Un Pequeño Secreto

CAPÍTULO 30

Las fechas decembrinas siempre me emocionaban cuando vivía en Milán por lo que significaba: fiestas y más fiestas. No teníamos tiempo de descansar. Celebrábamos siempre, con gente del trabajo, amigos y los padres de Niccolò. Me encantaba ir a cenar a Palazzo Cordusio porque la decoración navideña me parecía encantadora. En realidad, creo que era la época del año en la que realmente disfrutaba ver toda la ciudad con luces ámbar y árboles decorados.

Aunque en la última navidad, Pallina terminó tirando el árbol y terminó enredándose con todas las luces... echaba tanto de menos verla.

Respiré hondo.

Pablo insistió en comprar un árbol natural para el departamento, para traer un poco de vibra navideña a nuestro hogar, según él. Me despertó muy temprano un domingo y me hizo acompañarlo hasta el Bosque de los Árboles de Navidad para escoger el nuestro. Fue toda una aventura. Sobre todo, porque terminó pidiéndole la camioneta a su hermano y me di cuenta de que conduce muy mal. La peor experiencia en carretera de mi vida. Entre que sentía que chocábamos o que el árbol se iba a terminar cayendo del techo de la camioneta cada que Pablo tomaba una curva.

Decorarlo fue otra aventura. Pablo quería ver muchos colores y yo quería poner esferas bronce y doradas. Al final terminó siendo una locura. Porque Pablo decoró un lado del árbol, con esferas espantosas... como esas dos de Pokémon que compró en quién sabe dónde y yo decoré el otro a mi gusto. Casi todas las mañanas, antes de salir de casa, movía el árbol para que la parte de Pablo quedara viendo hacia la pared y la mía hacia el frente. Pero por las noches, curiosamente, siempre se terminaban asomando las esferas horrorosas que escogió.

La fiesta de fin de año de la revista fue otra aventura. Damaris terminó con un esguince en el tobillo cuando se cayó al estar bailando sobre la mesa. Ella solo quería enseñarnos lo que había aprendido en sus clases de twerk y supongo que la canción de Bad Bunny fue demasiado para ella. Al menos Pablo y yo salimos ilesos, con resaca al día siguiente, pero ilesos.

Navidad, esa la pasamos en casa de mi madre. Fue la primera vez en muchos años que me senté en esa mesa a degustar su clásico pavo con ese relleno al que siempre le quito las pasas.

También fue la primera navidad que pasamos sin mi papá. Pero, al menos tuvimos a un hombre en casa, Pablo. Terminó auto-invitándose a ir conmigo a la cena navideña porque no quería ir a casa de sus padres. Prefirió estar en casa de Gabriela Urtaza, comiéndose las pasas que yo dejé en mi plato y cantando canciones de iglesia cuando mi mamá decidió que era hora de arrullar a su niño Dios de yeso que tiene desde hace veinticinco años, mientras yo prendía las luces de bengala.

Nunca me imaginé que Pablo se supiera tantas canciones de iglesia, quizás con eso compró a mi mamá. Si tan solo la señora Urtaza supiera que Pablo canta a todo pulmón esa canción de las Ultrasónicas que se llama "Vente en mi boca" en Soberbia, probablemente ya no lo caería tan bien.

Esa noche, mientras Pablo preparaba piñas coladas en la cocina de mi madre, tomé el celular y quise escribirle a Jonathan después de haber recibido un mensaje de Melanie deseándome feliz navidad. Sin embargo, me di cuenta de que no me aparecía más su foto de perfil en WhatsApp ni su última conexión, probablemente eliminó mi número y no puedo culparlo, fui yo la que le dije que necesitábamos distanciarnos.

Y fui yo la que le dije a Pablo que le echara más ron a sus piñas coladas esa noche. Lo cual terminó siendo una mala idea porque mi mamá terminó dormida sobre la mesa y ni Pablo ni yo pudimos subirla a su habitación.

Para el 26 de diciembre llegó temprano un paquete al departamento. Una entrega especial de DHL que mandaron desde San Antonio.

Me senté en la cama con las piernas doblemente cruzadas y al abrir la caja me di cuenta de que Melanie me mandó una bufanda hecha a mano por ella y una tarjeta.

"Merry x-mas Greta!

Te extraño muchísimo, no sabes cuántas ganas tengo de verte otra vez y bailar contigo canciones italianas que no entiendo ni un poco. Ojalá puedas venir a verme otra vez, hay tantas cosas que quiero hacer contigo, Bowlero no es lo mismo sin ti.

Por cierto, el vestido que me mandaste me encantó, te mando también una polaroid que me tomé cuando llegó. Espero que te encante la bufanda, no forma parte de alguna colección de Jacquemus, pero es una Melanie Farah original, la hice especialmente para ti.

Con amor, Mel".

Fue el mejor regalo, sobre todo porque la bufanda olía a su perfume. Por un segundo tuve que cerrar los ojos, era absurdo lo rápido que había aprendido a reconocer su olor.

La polaroid, esa la puse en la esquina superior izquierda del espejo del tocador.

Aunque no duró mucho ahí, dado que Pablo no perdió la oportunidad de entrar para ver que me mandaron en ese paquete que él recibió por mí. Apenas le conté de que se trataba, tomó la polaroid para mirarla.

—Ayy qué bonita, ¿te hizo la bufanda a mano entonces?

—Sí. Y fue el mejor regalo de navidad que he recibido en la vida.

—¿Más que esa Chanel que te llegó entre tus cosas desde Milán? —preguntó, con cierto asombro.

—Definitivamente —respondí, quitándole la polaroid para regresarla al espejo—. Hablando de las cosas que me mandó Niccolò desde Milán, tomé una decisión y... creo que si vendo algunas, podemos comprar un auto como dijiste el otro día.




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