Un Pequeño Secreto

CAPÍTULO 34

El sonido de la licuadora consiguió que Pablo cerrara la boca durante unos segundos.

¡Bendita licuadora!

Estaba preparando hot cakes de avena para Melanie mientras esperaba que despertara. Pablo, por supuesto, no estaba ayudando en absolutamente nada. Se había instalado en la cocina únicamente para hacerme compañía y, de paso, interrogarme sobre todo lo que había ocurrido la noche anterior con Jonathan.

Para su enorme decepción, la realidad estaba bastante alejada de sus teorías. No habíamos tenido sexo apasionadamente sobre la barra de la cocina como él imaginaba. Ni siquiera nos habíamos besado.

Y, por alguna razón, me sentía ridículamente orgullosa de eso, porque me había resistido a Jonathan Farah. A pesar del vino y a pesar de haberlo visto humedecerse los labios un par de veces mientras miraba los míos sin molestarse siquiera en disimularlo.

—Cuéntame, ¿piensas llevar a Melanie con tu mamá?

Bajé la velocidad de las aspas de la licuadora antes de apagarla.

—Lo he estado pensando, pero no sé.

—¿Por?

—Porque ella de plano no quiere saber nada de esto. Toda la vida ha dicho que Melanie es producto del pecado y no sé qué otras tonterías. No quiero llevarla y que mi mamá le haga alguna grosería. Me da miedo que...

La puerta de mi habitación se abrió. Pablo y yo nos miramos, era momento de cambiar la conversación. Lo mejor que se le ocurrió fue hablar de Abigail y la chamarra que llevaba ayer, me chismeó que fue un regalo de Lorena, de la colección que presentó ayer. Encendí la estufa y comencé a verter la mezcla sobre el sartén mientras Melanie entraba a la cocina todavía medio dormida. Sin preguntar nada, abrió uno de los gabinetes, sacó un vaso y se sirvió agua.

Sonreí.

Ya sabía dónde guardábamos los vasos. No llevaba ni una semana con nosotros y comenzaba a moverse por el departamento como si hubiera estado ahí muchas veces.

—Buenos días —murmuró.

—Ya despertó la bella durmiente —dijo Pablo—. Estuve pensando algo. Adrián y yo vamos a llevar a su perro a Chapultepec. ¿Por qué no vienen?

—¡Ay, sí! ¡Vamos! —Melanie se detuvo—. Espera... ¿qué es Chapulte... eso?

Pablo se llevó una mano al pecho, ofendido.

—El Central Park de la Ciudad de México, pero mejor —dijo Pablo—. Y Chapu no huele a weed como Central Park.

—Eso sí es verdad —admití.

—¿Qué dices, Greta?

—Que Central Park huele demasiado feo para lo bonito que es. Y sí, vamos. Si cierta señorita desayuna rápido, se baña y se arregla antes del mediodía.

—Deal.

Mientras terminaba los hot cakes, pensé que en realidad no sonaba nada mal como plan de domingo.

Chapultepec me hizo recordar inmediatamente mi infancia. Mis papás solían llevarme algunos domingos. Nos subíamos a las lanchas, caminábamos durante horas y mi papá siempre terminaba comprándome uno de esos globos enormes que yo insistía en cargar hasta que me cansaba y se lo entregaba a él. Más de una vez regresé a casa con la cara pintada de mariposa después de pasar por alguno de los puestos del bosque. También estaban las visitas al zoológico.

Había tenido una infancia muy bonita. Quizás no lo valoré realmente hasta que crecí lo suficiente para ver en qué terminaría convirtiéndose mi familia.

Familia que ahora estaba completamente rota.

Solo dejé de pensar un poco en eso cuando vi a Pablo discutiendo con Melanie porque ella quería demasiada Nutella sobre los hot cakes y sonreí. Quizás mi familia nuclear ya no eran Edgar y Gabriela. Pablo se ha convertido en el hermano que nunca tuve. Y Mel... Mientras los veía discutir por una estupidez, pensé que podría acostumbrarme demasiado fácil a desayunos familiares como este.

Y a domingos como este, con ella aquí.

—¡Ay, mi cámara! —exclamó Pablo cuando ya estábamos afuera del departamento.

Seguía con el teléfono pegado a la oreja hablando con Adrián.

—Mel, ¿me haces un favor? ¿Puedes ir por mi GoPro? Está en el primer cajón de mi buró.

—Sí.

Melanie regresó al departamento y yo me adelanté hacia el auto. Solo esperaba que Pablo le colgara pronto a Adrián. Se iban a ver en menos de media hora, ¿qué necesidad tenían de seguir hablando? Sí, sí, entendía que apenas estaban comenzando la relación y querían estar unidos como muéganos las veinticuatro horas del día, pero ¿no se les acababan los temas?

Saludé a unos vecinos mientras Pablo continuaba con su llamada y abrí el auto para esperarlos dentro.

Ojalá no tardaran mucho. No tenía idea de cuánto tráfico encontraríamos rumbo a Chapultepec, más hoy que media CDMX parece querer ir a pasar el tiempo por la zona.

Pasaron unos minutos antes de que finalmente Melanie y Pablo llegaran al auto.

—¡Por fin!

Esperé a que Pablo cerrara la puerta del copiloto antes de poner el auto en marcha.

—Lo siento, pero yo no me tardé, Mel si tardó —respondió.




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