Un Pequeño Secreto

CAPÍTULO 37

Septiembre, 2007

No sabía si era el embarazo lo que me tenía llorando todo el tiempo o la falta de interés que tenía mi mamá por mí.

Seguía sin entender por qué se comportaba así conmigo. Yo sabía perfectamente que cometí un error y que Dios me estaba castigando por lo que hice en marzo, pero, justo ahora era cuando más la necesitaba. Mi cuerpo estaba pasando por demasiados cambios y estoy sola, en otro país, sin mi familia y en una casa que no es la mía, a pesar de que Brenda se ha esmerado en hacerme sentir bievenida.

Brenda se ha comportado como una madre conmigo. Me ha cuidado desde que llegué a su casa, me cocina, platica conmigo e incluso, me llevaba de vez en cuando con ella a Target para que no me la pasara encerrada en la habitación que me dieron los Farah en su casa.

Tenía un mes de haber llegado a San Antonio. Un mes desde que mi madre decidió mandarme a vivir con los Farah para poder esconder bien "mi pecado". Para ella fue mucho más sencillo decirle a todos en México que no me inscribí al siguiente semestre porque me fui de intercambio. Así, cuando regresara sin el bebé, iba a ser mucho más creíble y sus amigos de su círculo más cercano no iban a hacer tantas preguntas, según Gabriela.

—Yo tengo muchas ganas de que sea una niña —dijo Brenda, tocando mi vientre—. Mi bebé, el que perdí, era niña.

Brenda tomó sus guantes de cocina y se los colocó. No era necesario que lo dijera en voz alta, el nursery que estaba arriba estaba hecho para una niña. A pesar de que todavía el médico no terminaba de confirmar bien el sexo del bebé, porque había sido difícil verlo en el ultrasonido.

—He estado pensando en nombres —continuó—. Siempre me ha gustado "Melanie". Melanie Farah, suena bonito, ¿no?

Brenda dijo "Melanie Farah" con tanta naturalidad que por un segundo sentí algo extraño en el pecho. No porque no me gustara, sino porque sonaba como si la bebé ya fuera de ella. Pero eso era precisamente lo que yo quería, ¿no? Que fuera suya.

—¿No crees que es de mal augurio ponerle Melanie? Ese era el nombre que le querías poner a tu bebé.

—No, no creo en esas cosas.

Brenda se acercó al horno antes de que este hiciera el sonido avisando que ya estaban listas las galletas.

La vi sacar la charola mientras sentía que el bebé agarraba mi vejiga como saco de box. En verdad que últimamente me sentía incómoda en mi propio cuerpo, ¿y mi mamá se atrevía a decir que a pesar de ser un pecado, Dios me bendijo con la dicha de traer vida a este mundo? La biología es horrible con las mujeres.

—Anda Greta, come —Brenda puso la charola con las galletas en la mesa, invitándome a tomar una—. Solo ten cuidado que siguen calientes.

—Mejor me espero tantito a que se enfríen, gracias.

Brenda me recordaba muchísimo a que ella y Carlos son una familia viviendo el sueño americano. Ella nació en Guadalajara pero sus padres la trajeron a vivir a Estados Unidos cuando tenía diez años. Y Carlos, después de haberse divorciado de la mamá de Jonathan, decidió hacer una vida aquí. Puso su propio negocio y empezó de cero hasta construir lo que hoy tenía con ella.

Me toqué sutilmente el vientre. Por supuesto que yo no iba a poder ofrecerle ni la mitad de lo que los Farah van a poder darle.

—Ohh, ya llegaron.

—¿Llegaron? ¿Hay visitas?

—¿Que Johnny no te avisó que venía?

¿Jonathan? ¿Qué hace aquí Jonathan si apenas acababa de empezar el semestre? Dirigí la mirada hacia la puerta, pero no hice ni el intento por levantarme. Ya me había puesto cómoda y las galletas ya se habían enfriado. Tomé una galleta mientras miraba a Brenda acercarse para saludar a su marido y a su hijastro.

—Hola Greta —Jonathan se acercó y me miró el vientre—. Wow... estás...

—¿Enorme? Lo sé —respondí—. De repente brotó, como que le dieron ganas de que se notara.

—Te he estado mandando un montón de mensajes pero no me has contestado ninguno.

—Ya no uso MSN.

—¿Y los de texto?

En realidad sí los había visto, pero no quería saber nada de lo que sucedía en México. Absolutamente nada.

—Casandra ya se enteró.

—¡¿Del bebé?!

Sentía que el bebé se me iba a salir de la impresión, Jonathan jaló una silla y se sentó a mi lado, buscando mi mano. Pero no dejé que me tocara.

—¡¿Cómo pudiste ser capaz de decirle?! ¡Era nuestro secreto!

—No, no, se enteró de que tú y yo... —Jonathan bajó el volumen de su voz—. Que lo hicimos el día de su cumpleaños. Del bebé no sabe nada, te lo juro.

Jonathan se acercó a la charola para tomar una galleta, ¿cómo podía comer tan tranquilo después de lo que me acababa de contar? Estamos hablando de que Casandra se enteró de nuestra traición y él está ahí como si nada, masticando la galleta y limpiando con una servilleta de papel las migajas que quedaron en la comisura de su boca.

Bueno, ¿pues qué estaba esperando? Claro que quería saber más, ¿cómo se enteró? ¿Él se lo dijo? ¿Cómo reaccionó? ¿Si quiso castrarlo? Seguramente le dio un par de cachetadas, con lo dramática que suele ser, no dudaba ni un segundo que lo haya hecho.




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