Un Pequeño Secreto

CAPÍTULO 40

Para cuando se cumplieron las cuatro semanas, Jonathan me mandó flores a la oficina.

Y no cualquier ramo. Era un arreglo enorme en tonos rosas, acomodado en una base de cerámica de color blanco, con rosas, lirios, claveles y flores pequeñas en tonos lilas y blancos, rodeadas por ramas de eucalipto que sobresalían por todos lados. Era delicado, femenino y exageradamente bonito. Tan bonito que durante los primeros segundos olvidé que tenía dignidad.

—Greta... —Damaris se asomó por encima de mi cubículo—. ¿Quién te mandó eso?

—No sé, tal vez tengo un admirador secreto.

Sabía perfectamente quién me había mandado las flores desde antes de encontrar la tarjeta. La tomé intentando mantener una expresión neutral, aunque ya podía sentir a Damaris observándome y a Pablo levantándose desde su lugar como si fuera un perrito al escuchar que abren una bolsa de papas.

Y entonces leí:

Ya pasaron cuatro semanas.

Me porté bien. Respeté mi periodo de duelo y no intenté negociar una reducción de condena. Así que oficialmente quiero reclamar la primera de mis cinco citas.

Paso por ti el viernes a las ocho.

P.D.: Si dices que nunca aceptaste las cinco citas, voy a asumir que estás intentando renegociar a siete.

- Jonathan F.

Sonreí. Y no fue una sonrisita discreta que todavía pudiera disimular frente a mis compañeros. No. Una de esas sonrisas estúpidas que te ocupan toda la cara. Cerré los ojos y arrugué la nariz, apretando la tarjeta entre los dedos contra mi pecho durante un segundo.

—Si no tienen su final feliz después de tantos años —la voz de Pablo me hizo abrir los ojos—, dejaré de creer en el amor.

Estaba parado frente a mi cubículo mirando la tarjeta por encima de mi hombro. La puse contra el escritorio para que dejara de leerla y volteé a verlo.

—No empieces...

—Mira que ustedes ya hicieron todo al revés —continuó—. Probablemente los dos han esperado esta cita por... ¿no sé? ¿Quince años?

Guardé la tarjeta dentro del cajón y volví a mirar el arreglo. No podía creer que en verdad esperó el tiempo que dije al azar ese día en su departamento.

El desgraciado había esperado exactamente cuatro semanas. Y, por supuesto, eso solo consiguió que volviera a sonreír.

Giré la silla y regresé a escribir mi artículo. Aunque en realidad, la pantalla de la computadora se quedó un rato con el cursor parpadeando después del último renglón que escribí. Mordí ligeramente mi labio inferior y tomé mi celular, abrí su chat en WhatsApp y pensé en escribirle pero, creo que podía hacerlo esperar otro rato.

Intenté continuar con mi artículo. El viernes a las ocho, ¿a dónde pensaba llevarme? ¡Dios! Necesitaba poner mi atención de nuevo en el artículo y encontrar inspiración para hablar de la boda de Jimena y Rafael Curi antes de irme de nuevo a mi propia historia.

—¡¿En dónde está?!

Reconocí la voz antes de verla, ¡mierda! ¿Qué estaba haciendo aquí? Intercambié miradas con Pablo y entonces levanté la cabeza apenas por encima del cubículo.

¡Oh, no! Quería que me tragara la tierra. Incluso pensé en meterme debajo del escritorio pero, aún así iba a encontrarme. Casandra apareció al final del pasillo caminando hacia nosotros con tanta rapidez que por un segundo nadie pareció entender qué estaba pasando. Yo tampoco.

Hasta que me vio.

—¡Eres una maldita puta!

Toda la oficina quedó en silencio. Dejaron de teclear, platicar e incluso algunos se quitaron los audífonos para mirar. ¡Maldita sea la hora en la que diseñaron este espacio con tan poca privacidad!

Ni siquiera pude hacer un solo intento para esconderme. Solamente pude mirar a Casandra acercarse a mi cubículo con los ojos hinchados, el cabello recogido de cualquier manera y una expresión que jamás le había visto.

—¡¿Cómo pudiste?!

Se abalanzó hacia mí y Pablo alcanzó a ponerse en medio antes de que me golpeara.

—Hey, hey, hey. Tranquila.

—¡Suéltame!

—No mientras quieras golpearla.

—¡Te cogiste a mi novio! —gritó por encima de su hombro—. ¡Te acostaste con él en mi propia casa! En la cama de mis papás... Y por si fuera poco, tuvieron una hija.

Sentí que se me vaciaba el estómago y que el aire se me iba de los pulmones por todo lo que acababa de gritar Casandra. Varias cabezas se levantaron detrás de las computadoras y yo dejé de escuchar todos sus gritos porque un zumbido se apoderó de mis oídos. Estaba en completo shock.

Pablo dejó de intentar calmarla y me miró, yo no tenía forma de defenderme. Sentía el corazón latirme tan fuerte como los gritos acusatorios de Casandra. ¿Cómo descubrió lo de Melanie? ¿Ernesto? ¿Jonathan?

—¡Quince años! —continuó—. ¡Quince putos años viéndome la cara de pendeja! ¿Y todavía te atrevías a llamarte mi mejor amiga?

—¿Qué está pasando aquí?

Lizette salió de su oficina seguida por el licenciado Valencia. Su mirada pasó de Casandra a Pablo y finalmente llegó hasta mí.




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