Un Pequeño Secreto

CAPÍTULO 49

Las horas se habían ido demasiado rápido.

Desde que salimos del aeropuerto de la Ciudad de México hasta que llegamos al hotel en San Antonio, no había conseguido quitarme las náuseas. Había intentado dormir durante el vuelo, comer algo antes de aterrizar e incluso convencerme de que estaba exagerando, pero el malestar seguía ahí, instalado en la boca de mi estómago.

Tal vez mi cuerpo tenía una manera bastante particular de reaccionar cada vez que estaba a punto de enfrentar algo que llevaba años evitando.

La última vez que me había sentido así fue cuando Melanie comenzó a seguirme en Instagram sin tener la menor idea de quién era yo.

Ahora estaba en la misma ciudad donde la había dejado catorce años atrás, preparándome para sentarme frente a Carlos y Brenda y contarles que Jonathan y yo queríamos decirle la verdad.

Solo pensar en Brenda me revolvía todavía más el estómago.

Jonathan había ido por Melanie mientras yo los esperaba en Bowlero. En realidad, no habíamos viajado hasta San Antonio para hablar con ella. No todavía. Después de nuestra conversación con Osorio, habíamos acordado que primero debíamos reunirnos con Carlos y Brenda y, si conseguíamos ponernos de acuerdo, buscaríamos la manera de contarle todo entre los cuatro.

Solo quería verla antes de verlos a ellos.

Quería unas últimas horas en las que pudiéramos ser simplemente nosotros tres, en este sitio en el que nos divertimos tanto y comer hamburguesas, jugar bolos y escuchar a Melanie quejarse porque no había tirado todos los pinos.

Una empleada se acercó a nuestra mesa con las hamburguesas y las papas que había pedido.

—¿Le traigo los zapatos?

—Sí, por favor. Once para mi esposo, siete y medio para mi hija y ocho para mí.

—Right. Ya los traigo.

La vi alejarse. ¿Mi esposo y mi hija? ¡Vaya fantasía que me había construido! Lo peor era que la chica me había creído sin cuestionarlo. Para ella yo solo era una mujer esperando a su marido y a su hija para pasar la tarde jugando bolos.

Tomé una papa frita. ¡Qué fácil parecía cuando nadie conocía la historia completa!

Mi celular vibró sobre la mesa y lo tomé inmediatamente, era Pablo.

Pablo:

¿Cómo estás? ¿Ya hablaron con Brenda?

Greta:

Todavía no.

Estoy esperando a Jonathan y a Mel en Bowlero.

Los tres puntitos aparecieron casi inmediatamente.

Pablo:

¿Bowlero? ¿No se supone que iban a hablar con Brenda primero?

Greta:

Sí. No vamos a decirle nada hoy.

Solo quiero verla antes de que Brenda me ponga una orden de restricción.

Pablo:

Está bien, recuerda que tienes que cuidar esa visa por Madonna.

Por cierto, Pallina sigue viva. Pero me debes un cinturón para mi cámara, prácticamente lo rascó hasta dejarlo inservible.

Sonreí, más porque Pablo me mandó dos fotos: una de su cinturón de la Canon y otra de Pallina sentada en la mesa de centro.

Greta:

¿Durmió en su cama nueva?

Pablo:

No, sigue prefiriendo la caja de Amazon.

—Desgraciada —murmuré.

La chica regresó con los zapatos justo cuando bloqueé el celular.

—Here you go.

—Gracias.

Acomodé los tres pares debajo de la mesa y miré nuevamente la hora. Jonathan estaba tardando demasiado.

Bebí otro trago de agua mineral y traté de ignorar el calor que comenzaba a subirme por el cuello. El lugar tenía el aire acondicionado bastante fuerte, así que definitivamente no era la temperatura. Estaba tan nerviosa que me descubrí mordiéndome la uña del dedo índice, una costumbre que llevaba años intentando quitarme.

¡Dios mío! Solo íbamos a ver a Melanie. Nada más. Una tarde juntos antes de hablar con sus padres.

Miré hacia la entrada por enésima vez.

Y entonces los vi. El corazón se me aceleró apenas los reconocí entre la gente, Jonathan caminaba unos pasos detrás de Melanie, que llevaba una pequeña mochila blanca colgada del hombro. Me puse de pie inmediatamente, aliviada de verlos por fin.

—¡Mel!

Abrí los brazos esperando que viniera hacia mí, pero no lo hizo. Melanie pasó de largo sin siquiera saludarme y se sentó frente a mí.

La sonrisa se me borró.

Miré a Jonathan, él negó apenas con la cabeza antes de sentarse a mi lado. Tampoco sabía qué estaba pasando.

—Ya llegaron los zapatos —dije, intentando ignorar la rara sensación que empezaba a formarse en mi estómago—. Y pedí hamburguesas. También tu malteada favorita, como la última vez.




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