—Entonces van a ir a San Antonio —dijo Pablo desde el asiento del copiloto.
Giré los ojos mientras seguía vigilando la entrada del hotel. Llevábamos casi veinte minutos estacionados esperando a que Dante apareciera con Pallina y yo ya había revisado su último mensaje unas seis veces.
—Solo vamos a hablar con Brenda y con Carlos. Osorio dejó bastante claro que no podemos hacer nada más.
—Greta, ya estuviste en problemas legales en Italia. No quiero que ahora te metas en problemas legales en Estados Unidos.
—No voy a meterme en problemas legales.
—Eso dices ahora, pero Brenda es capaz de ponerte una orden de restricción y acusarte por intento de secuestro —dijo—. Y si eso pasa, ¿con quién voy a ir a ver a Madonna a Nueva York si terminas arrestada? Adrián no tiene visa.
Solté una carcajada, apartando la vista de la ventanilla solo unos segundos.
—Qué bonito saber cuáles son tus prioridades.
—Tu libertad es importantísima para mí. Así como lo es el Celebration Tour... —Pablo se encogió de hombros—. Ya tengo los boletos.
Iba a responderle cuando reconocí a Dante saliendo del hotel con una transportadora en la mano.
—¡Ahí viene Dante!
Me quité el cinturón de seguridad con velocidad y tomé las llaves, para aventárselas a Pablo apenas abrí la puerta.
—¡Greta...!
No lo dejé decir nada más. Prácticamente corrí hacia donde estaba Dante. Él sonrió en cuanto me vio acercarme, pero yo apenas alcancé a saludarlo antes de bajar la mirada hacia la transportadora.
—Ciao, Greta.
—Ciao. ¿Está bien?
Ni siquiera lo saludé apropiadamente, porque fui directamente hacia la transportadora. Dante soltó una carcajada.
—Anch'io sto bene, grazie.
—Perdón. ¿Cómo estás?
—Tutto bene. Ella también está bien —dijo—. Un poco harta de mí, creo.
Me agaché frente a la transportadora y dos enormes ojos azules aparecieron detrás de la rejilla.
—¡Pallina!
La escuché maullar y eso hizo que sonriera aún más, ¡cuánto echaba de menos ese sonido!
—Ciao, amore mio.
Dante sostuvo fuerte la transportadora con ambas manos para que pudiera abrirla y apenas solté la rejilla, metí las manos para sacarla. Pallina salió convertida en una enorme bola de pelo gris y blanco y, cuando la apreté contra mi pecho, descubrí el moño rosa que llevaba alrededor del cuello.
—¡No puede ser! ¿Nicco le puso esto?
—Dijo que tenía que llegar presentable.
Enterré la cara entre su pelo y la apreté todavía más.
—Te extrañé muchísimo, mi amor.
Pallina maulló y apoyó una pata sobre mi barbilla para empujarme.
—Sí, sí, tú también me extrañaste, yo lo sé —intenté besarle la cabeza y volvió a empujarme— Bueno, ya. No seas grosera, llevamos meses sin vernos.
Me reí y volví a mirar a Pallina. No podía creer que finalmente la tuviera conmigo. Después de tantos meses, volver a sentir su pelo entre mis brazos era como recuperar una pequeña parte de la vida que había dejado en Milán.
—Gracias por traerla.
—Agradécele a Niccolò —dijo—. Él organizó todo. Yo solo tenía que traerla viva.
—Pues cumpliste tu misión.
Dante llevó la transportadora hasta la cajuela mientras yo regresaba al auto sin soltar a Pallina. Abrí la puerta del copiloto y Pablo me miró confundido.
—Tú manejas, muévete.
—¿Me aventaste las llaves para poder irte con la gata?
—Pallina, se llama Pallina Ricci-Santillana. No seas igualado.
Pablo ni siquiera fue capaz de bajar del auto para cambiarse de lugar. Simplemente refunfuñó y se atravesó al asiento del piloto, golpeando el tablero con su pie.
—Mira qué bella está —dije, abrazando aún más a Pallina—. Pallina, él es Pablo. Pablo, Pallina.
—Creo que te vi más emocionada por Pallina que cuando Melanie se apareció en nuestro depa el día de tu cumpleaños.
Golpeé a Pablo en el hombro, mientras Pallina lo examinaba con sus enormes ojos azules.
—¡No digas eso, Pablo Luna!
—¿Estoy mintiendo?
—¡Fue diferente!
—Sí tienes razón, Melanie no traía un moño rosa.
Solté una risita, a veces odiaba que me hiciera reír tanto todo el tiempo.
—Tenemos que ir a Petco —murmuré.
—Greta, tenemos una cena que cubrir en exactamente dos horas y tú no estás lista.
Miré la hora en la pantalla del auto, en realidad faltaba una hora con cincuenta y ocho minutos.
—De hecho, vamos tarde, considerando que es el tiempo que tardas en arreglarte.