He tenido muchas primeras citas, probablemente demasiadas.
Durante mis primeros años en Italia llegué a tener una casi cada fin de semana. Algunas fueron terribles, como aquella vez que un tipo pasó dos horas hablándome de su ex novia y después me preguntó si podía pagar la cuenta porque se le había olvidado la cartera.
Otras parecían sacadas de las comedias románticas que me gustaba ver cuando era adolescente, porque si algo aprendí después de tantos años viviendo allá es que los italianos pueden ser intensos cuando quieren conquistarte: flores, cenas, motocicletas, serenatas improvisadas que daban más vergüenza que ternura... Un hombre incluso me llevó hasta Verona porque le dije que nunca había conocido la casa de Julieta y, después de tres citas, me dijo que estaba enamorado de mí.
Nunca volví a salir con él.
Así que podía decir que tenía bastante experiencia en primeras citas.
Lo que había olvidado era cómo se sentía arreglarme para una con alguien que de verdad me gustaba.
—¿Me ayudas con el cierre?
Pablo levantó la mirada del celular desde la orilla de mi cama. Me acerqué a él y me recogí el cabello sobre un hombro para darle la espalda. Sentí cómo tiraba del cierre hasta arriba y después acomodé el vestido antes de volverme hacia el espejo. Rosa pálido, escote discreto, entallado hasta la cintura y con suficiente vuelo en la falda para no parecer que me había esforzado demasiado.
Aunque llevaba una hora esforzándome demasiado.
Me acomodé el cabello por detrás de las orejas, lo volví a sacar, decidí que se veía mejor antes y terminé dejándolo exactamente como estaba.
—¿Cómo me veo?
—Nerviosa.
Rodé los ojos y fui hasta el tocador por el perfume.
—No estoy nerviosa —dije, abriendo la botella de perfume.
Me puse perfume en el cuello y las muñecas mientras Pablo me observaba a través del espejo con esa sonrisa que conocía demasiado bien.
—No entiendo por qué estás tan nerviosa.
—Teóricamente es nuestra primera cita.
—Cierto, se me olvidaba que ustedes hicieron todo al revés —dijo, soltando una risita—. Porque, ya sabes, normalmente la gente primero tiene una cita, después se besa, después cogen y eventualmente, muchos años después, quizás tienen hijos.
—Gracias por explicarme cómo funcionan las relaciones.
—De nada. Pero ustedes empezaron por el bebé y quince años después llegaron a la primera cita.
—Casi quince.
—Ah, perdón. Eso lo cambia todo.
Le lancé una mirada antes de caminar hacia el clóset, él se estaba divirtiendo demasiado de solo verme arreglarme. Por algo prefirió quedarse aquí en vez de ir a editar sus fotos.
—Greta, en serio. ¿Qué es lo peor que podría pasar en esta primera cita después de casi quince años? ¿Que te embarace otra vez?
—¡Pablo!
Él soltó una carcajada mientras yo abría el clóset para buscar con la mirada la caja donde había dejado los stilettos que había pensado usar con este vestido.
—No va a pasar nada, ¿okey? Le dije que mínimo teníamos que tener cinco citas antes de terminar en su cama otra vez. Hoy es la primera de cinco.
Me agaché para tomar los tacones, los cuales estaban al fondo del clóset.
—Yo regularmente llego a la segunda y me los doy. Aunque... bueno, creo que hoy no vas a terminar en su cama por lo que veo.
Su tono cambió tan rápido que me hizo incorporarme. Pablo ya no se estaba riendo, solo miraba fijamente hacia la parte trasera de mi vestido.
—¿Qué?
—Creo que ya te bajó... o ¿es vino? No creo, se ve muy rojo.
Me acerqué de inmediato hacia el espejo, giré como si de alguna manera pudiera verme la espalda y después corrí hacia el espejo de cuerpo completo. Ahí estaba, una pequeña mancha roja sobre mi vestido rosa pálido.
—No puede ser.
Pablo se llevó una mano a la boca, pero alcancé a ver perfectamente cómo intentaba contener la sonrisa.
—Bueno pues embarazada ya no puedes quedar...
Tomé el primer cojín que encontré y se lo aventé. ¿Por qué justo hoy? ¡Dios mío! ¿Acaso esto no pudo esperar... no sé, cuarenta y ocho horas? No necesitaba que mi cuerpo me dijera que no estaba embarazada. Es algo que ya lo sabía. Desde que se fue Nicco no ha pasado nada con nadie, incluso siento que me estaba convirtiendo en virgen por cicatrización.
—No puede ser...
Intenté alcanzar el cierre del vestido con una mano mientras caminaba hacia el baño, pero apenas conseguí bajarlo un par de centímetros. Pablo venía detrás de mí y apenas unos segundos después de mi batalla con el cierre, sentí cómo el vestido se aflojaba alrededor de mi cuerpo.
—Listo... —dijo—. De nadaaaa.
Entré al baño y cerré la puerta, dejando a Pablo del otro lado.
—¿Quieres que te traiga algo?