Un Pequeño Secreto

CAPÍTULO 41

Verano 2006

Un campamento de integración en Tepoztlán para la generación 2006-2009 de la preparatoria ya era tradición en esta escuela. Bueno un "campamento", porque en realidad no vamos a dormir en tiendas de campaña en medio del bosque. Nuestro campamento de integración se resume en pasar tres días en un lindo club con cabañas grupales y una piscina bastante grande en la que todos morimos de ganas por nadar.

Claro, estar fuera de casa todo un fin de semana para pasarlo con tus amigos suena increíble, sobre todo a los quince años. Además, sonaba aún más increíble cuando tienes una madre sobre protectora —como la mía— que no me dejaba ir ni a la esquina sola.

Si realmente logré venir fue porque mi papá abogó por mí y porque alguna madre del consejo debió decirle que iba a estar demasiada segura aquí. Porque sí, estar seguros para los padres de familia era estar bajo el cuidado del profesor de educación física —cuya única preocupación es subir el cerro del Tepozteco a las cinco de la mañana—, del profesor de literatura que no dejaba de leer ese libro de Kafka y el de informática, el cual no sé porque sigue trabajando en esta escuela si se la vive viendo porno en las computadoras y eso no es un secreto.

Ah y lo olvidaba, tenemos dos consejeros por cabaña. Dos chicas para nosotras y dos chicos para ellos, de unos veintitantos que solo estaban aquí para hacer un poco de dinero al final del verano. Nada mejor que pasar el último fin de semana del verano cuidando a todo un grupo de preparatorianos, vigilando que ningún chico entrara a los dormitorios de las chicas y viceversa.

Cosa que fue imposible.

Sobre durante la primera noche. Los consejeros nos llevaron después de las once a un lugar muy apartado de las cabañas para hacer una fogata en las áreas verdes y aprovechar la oscuridad para contarnos un par de leyendas que —según ellos— "eran ciento por cierto verídicas". Yo solo acepté ir porque siempre me han gustado los bombones quemados y porque Cass me convenció de ir solo porque el consejero le pareció lindo.

Ahí estaba casi todo el grupo, menos Laisha y su novio. Casualmente, se perdieron en el camino. Y cuentan por ahí que se dieron un encerrón en la cabaña de las chicas, porque Irene encontró un condón usado en el baño.

—Es obvio que fueron ellos, fueron los únicos desaparecidos —dijo Irene, sacando su bolsita de panditas—. Si lo hicieron en la fiesta de quince años de Vero, es obvio que no iban a desaprovechar para hacerlo aquí.

—¿Ustedes siguen siendo vírgenes? —preguntó Casandra.

—Sí, no pienso perderla hasta que cumpla dieciocho —respondió Irene—. ¿Ustedes?

—Creo que es muy obvio —respondí, apenas audible.

—Yo no —Casandra sonrió, robándole un pandita rojo a Irene—. La perdí hace dos meses, con un chico de mi otra escuela. Estuvo horrible. Lo hicimos en la cama de su hermano y ni siquiera se vino y yo... Yo no sentí absolutamente nada, creo que lo tenía muy chiquito, no lo sé. Y todavía se atrevió a preguntarme si me gustó.

Tomé mi Nokia y apreté el botón para mirar la hora, eran poco más de la 1:30 a.m. y se suponía que teníamos que despertarnos a las 5:00 a.m. para subir el Tepozteco con el profe de educación física.

—¿A quién se cogerían de aquí? —volvió a preguntar Casandra.

—Yair, definitivamente —respondió Irene, casi de inmediato—. Tiene todas las señales de tenerla grande. Tan solo vean sus zapatos, además es muy delgado y ya saben lo que dicen "flaco desnalgado, vergón asegurado".

Casandra soltó una risita y sin más, dijo:

—Ayy, yo sin dudas me daría a Jonathan —Irene volteó a verme inmediatamente—. Está guapísimo, me gustó desde la inducción.

—Yo ya me voy a dormir —dije, subiendo la escalera tubular de la litera—. Descansen.

—¡Ay no seas amargada, Greta! Quédate un poco más.

—No, me siento cansada y mañana vamos a subir el cerro —me metí en las cobijas—. Hasta mañana.

Tomé el celular una vez más para ver la hora. Y nada más, no tenía ni un SMS o alguna llamada perdida. Lo coloqué bajo la almohada y entonces me acomodé sobre mi brazo. Era la primera vez que dormía fuera de casa sin mis padres, porque en mis quince años de vida jamás me habían dejado ir a una pijamada con mis amigas, "por precaución" decía mi madre, que "nunca iba a saber cómo se iba a comportar el padre o el hermano conmigo en la madrugada", que le daba desconfianza dejarme en una casa ajena y mil pretextos más. Me volví a voltear, todavía lograba escuchar las risas de Casandra e Irene, bajito, pero aún audibles. No sé como la consejera de nuestra cabaña no escuchaba, ha de tener unos veinticuatro o veinticinco años y ronca peor que mi abuela.

—¿Y si pintamos a las que ya se durmieron?

—¿Con qué?

—¿Para qué crees que traje los plumones? —le respondió Casandra a Irene.

—Va. ¿Empezamos con Laisha?

Me subí la cobija para cubrirme el rostro y me arrepentí a los pocos minutos por lo mucho que me costaba respirar. Pero no quería terminar con algo en la cara, conociendo a Casandra... Laisha se va a llevar una buena sorpresa en la mañana.

***

No sé cómo la gente puede hacer esto. ¿Subir cerros a las cinco de la mañana para ver el amanecer? Un total martirio. Y luego apenas si pude dormir anoche, entre la incomodidad de la cama y las risas de Casandra e Irene, creo que me quedé dormida poco después de las tres de la mañana.




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