Icona de Baby K sonaba a todo volumen en mi habitación mientras terminaba de maquillarme frente al espejo. Quizás esa era una de las cosas que más disfrutaba cuando tenía que asistir a este tipo de eventos: todo lo que ocurría antes. Elegir qué ponerme, maquillarme con calma, arreglarme el cabello y dedicarle demasiado tiempo a decidir entre dos pares de aretes que se parecían muchísimo entre sí.
Pero esa vez era diferente, porque Melanie iba conmigo. Y tenerla dando vueltas por mi habitación mientras terminábamos de arreglarnos me recordó muchísimo a esas tardes en las que me alistaba con Alessia antes de algún evento.
Habíamos invadido por completo mi cama con maquillaje, la plancha para el cabello seguía encendida sobre una esquina del tocador y había botellas de perfume, spray y varios accesorios desperdigados por todas partes, esperando a que decidiéramos cuáles serían los elegidos para darle el toque final a nuestros atuendos.
—Vaya, vaya, no sé si entré a la habitación de Greta o a Leonora's Studio.
—¿Cómo quedamos? —preguntó Melanie, girando un poco para que Pablo viera su atuendo.
—Preciosas, como siempre. Bueno, hoy un poquito más... Ya sabes, le echaron más producción —dijo Pablo, sentándose en la cama—. Y se necesitará bastante producción para limpiar después todo este relajo.
—¿Cómo andamos de tiempo?
—Si salimos en veinte, llegamos perfecto.
***
Melanie no dejó de sonreír ni un solo segundo durante el trayecto. Era su primer acercamiento real a la industria de la moda y parecía querer absorber todo lo que pudiera antes de siquiera llegar al desfile. Yo conducía, Pablo iba a mi lado encargándose de la música y Mel, desde el asiento trasero, se inclinaba hacia nosotros con los codos apoyados entre ambos respaldos para bombardearme con preguntas.
—¿Cómo fue la primera vez que fuiste a un desfile?
—¿Conociste a Donatella?
—¿Cómo es un Fashion Week?
Sonreí. Hace mucho que nadie me hacía tantas preguntas sobre esa parte de mi vida con semejante emoción. Y, entre una respuesta y otra, recordé que faltaba muy poco para las semanas de la moda en Milán y París. Por primera vez en meses pude imaginar perfectamente lo que estaría ocurriendo allá: las invitaciones, las pruebas de vestuario, las calles llenándose de gente de la industria, las prisas, las fiestas.
Extrañé Milán.
Muchísimo.
Miré a Melanie por el retrovisor. Seguía hablando, moviendo las manos mientras me hacía otra pregunta que apenas alcancé a escuchar, y por un instante mi imaginación hizo lo que últimamente parecía disfrutar hacer conmigo: ¿cómo habría sido todo si me hubiera quedado con ella?
Me imaginé llegando a Italia con Melanie de la mano, una niña de apenas dos años que probablemente habría complicado cada uno de los planes que hice a los dieciocho. Tal vez no habría estudiado cuando lo hice. Tal vez Vogue me habría tomado muchos más años. Quizás ni siquiera habría terminado viviendo la misma vida. Pero entonces la imaginé creciendo en Milán. Aprendiendo italiano mucho mejor que yo, acompañándome algún día a uno de estos eventos, enamorándose de la moda mientras yo intentaba explicarle por qué no podía tocar absolutamente nada.
Sentí una presión extraña en el pecho. Nunca iba a saber cómo habría sido esa vida, lo único que tenía era esta. Y en esta, Melanie estaba sentada en mi auto, camino a su primer desfile conmigo.
Giré el volante para tomar la siguiente calle y reduje la velocidad en cuanto comenzamos a encontrarnos con el tráfico. El desfile sería en el Ex Convento de San Hipólito y no podrían haber elegido una mejor locación.
Para cuando llegamos, la emoción de Melanie parecía haberse multiplicado. Miraba todo: la gente entrando, los atuendos, las cámaras, las acreditaciones, hasta la fila de invitados como si cada cosa mereciera ser memorizada.
—Nos vemos al terminar —dijo Pablo, colgándose el gafete de prensa al cuello antes de separarse de nosotras para ir a tomar fotografías.
Melanie buscó mi mano. Entrelazó sus dedos con los míos y me la apretó con fuerza mientras caminábamos hacia nuestros lugares.
—¿Nerviosa? —pregunté.
—Muchísimo.
Sonreí y apreté su mano de vuelta.
—Algún día yo voy a tener un evento así, Greta —dijo, mirando a nuestro alrededor con una emoción que le iluminaba toda la cara—. Voy a estar en el Fashion Week de mi país. Y en el de Milán, Londres, París, incluso aquí en México. I swear.
No pude evitar sonreír. Hablaba con tanta seguridad que por un momento pude imaginarla unos años mayor, corriendo detrás de un equipo de producción, revisando prendas y quejándose porque alguna modelo había llegado tarde.
—Así será, Mel. Ya lo verás.
Seguimos caminando mientras ella observaba absolutamente todo a nuestro alrededor. A lo lejos distinguí a Abigail documentando el evento con el celular, seguramente creando contenido para sus redes. Quise acercarme para agradecerle nuevamente por haber conseguido la invitación extra, pero apenas avancé un par de pasos, un hombre se acercó a ella, le susurró algo al oído y ambos desaparecieron entre la gente.