Un Pequeño Secreto

CAPÍTULO 44

Para nuestra tercera cita Jonathan me pidió que usara tenis.

Eso fue todo.

Nada de vestidos ni tacones altos. Pidió específicamente jeans, tenis y algo cómodo, que no era necesario que me alisara el cabello. Y me mandó un pequeño ramo de girasoles, con una nota igual de pequeña:

¿Lista para la cita tres de cinco? Mañana, 11:00 a. m.

Usa tenis y algo cómodo, nada glamuroso.

Confía en mí.

-Jonathan F.

Evidentemente, las últimas tres palabras fueron las que más me preocuparon, porque realmente con él ya no sabía qué esperar.

—No puede ser.

Jonathan sonrió mientras avanzaba hacia el estacionamiento.

—¿Qué?

—¿Six Flags? ¿En serio? —miré los juegos a lo lejos y después a él—. ¿Esta es nuestra tercera cita?

—¿Preferías otro restaurante italiano?

—No, pero no me imaginé que fuéramos a terminar aquí. Por un momento pensé que me ibas a llevar a ese restaurante en el Ajusco que dijiste el otro día...

Lo seguí hacia la entrada intentando recordar la última vez que había estado ahí. Probablemente todavía vivía en México y tenía suficiente energía para hacer filas de hora y media por una montaña rusa bajo el sol sin quejarme ni un poco. En aquel entonces también podía comerme una hamburguesa, unas papas y un helado antes de subirme a cualquier juego sin preocuparme demasiado por las consecuencias.

Ahora tenía treinta y un años y la prudencia había comenzado a parecerme una virtud bastante atractiva.

—En parte me estoy cobrando un poco esta salida que me debías —dijo.

—¿Yo te debía una salida a Six Flags?

—Te invité cuando estábamos en la prepa —fruncí el ceño, escuchándolo—. Fue después del campamento. Iba a venir con Mafer, Ernesto e Irene y te dije que vinieras.

Algo de aquella conversación comenzó a regresar a mi memoria. Recordaba perfectamente que Irene estaba desesperada por convencerme de acompañarla porque había perdido una apuesta con Ernesto y tendría que subirse al Kilahuea. Le daban muchísimo miedo los juegos mecánicos y no quería hacerlo sola, así que había pasado buena parte de la semana intentando reclutar a alguien que compartiera su desgracia.

—¿Y te dije que no?

—Me dijiste que tenías cosas que hacer.

—Probablemente tenía cosas que hacer... como ir a la iglesia con mi mamá o algo así, sabes que era muy difícil que me dejaran salir.

Jonathan soltó una carcajada.

—Me rechazaste, Greta. Tan simple como eso.

—No sabía que me estabas invitando a una cita, digo, iban tu hermana, Ernesto e Irene... ¿eso era una cita?

—Lo era para mí.

Le di un empujón con el hombro.

—¡No puedo creer que quince años después sigues sin superarlo!

—Dieciséis —corrigió.

—¿Esta cita es una venganza? Porque no sé si recuerdes que igual que Irene, no era tan fan de estas cosas.

—Lo considero una reparación histórica.

Negué con la cabeza, aunque no pude evitar reírme. Había algo muy propio de Jonathan en haber guardado aquella invitación durante tantos años y utilizarla ahora como excusa para traerme a Six Flags. Lo peor era que seguramente llevaba días divirtiéndose con la idea de verme descubrir el destino.

Una vez dentro del parque, me tomó de la mano y comenzó a caminar con una determinación que me hizo sospechar que ya tenía perfectamente organizado nuestro recorrido. Y la primera parada parecía que iba a ser The Dark Knight Coaster.

—Espera. ¿A dónde vas?

—A que nos subamos, no hay que perder el tiempo.

—Acabamos de llegar.

—Exactamente.

—¿No quieres empezar con algo tranquilo?

—¿Te da miedo? ¿Todavía?

No, todavía no, ¡aún más! Por lo menos cuando era adolescente no medía el peligro de que estas cosas podían fallar y caerse en cualquier momento. Ahora tenía una conciencia bastante desarrollada de mi propia mortalidad y, francamente, me parecía un pésimo momento para ponerla a prueba.

—¡Aghh! Está bien —dije, tragándome el miedo—. Pero si vomito sobre ti, va a ser tu culpa.

—Lo tendré presente.

Para mi desgracia, la fila avanzaba mucho más rápido de lo que esperaba.

Durante los siguientes minutos me dediqué a observar a Jonathan con cierta curiosidad. Lo había visto en restaurantes, en su departamento, trabajando y haciendo de hermano mayor con Melanie. Incluso habíamos pasado tiempo juntos en San Antonio, pero nunca lo había imaginado haciendo fila un domingo para subirse voluntariamente a una montaña rusa a sus treinta y un años.

Vestía unos jeans oscuros y una camiseta blanca que, debo admitirlo, le quedaba particularmente bien. Llevaba el cabello ligeramente despeinado y unos lentes de sol colgados del cuello de la camiseta. Se veía relajado, bastante contento con su elección de cita y completamente ajeno a la posibilidad de que yo muriera de un infarto antes de llegar a los carritos.




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