretándome más fuerte cuando sentía que la voz se me quebraba.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.