El auto se detuvo frente al edificio y ninguno de los dos hizo el intento de bajar.
El viaje exprés a San Antonio había terminado y, durante las últimas horas, Jonathan y yo apenas habíamos cruzado unas cuantas palabras. En el hotel él se había escudado detrás del cansancio y yo detrás de mi celular. En el avión había comprado una revista de arquitectura que leyó prácticamente de principio a fin, mientras yo fingía revisar algunos artículos de Vogue México que tuve que releer unas cinco veces porque no estaba entendiendo absolutamente nada.
Nunca me había resultado tan incómodo estar en silencio con él.
Jonathan bajó primero y le pidió al chofer que abriera la cajuela. Sacó mi maleta, la dejó sobre la banqueta y volvió a acercarse al auto.
El conductor no apagó el motor.
No iba a quedarse.
—John...
—¿Qué?
—¿Estamos bien?
Jonathan se quedó mirándome durante unos segundos.
—Sí.
—No parece.
—Estoy cansado, Greta.
Desvié la mirada hacia mi maleta.
—¿No quieres subir?
—Hoy no. Quiero llegar a mi casa, dormir un rato y tratar de ponerme al corriente con el trabajo.
Asentí, no quería insistir. Después de todo lo que había sucedido en San Antonio, lo último que necesitábamos era otra pelea.
Jonathan se acercó y me dio un beso en la frente. Fue más largo de lo normal, como si intentara convencerme con eso de algo que no había conseguido hacer con palabras.
—Estamos bien —repitió.
—Te amo.
Esta vez tardó apenas un segundo en responder un:
—Y yo a ti —me acarició el brazo—. Ve con Pablo y con Pallina, seguro que él está ansioso por verte.
Asentí. Tomé la maleta y entré al edificio sin mirar atrás hasta llegar a la puerta principal. Cuando finalmente volteé, me di cuenta de que Jonathan ya estaba dentro del auto.
Seguíamos juntos, eso había dicho. Entonces, ¿por qué sentía como si estuviera perdiéndolo también?
Respiré hondo. Necesitaba llegar a casa, tomar un baño caliente y meterme en la cama con mi Pallina, solo esperaba que Pablo no me hiciera tantas preguntas. Creí que habíamos hablado ya lo suficiente por mensajes, esos mensajes kilométricos en WhatsApp cuya última respuesta fue un horrible sticker de un hámster llorando por parte de Pablo.
—¡Pallina!
La gata levantó la cabeza desde el sofá apenas escuchó mi voz, eso fue todo. Ni siquiera tuvo la decencia de fingir que me había extrañado.
—Yo sí te extrañé —dijo Pablo desde la cocina—. Ella lleva dos días viviendo su mejor vida.
Dejé la maleta junto a la entrada y caminé hacia la sala, fue entonces cuando lo vi, un enorme castillo rascador ocupaba una de las esquinas junto a las plantas de Pablo. Tenía varias plataformas, una casita, dos postes y hasta una especie de hamaca.
—¿Qué mierda es eso?
—La única razón por la que tu hija italiana sigue teniendo dónde vivir.
Pablo apareció con una taza en la mano y señaló hacia una de las correas de su cámara sobre la mesa.
—Me debes una correa nueva.
—¡Pallina!
La levanté, pero Pallina nunca había soportado que la cargaran más de dos minutos. Así que comenzó a retorcerse entre mis brazos hasta que finalmente se zafó para irse a acostar al castillo. Justo se desparramó en la hamaca, lamiéndose una pata.
—¿Cómo sigues?
Pablo dejó la taza y me miró con más atención.
—Perdón, qué pregunta tan pendeja. ¿Cómo está Mel?
Me senté en el sofá. Pablo ni siquiera preguntó antes de sentarse junto a mí.
—No lo sé... intenté mandarle un mensaje por iMessage pero, creo que no quiere saber nada de mí.
Me llevé ambas manos al rostro y respiré profundo, de nuevo sentía el nudo en la garganta haciéndose cada vez más grande.
—Sabías que no iba a ser fácil cuando se enterara.
—Sí, pero una parte de mí guardaba la esperanza de que... —hice una pausa—. Cuando estuvimos en Chapultepec dijo que la niña que di en adopción era muy afortunada por tenerme de mamá...
—Greta...
—No dejaba de llorar. Verla sufriendo tanto me rompió por completo —dije, sintiendo como se me iba quebrando la voz con cada palabra—. Y cuando necesitaba contención, dijo que quería a sus papás. Y obviamente no se refería a nosotros.
Ya no conseguí seguir hablando. Pablo abrió los brazos y me fui contra él, llorando a mares en sus brazos.
Hundí la cara contra su pecho mientras él me acariciaba el cabello sin decir absolutamente nada. Ni que todo iba a salir bien, ni que Mel terminaría perdonándome, ni que yo había hecho lo correcto.
Nada.
Y en ese momento eso era exactamente lo que necesitaba, solo un poco de contención sin tener que dar más explicaciones o repetir las palabras que se me quedaron en la cabeza desde que las escuché salir de su boca. Lloré sin control, hasta sentir que me ahogaba y Pablo, él solo me abrazó mucho más fuerte. Hasta que mi respiración fue regresando a la normalidad poco a poquito.