Un Pequeño Secreto

CAPÍTULO 43

Jonathan no quiso contarme ni un poco de esos cuatro meses que estuvo viviendo en Roma y al parecer, tampoco había rastro alguno de esa historia en Instagram y hace mil años que lo eliminé de Facebook y no quería mandar una invitación ahora mismo. Tiene diez fotos publicadas en Instagram. Cuatro de él, otras cuatro de paisajes, una más recordando el aniversario luctuoso de su perro Rocky y una con Melanie en Coney Island en la que Mel no debió haber tenido más de doce años.

Ni un solo rastro de Roma.

Bajé la tapa de la computadora cuando escuché que Pablo estaba batallando con las llaves del otro lado de la puerta del departamento. Me acerqué y lo ayudé a abrir. Apenas lo vi, me di cuenta de que no podía abrir porque traía con él un arreglo floral: veinticuatro rosas amarillas.

—Justo iba llegando cuando preguntaron por Greta Santillana en la recepción —dijo Pablo, entregándome las flores.

No esperé demasiado para tomar la tarjeta a pesar de que ya sabía de quién eran. La saqué de entre las rosas y reconocí su letra inmediatamente.

Greta,

Me dijiste que tu color favorito era el amarillo, pero que nunca lo usabas.

Considerando que todavía me debes cuatro citas, espero verte usando algo amarillo en la próxima.

De lo contrario, las próximas flores que te mande van a ser del color que muero por verte usando y vas a estar obligada a llevar algo puesto de ese color.

Sábado, 7:00 p. m.

P.D.: Te contaré lo de Roma. Tal vez.

—Jonathan F.

Leí la tarjeta dos veces y sonreí, negando apenas.

—¿Qué dice? —preguntó Pablo.

—Que es un idiota.

—Ah, entonces sí son de Jonathan.

Le pegué a Pablo con la tarjeta y entonces caminé hacia mi habitación, necesitaba buscar en mi clóset algo amarillo para usar. Pasé la mano entre la ropa, escondido entre un par de blazers estaba ese vestido amarillo pálido de Calvin Klein strapless, con un corsé ajustado y la falda que caía amplia desde la cadera hasta media pantorrilla, lo suficiente para hacerlo sentir femenino sin parecer que iba vestida para una boda en la Toscana.

Sí, definitivamente había escogido el vestido para seguirle el juego a Jonathan Farah.

***

Había olvidado por qué llevaba meses sin usar ese vestido.

El corsé era bastante más ajustado de lo que recordaba y, después de varios minutos intentando acomodarlo para poder respirar con normalidad, no pude evitar recordar a Alessia diciendo que algunas prendas fueron hechas para verse bonitas, no cómodas. Y creo que este vestido era uno de ellos.

—¿Sabes a quién te pareces? —preguntó Pablo desde la puerta de mi habitación—. A la carita chichona que siempre te mando por WhatsApp.

Pablo sacó el celular y unos segundos después me puso la pantalla frente a la cara. Ahí estaba, la maldita carita amarilla chichona con pestañas, moño rosa y labios rojos que me mandaba por WhatsApp siempre que nos tocaba cubrir algún evento. Negué con la cabeza y me miré en el espejo, sí, definitivamente el vestido me estaba apretando demasiado los pechos.

—Eres un imbécil.

—Honestamente no creo que llegues a la quinta cita sin que ese hombre te arranque la ropa, pero hey... —señaló mi escote— qué bonitas se te ven las boobies.

Tomé un cojín de la cama y se lo aventé.

—¡Lárgate!

Pablo lo atrapó entre risas y salió de mi habitación.

Terminé de ponerme los aretes y salí detrás de él. Las rosas amarillas seguían sobre la mesa de centro, mucho más bonitas ahora que Pablo las había acomodado en uno de los floreros que encontramos en la cocina.

Me detuve apenas un segundo para mirarlas antes de tomar mi bolso, definitivamente le estaba siguiendo demasiado el juego a Jonathan Farah.

—¡Ya me voy!

—¡Diviértete! —dijo Pablo, sin dejar de mirar la fotografía que estaba editando en la computadora—. Suerte con que Jonathan te mire a los ojos...

—¡Cállate!

Salí antes de darle oportunidad de responder.

***

Jonathan ya estaba esperándome abajo. Lo vi apenas se abrieron las puertas del elevador y la sonrisa apareció en su cara casi al mismo tiempo. Sus ojos bajaron hacia el vestido y volvieron a subir hacia mi rostro con demasiada calma.

—No digas nada.

—No he dicho nada —respondió.

—Pero tienes cara de que ganaste.

—Porque gané.

—No compré el vestido para hoy, lo encontré en mi clóset —me apresuré a decir—. Aunque sí tenías razón en algo... no sé cómo es posible que, siendo mi color favorito, casi nunca lo use.

Se acercó para besarme la mejilla y volvió a mirar el vestido.

—Bueno, ya sabes lo que dicen... la que de amarillo se viste, en su belleza confía.

Me abrió la puerta del auto y negué con la cabeza antes de subir, intentando disimular la sonrisa.




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