Un Pequeño Secreto

CAPÍTULO 46

Sonreí antes siquiera de abrir los ojos por completo, creo que nunca había despertado tan feliz.

No hubo confusión, ni ese par de segundos en los que uno abre los ojos y necesita recordar dónde está. Reconocí inmediatamente el techo de la habitación de Jonathan, la luz entrando entre las cortinas y el olor de sus sábanas.

Después extendí la mano hacia el otro lado de la cama, pero él ya no estaba ahí. Lo cual hizo que abriera los ojos inmediatamente.

—¿John?

No hubo respuesta.

Su almohada estaba desacomodada y las sábanas todavía conservaban la forma de donde había dormido, pero Jonathan ya no estaba ahí.

Me incorporé y busqué mi celular para revisar la hora, eran poco más de las nueve de la mañana. Por primera vez en muchísimo tiempo había dormido hasta tarde. Y, todavía más extraño, había despertado sin arrepentirme absolutamente de nada.

Dejé el celular sobre el buró y me levanté. El piso estaba frío debajo de mis pies mientras caminaba hasta la ventana para apartar un poco la cortina. Desde ahí podía ver La Mexicana, había gente corriendo, algunas personas paseando perros y familias caminando. Más allá, los edificios de Santa Fe comenzaban a llenarse con el reflejo del sol de la mañana.

Me quedé mirando durante un rato.

No quería irme. El pensamiento apareció con tanta naturalidad que tardé unos segundos en darme cuenta de que era algo que empezaba a desear genuinamente. No quería recoger mis cosas y volver a mi departamento como si aquella hubiera sido solamente una quinta cita con final feliz. Quería quedarme aquí y despertar todos los días así.

Sonreí como una idiota y me obligué a apartarme de la ventana.

Mi vestido negro no estaba por ningún lado, y creo que tardé un par de segundos en recordar que había quedado abandonado en el pasillo la noche anterior. Por alguna razón, decidí que recuperarlo podía esperar. En cambio, encontré sobre una silla la camisa gris oxford que Jonathan había usado durante la cena y la tomé. Todavía olía a él.

Me la puse y comencé a abrochar los botones mientras caminaba por la habitación, preguntándome en dónde se había metido. Estaba terminando con el último cuando algo sobre una de las repisas llamó mi atención. Jonathan tenía ahí, dentro de un portarretrato blanco, la fotografía que Carlos nos tomó en el cumpleaños de Mel.

Me paré de puntitas y tomé el portarretrato entre mis manos. Melanie estaba en medio de nosotros, sonriendo. Jonathan tenía un brazo alrededor de ella y yo estaba inclinada hacia ambos. Si alguien veía esa fotografía sin conocer nuestra historia, probablemente no encontraría nada extraordinario.

Yo no podía dejar de verla y mientras más veía a Mel, más sentía algo raro en el estómago, como una especie de nostalgia por algo que nunca había tenido.

Melanie tenía una familia, lo sabía. Pero también era nuestra hija.

Y de pronto sentí una urgencia casi dolorosa por dejar de conformarme con observarla desde lejos. Creo que solo quería tener la oportunidad de descubrir qué podíamos ser los tres cuando se terminara el secreto.

Pasé el pulgar por el borde del portarretrato, creo que tenía que volver a llamar al licenciado Osorio. No sabía si podía hacer algo más de lo que ya me había explicado. Tal vez la respuesta volvería a ser que legalmente había muy poco que pudiera cambiarse. Pero necesitaba hablar con él otra vez.

Necesitaba saber qué opciones teníamos para decirle la verdad a Melanie y qué podía pasar después.

Dejé la fotografía exactamente donde Jonathan la había puesto cuando escuché ruido afuera de la habitación. Algo golpeó contra una superficie y después escuché a Jonathan decir una grosería en voz baja.

Salí de la habitación todavía descalza y caminé hacia la cocina. Jonathan estaba de espaldas frente a la estufa, usando únicamente un pantalón de pijama azul de estilo gingham, con el cabello negro todavía un poco desordenado, como si tampoco hubiera hecho demasiado esfuerzo por parecer una persona funcional esa mañana y peleándose con el huevo que se freía en el sartén.

Me apoyé contra el marco de la puerta y por un momento no dije nada, solo lo miré. Y entonces entendí por qué no había querido irme.

—Buenos días.

Jonathan volteó y al verme, accidentalmente le pegó al mango del sartén. Alcanzó a sostenerlo antes de que el huevo saliera volando por la cocina, algo que hizo que ambos comenzáramos a reír.

—Buenos días, Greta. ¿Esa es mi camisa?

Miré la camisa gris oxford que apenas me cubría lo suficiente.

—Sí. Creo que desayunar en vestido es demasiado... muy formal y la Cocina de Jonathan es un poco menos exigente con el dress code por la mañana.

Caminé hacia la barra para servirme café y sentí su mirada siguiéndome.

—¿Vas a seguir viéndome así?

—Probablemente —murmuró, dibujando una sonrisa en su rostro—. Ya me quedó claro que esa camisa te queda mejor a ti.

Jonathan se acercó y tomó la taza que estaba a punto de alcanzar, obligándome a mirarlo.

—Tal vez solo estoy intentando procesar que estás en mi cocina usando mi camisa, después de dormir en mi cama.




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