Jonathan no tenía ni idea de lo ansiosa que estuve durante toda la semana esperando la invitación para la quinta y última cita de este absurdo acuerdo.
Después de cuatro citas, había desarrollado la mala costumbre de esperar alguna señal suya conforme se acercaba el fin de semana. Flores, una nota, una ubicación en WhatsApp o cualquier otra cosa que me indicara cuándo y dónde sería la siguiente... más que esta era la última de cinco.
Pero esta vez no llegó nada para el fin de semana. Ni flores, ni notas.
El sábado por la mañana recibí un mensaje suyo, pero únicamente para contarme que estaría ocupado durante el día porque Ivette y su novio tenían un evento al que debía acompañarlos.
Ni siquiera me invitó.
No es que quisiera ir. Ni siquiera conocía bien a Ivette y seguramente habría sido rarísimo aparecer en un evento familiar después de cuatro citas con Jonathan.
Pero ese no era el punto.
El punto era que no me invitó.
Por suerte, yo tampoco tenía el día libre para sentarme en el sillón a preguntarme por qué demonios no había mencionado nuestra quinta cita. Esa tarde tenía que trabajar con Pablo en la presentación de la nueva colección de vinos de "El Marqués de Rosas", del viñedo que le pertenecía a Leonardo de Rosas, que había decidido gastar una cantidad absurda de dinero en reunir periodistas, influencers y gente suficientemente rica para fingir que podía encontrar notas de tabaco y frutos rojos en una copa sin leer primero la descripción.
Pablo tomaría las fotografías. Yo tenía que sonreír, hablar con gente y parecer interesada mientras intentaba no revisar mi teléfono cada diez minutos esperando un solo mensaje suyo. Pero Jonathan no escribió, ni el sábado y tampoco el domingo.
Y para el lunes decidí que tenía que darme igual, que tenía mil cosas que hacer y escribir para la revista. Como que Roberto Casasola y Leonardo se pelearon en medio de la fiesta por la nota que salió en una revista de chismes en la que decían que la esposa de Leonardo había tenido un affair con Roberto.
El martes decidí eliminar esa parte de la nota y guardar mi celular en el cajón del escritorio para no mirarlo más.
El miércoles estaba comenzando a enojarme porque, a pesar de que habíamos estado hablando, no me había dicho nada de vernos el fin de semana.
Para el jueves ya había decidido que si Jonathan Farah quería una quinta cita, tal vez me haría del rogar un poco más.
Las rosas llegaron el viernes por la tarde. El ramo estaba sobre la mesa cuando llegué a casa y Pablo apenas levantó la mirada de su computadora antes de señalarlo.
—Llegaron hace como media hora.
Dejé mi bolsa sobre una silla.
—¿Y por qué las recibiste?
—Porque vivo aquí.
—Podías decir que no estaba.
—Greta, son flores, no una orden de aprehensión.
Puse los ojos en blanco y me acerqué al arreglo floral. Entre las rosas había una tarjeta, la saqué intentando aparentar muchísimo menos interés del que realmente tenía.
¿Me extrañaste?
Reservé una mesa para dos en un lugar bastante exclusivo, para mañana a las 7:00 p.m.
El chef es arquitecto, pero promete que sabe cocinar.
Dress code: lo que quieras. Esta vez no voy a ayudarte.
P. D.: El restaurante se llama "La cocina de Jonathan", será una cena bastante privada y la ventaja es que conozco bien la construcción, entonces mis ojos serán solo tuyos.
—Jonathan F.
Reí bajito. ¿Acababa de invitarme a pasar la noche en su departamento?
***
El sábado me tomé demasiado en serio aquello de que podía usar lo que quisiera.
Jonathan había cometido un error.
Para nuestra segunda cita me había mandado rosas amarillas y prácticamente me había retado a usar el color. Así que si esta vez había decidido mandar rosas rojas, me parecía justo seguir la tradición.
Solo que no pensaba ponérselo tan fácil. Elegí un vestido negro, el rojo iría debajo, en un bonito conjunto de lencería que compré unos días antes de nuestra cita en Six Flags.
Y después de pasar demasiado tiempo frente al espejo decidiendo si aquello era coqueto o simplemente una decisión tomada por alguien que lleva demasiado tiempo sin estar con nadie, concluí que ya no importaba. Era la quinta cita. Y si Jonathan quería jugar, yo también sabía hacerlo.
Abrí el bolso sobre la cama para terminar de meter mi maquillaje y miré la bolsa de cuero que había dejado junto a la puerta con un cambio de ropa y cosas que podría necesitar en caso de no regresar a casa esta noche. La había preparado esa mañana, solo por si acaso. Porque claro que no significaba absolutamente nada, podía quedarse perfectamente en la cajuela toda la noche.
Terminé de arreglarme y salí de mi habitación con el bolso en una mano. La puerta de Pablo estaba abierta y lo encontré frente al espejo, peleándose con una corbata.