Un Pequeño Secreto

CAPÍTULO 39

Solo podía ver el reloj en la computadora, unos cuantos minutos más y terminaría mi jornada de hoy en la revista. Unos cuantos minutos que parecían ser eternos.

Miré por encima de mi cubículo, Pablo estaba platicando con Damaris y creo que se sintió observado porque volteó a verme. Dejó a Damaris y caminó hacia mi espacio, recargándose con ambas manos sobre el escritorio.

—¿Si le escaneaste los documentos a tu abogado?

—Ya, desde anoche de hecho.

Esa mueca que hizo no me gustó ni un poco, Pablo se ajustó los lentes y se arregló las mangas, ¿ahora qué?

—Suéltalo.

—Sé que te molestó muchísimo lo que te dijo tu mamá pero puede que tenga razón.

Entrecerré los ojos. ¿Razón en qué exactamente?

—Como tu... —hizo una pequeña pausa—, siento que me he ganado ese título, mucho más que tus amigas las italianas. Así que como tu mejor amigo, me siento con el derecho de decirte que creo que deberías dejar esto por la paz.

Me crucé de brazos y lo miré, molesta.

—Greta, tenías un querella en Milán por difamación. No necesitas meterte en más problemas legales —dijo, acomodando un mechón de mi cabello—. Tienes todas las de perder si piensas irte a un juicio con Brenda. Además, los abogados no son baratos, vas a tener que mandar a consignar mil cosas más si quieres seguir con esto.

Me llevé ambas manos a la cabeza y respiré hondo.

—No me quiero ir a un juicio con Brenda, solo quiero que Melanie sepa la verdad.

—Yo también creo que Mel merece saber la verdad de su origen.

Lo miré, Pablo estaba ahí, intentando hacer un poco de contención. Creo que había estado portándose así desde que le conté todo lo que pasó desde que vi al abogado y a mi madre.

—¿Entonces?

—Que merezca saberlo no significa que vaya a reaccionar como tú quieres, Greta.

Pablo me sostuvo la mirada, en verdad odiaba cuando decía mi nombre así.

—¿Qué?

—Llevas catorce años imaginando cómo sería tener una hija. Ella lleva catorce años creyendo que ya tiene una mamá.

Miré el reloj de mi computadora otra vez, si no salía en cinco minutos, el tránsito hacia Santa Fe se iba a poner más infernal de lo normal.

—Jonathan y yo tenemos que hablar de esto.

—Claro que tienen que hablar. Es su hija también.

¡Qué ganas de aventarle la engrapadora!

—Heeey... no te enojes —dijo, apenas sonriendo—. Solo no uses lo del abogado y esos documentos como pretexto para estar cerca de él.

—No estoy haciendo eso.

—¿Segura?

—Completamente.

Pablo inclinó un poco la cabeza.

—En la reunión en la casa de Irene no podías dejar de verlo.

—Él tampoco podía dejar de verme —murmuré—. En fin, te juro que esto no tiene nada que ver con él, es por Mel.

Volví a mirar la computadora. Cuatro cincuenta y seis, faltaban cuatro minutos.

—Solo voy a enseñarle los documentos.

—Ajá.

—Los firmamos los dos. Tiene derecho a saber qué dicen.

—Ajá.

—Y tenemos que decidir qué vamos a hacer con Melanie.

—Ajá.

—¿Puedes dejar de decir "ajá", Pablo Luna Contreras?

—Puedo. Lo que no puedo hacer es fingir que no sé que llevas toda la tarde viendo el reloj porque vas a verlo.

Giré lentamente hacia él.

—Estoy viendo el reloj porque quiero irme de trabajar.

Pablo miró mi bolso, que ya estaba cerrado sobre el escritorio, luego mi computadora y finalmente volvió a verme.

—Claro.

—Te odio.

—Yo también te quiero.

Se incorporó y antes de alejarse volvió a acomodarme el mismo mechón de cabello.

—Solo ten cuidado, Greta. Con Mel, con él y contigo.

Esta vez no tuve ninguna respuesta. Miré nuevamente la esquina de la pantalla, ya eran las 4:58 p.m. No creo que Liz me diga algo por salirme dos minutos antes de las cinco.

Sería rápido. Solo una conversación para saber si iba a estar conmigo en esto o si me iba a dejar continuar sola. Porque mi madre había logrado dejarme esa duda metida en la cabeza.

¿Jonathan también quería cambiar las cosas?

Habíamos hablado de decirle la verdad a Melanie, sí. Habíamos discutido sobre lo injusto que era que no supiera que era adoptada y sobre lo mucho que podía dolerle descubrir que todos le habíamos mentido. Pero hablar era muy diferente a hacer algo al respecto. Y hacerlo significaba enfrentarnos a Carlos y a Brenda. Juntos.

Los documentos que llevaba sobre el asiento del copiloto no iban a devolvernos los derechos a los que habíamos renunciado catorce años atrás. Osorio había sido bastante claro con eso. Pero al menos podían ayudarnos a entender qué habíamos firmado realmente y qué podíamos hacer ahora.




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