—Greta, te extraño mucho.
Siempre decía lo mismo al final de cada conversación que teníamos por FaceTime. Melanie me ponía esa carita que me derretía el corazón y me hacía tener unas ganas enormes de tomar el primer avión a San Antonio para poder abrazarla. ¿Cuánto tiempo más tenía que seguir soportando sin tenerla entre mis brazos?
¿Cuánto más sin decirle la verdad?
—Y yo a ti, Mel —dije, mirándola a través de la pantalla—. Te juro que pronto nos vamos a volver a ver. Pronto.
—¿En serio me lo juras?
—Te lo juro.
Le enseñé el dedo meñique y ella hizo lo mismo. Porque claro, la pinky promise era inquebrantable, incluso a la distancia.
Terminé con la llamada de FaceTime y entonces volteé a ver mi comida. El apetito se me fue por completo y no me quedaba más tiempo, tenía que regresar a la oficina y no tenía muchas ganas de hacerlo. Últimamente no encontraba motivación en nada, a pesar de que Lizette por fin me estaba delegando mucho más trabajo como editora de moda, justo lo que había buscado desde que llegué a la revista.
Solo había pensado en Melanie y en terminar de una vez por todas con esta mentira.
—Ese divorcio sí que va a salir caro —dijo Damaris, sacándome de mis pensamientos—. Eso pasa por no firmar un prenupcial, por eso el abogado ha estado viniendo.
—¿Divorcio? ¿De qué hablas?
—Del divorcio de Lizette y su marido, el Dr. Brizuela —Damaris se recargó en el escritorio—, uno de los mejores cirujanos plásticos del país. Yo sigo ahorrando para mi rino y aumento de boobies. Porque si no es con él, no me opero con nadie.
Volteé a ver hacia la oficina de Lizette, gracias a las paredes de cristal podía verlo todo. Por la forma en que movía los brazos y el semblante que tenía, supe que algo de lo que acababa de leer en los documentos que le llevó el abogado la había puesto de malas.
Me crucé de brazos y apenas si solté una risa. Últimamente había escuchado muchísimo la palabra "divorcio". Supe por mi madre que la semana pasada firmó el suyo con mi papá. Y
Así menos ganas de me daban de casarme.
—Oye Damaris, tú que le llevas la agenda a Liz, ¿podrías pasarme los datos del bufete de abogados? Deben ser muy buenos.
—Los mejores de la ciudad. Claro que sí, a ver deja te paso el número.
La morocha tomó su iPad y comenzó a buscar. Yo regresé la mirada hacia la oficina de mi jefa. Lizette se sentó en la silla giratoria y se puso el bolígrafo entre los labios, mirando las hojas que tenía en su escritorio.
—¿También piensas divorciarte? —preguntó, en tono de broma.
—Yo no, mis papás—mentí, copiando el número del iPad a mi celular—. Yo ni novio tengo.
—Ohh... A veces es lo mejor —dijo—. Mis papás se separaron cuando tenía dieciocho. Decían que estaban esperando a que fuera mayor de edad para que yo no sufriera, pero su divorcio era algo que tuvo que haber pasado desde que yo era más chica.
—¿Fue peor que esperaran?
—Muchísimo. Creo que los papás a veces se convencen de que ocultarte algo es lo mismo que protegerte. Y aunque intentaron fingir que su matrimonio iba bien... ¡era todo lo contrario!
Dejé de copiar el número.
—Supongo.
—Yo hubiera preferido saber la verdad desde antes.
Asentí y bloqueé el iPad, mientras que ella se soltaba a contarme todas las razones por las que el matrimonio de sus padres terminó.
Lo cierto era que no quería al abogado para mis padres, a estas alturas su divorcio ya estaba firmado. Lo quería para mí.
Matteo definitivamente no me iba a poder ayudar con esto. Una querella por difamación en Italia era una cosa. Una adopción realizada catorce años atrás en Texas, otra completamente distinta. Y ambas tenían algo en común: al parecer me encantaba meter la pata en lo jurídico.
Y, con lo mucho que me revolvían el estómago todos esos temas legales, tener que buscar nuevamente a un abogado para hablar de Melanie no me hacía ninguna gracia.
Pero ya no sabía qué más hacer.
***
—Adelante, por favor.
—Gracias.
Me senté en el lugar que el licenciado Osorio me indicó. Tragué saliva mientras lo veía acomodarse detrás del escritorio. Por más que había practicado qué decir durante el trayecto, una vez ahí parecía que los gatos me habían comido la lengua.
—Me comentó el licenciado Valencia que su asunto tiene que ver con una adopción, ¿cierto? Por eso prefirió canalizarla conmigo.
—Sí. Él es quien está llevando el divorcio de mi jefa.
—Entiendo. ¿Está interesada en adoptar?
—No. —Me acomodé en la silla—. En realidad yo... quería una asesoría.
Me sentía tan pequeña ahí en esa silla, incluso sentí que se me encorvó un poco la espalda, mientras escondía las manos entre mis piernas.
—Hace catorce años di en adopción a mi hija.