Jalé las sábanas y me metí en la cama. Había insistido en que teníamos que dormir temprano, pero ni siquiera podía mantener los ojos cerrados. A la mañana siguiente tomaríamos el vuelo a San Antonio y yo todavía no tenía idea de qué iba a decirle a Brenda cuando la tuviera enfrente.
Encima había dejado a Pallina sola con Pablo. Le había mandado un mensaje enorme por WhatsApp con instrucciones detalladas, pero estábamos hablando de Pablo. Así que esperaba encontrar a mi gata viva cuando regresáramos.
Johnny se inclinó para besarme la frente, sacándome de mis pensamientos.
—Voy a bañarme. Estuvimos todo el día en la construcción y me siento sucio.
—Vale. Aquí te espero.
Lo vi entrar al baño y, apenas cerró la puerta, tomé mi antifaz color arena del buró y me lo puse. Necesitaba dormir, aunque fueran unas cuantas horas, sobre todo porque estos días no he podido dormir bien por los nervios.
Cerré los ojos. No había llamado a Esther y todavía no averiguo nada de su cuñada que trabaja en GQ. Bueno... creo que puede esperar al lunes. Me volteé a la derecha y pasé la mano por debajo de la almohada. ¿Pablo dejará dormir a Pallina en su cama o la dejará en la caja de Amazon? ¡Porque la desgraciada ignoró por completo la cama preciosa de nube que le compré!
El timbre sonó.
Lo ignoré, necesitaba concentrarme en dormir. Tal vez empezaría a contar hasta treinta en italiano para asegurarme de que no se me hayan olvidado los números.
El timbre volvió a sonar.
Me quité el antifaz y lo dejé sobre la almohada, poco después de incorporarme en la cama.
—No puede ser...
A la tercera vez salí de la cama, me puse la bata y las pantuflas y salí de la habitación preguntándome quién podía estar tocando con tanta desesperación después de las once de la noche.
Abrí la puerta y me encontré con Casandra, todavía vestida con la pijama quirúrgica. Rodó los ojos apenas me vio y entró al departamento sin que yo la invitara a pasar.
—¿Casandra? ¿Qué haces aquí?
—¿Con qué descaro me preguntas eso? No puede ser... ¡Realmente no puede ser! —Casandra se llevó la mano derecha a la frente, negándose con la cabeza—. No te bastó con acostarte con mi novio, ¿ahora también ya estás aquí?
Bajé la mirada hacia mi bata. De todas las personas que podían aparecer esa noche, tenía que ser precisamente ella.
—¿Cuánto le bastó para olvidarse de mí? ¿Dos segundos?
—Cass... sé que te lastimamos. Y sé que decirte que nunca quisimos hacerlo así no cambia lo que pasó, pero...
—No. No lo cambia —interrumpió—. Nada de lo que digas justifica que hayas tenido una hija con él y que, después de casi quince años, volvieras a meterte en su vida sabiendo que estaba conmigo.
—¿Qué necesitas, Casandra?
La voz de Jonathan hizo que las dos volteáramos. Estaba detrás de mí con una toalla alrededor de la cintura y el cabello todavía mojado.
—Creí que todas tus cosas estaban en la caja que te mandé —añadió.
Casandra pasó junto a nosotros sin pedir permiso.
—¿Qué haces? —preguntó Jonathan.
Ella no respondió. Caminó directamente hacia el librero y empezó a buscar entre las cosas hasta sacar un libro de medicina. Después se agachó y tomó el pequeño elefante dorado que estaba junto a los libros.
—Se te olvidó mandarme esto.
Le mostró ambas cosas a Jonathan antes de levantar la figura.
—¿Recuerdas cuándo lo compramos? Fue en Tailandia. Me dijiste que nuestra vida juntos apenas estaba comenzando.
Su mirada pasó de Jonathan a mí.
—Quién diría que iba a terminar así.
Jonathan dirigió la mirada hacia el elefante dorado.
—Cass...
—Greta siempre estuvo entre nosotros. Siempre.
—Lamento que las cosas hayan terminado así.
—Sí. Se nota muchísimo.
Yo me sentía como el mal tercio en medio de esa discusión. Siempre que estaba con ellos dos me sentía de esa manera, como si yo sobrara en el espacio.
—¿Ahora ella vive aquí? ¿Ahora Greta duerme en la cama en dónde dormíamos nosotros?
—Casandra, por favor, no te hagas más daño —le pidió, tomándola por la muñeca, cuidando que no soltara lo que llevaba con ella—.Tú y yo ya no estamos juntos, nuestra relación se terminó. Y soy libre de estar con la mujer que yo quiera, así como tú eres libre de rehacer tu vida con alguien más.
—No es necesario que me corras, conozco el camino.
La puerta se cerró de golpe detrás de ella.
Jonathan y yo nos quedamos en silencio, él respiró hondo y se llevó ambas manos al cabello húmedo. Genial. Entre el viaje a San Antonio, la ansiedad que llevaba arrastrando toda la semana y ahora Casandra apareciendo a las once de la noche para llevarse los últimos pedazos de la vida que había compartido con Jonathan, dormir parecía cada vez menos probable.