Un Pequeño Secreto

CAPÍTULO 51

El jueves a la una de la tarde estaba sentada en una de las mejores mesas de un restaurante del Centro Histórico, esperando a Franco y a Carola Morales, directora editorial de Vogue México y Latinoamérica. Había buscado a Carola en internet tantas veces durante los últimos días que probablemente ya podía recitar su currículum de memoria.

—¿Greta Santillana?

Levanté la mirada. Franco había llegado doce minutos tarde acompañado por una mujer delgada, de cabello oscuro y perfectamente lacio que reconocí antes de que siquiera se presentara.

—Sí, mucho gusto.

Franco era un hombre de unos cincuenta y ocho años, con algunas canas pintando sus escasos cabellos negros, lentes y barba de unos cuantos días. Carola, en cambio, resultaba mucho menos intimidante en persona. En cuanto sonrió, el pequeño diastema entre sus dientes le dio cierta simpatía que no había percibido en ninguna de las fotografías que encontré de ella en internet.

Ambos se sentaron conmigo y Franco le pidió al mesero que nos trajera tres copas de vino.

—Perdona el retraso. Había una manifestación.

Carola sonrió y tomó la carta. Se veía mucho más relajada de lo que había imaginado durante las últimas semanas, lo suficiente para conseguir que mi nerviosismo bajara un poco.

—Estuve revisando tu portafolio —dijo, sin dejar de ver la carta—. Es bastante extenso.

—Trabajé varios años allá.

—Se nota.

Tomé un poco del agua mineral que había pedido mientras los esperaba. Todavía no llegaba el vino y necesitaba algo que me ayudara a soltar la lengua.

—También imagino que revisaron por qué dejé de trabajar allá.

Esta vez fue Franco quien respondió.

—Sí. Pero también hablamos con personas que trabajaron contigo antes del incidente con la modelo.

Sentí un pequeño nudo en el estómago y volví a llevarme el vaso a los labios hasta terminarme el agua.

—Tus referencias son considerablemente mejores que tu reputación en internet —continuó Carola, dejando la carta sobre la mesa.

Solté una risa nerviosa mientras me acomodaba el cabello detrás de los hombros.

—Eso es bueno, supongo.

—Bastante.

El mesero se acercó para servir el vino y Carola esperó hasta que volvió a alejarse.

—Ya tuviste oportunidad de hablar con varias personas del equipo y vimos tu prueba editorial —dijo—. Ahora me interesa saber algo diferente. ¿Qué crees que necesita Vogue México?

Esperé apenas un segundo antes de responder:

—Dejar de pensar en digital como una extensión de la revista.

Carola levantó ligeramente las cejas.

—¿Por qué?

—Porque ya no consumimos moda de la misma manera. Hay personas que nunca van a comprar una revista impresa, pero pueden conocer una colección completa porque vieron treinta segundos de un desfile en TikTok. Eso no significa que tengamos que perseguir cada tendencia de internet. Significa que tenemos que saber contar la misma historia de otra manera.

—¿Sin abaratar la marca?

—Sin aburrir a la gente.

Carola sonrió. Eso había salido mejor de lo que esperaba.

A partir de ahí, la conversación comenzó a fluir. Hablamos de contenido digital, redes sociales, diseñadores, semanas de la moda y de lo difícil que podía ser integrar una marca dentro de una historia sin convertirla en un anuncio de dos páginas. Carola cuestionó algunas de las decisiones que había tomado en mi prueba editorial y defendí casi todas. En una terminé dándole la razón.

Y por primera vez en mucho tiempo me descubrí hablando de algo que conocía perfectamente. Le conté sobre Italia, sobre coberturas que habían funcionado y otras que habían sido un desastre, sobre las diferencias entre producir contenido para una revista impresa y conseguir que alguien detuviera el dedo sobre una pantalla durante más de cinco segundos. Sentir que dominaba el tema, hizo que mi cuerpo comenzara a relajarse. Primero los hombros y después el resto.

No dimensionaba que tanto extrañaba a esa Greta.

Sin embargo, a mitad de la conversación, mi celular se iluminó sobre la mesa. Mi papá me estaba llamando en el momento menos oportuno. Lo puse boca abajo.

—Perdón.

—No te preocupes —dijo Carola.

Franco continuó hablando sobre lo que buscaban y después hizo una pregunta más.

Unos minutos después mi celular volvió a vibrar, de nuevo era mi papá. Y una vez más le rechacé la llamada.

Carola continuó hablando y yo volví a concentrarme en ella, o por lo menos, lo intenté. Cuando el teléfono vibró por tercera vez, la conversación comenzó a convertirse en ruido blanco. Las voces de las mesas cercanas, los cubiertos, la música y hasta el sonido de la ciudad varios pisos debajo de nosotros parecieron mezclarse mientras miraba otra vez el nombre en la pantalla. Mi papá nunca insistía así.

—Contesta —dijo Carola—. No hay problema.

—Dame un minuto.

Tomé el celular y me puse de pie. Me alejé de la mesa atravesando la terraza, esquivando a un mesero, hasta llegar al barandal desde donde podía verse una parte del Zócalo y las cúpulas de los edificios del Centro Histórico.

—Papá, estoy ocupada. Estoy en una reunión importante.

—Greta...

La manera en la que dijo mi nombre hizo que dejara de mirar la ciudad.

—¿Qué pasó?

—Hija...

Apreté el teléfono contra mi oreja. Detrás de mí seguía escuchando el murmullo del restaurante. Todo seguía exactamente igual, pero algo estaba mal.

—Papá, ¿qué pasó?

—Tu mamá está en el hospital, está muy mal.

Sentí que se me helaba el cuerpo completo y el corazón comenzó a latirme con velocidad, como si quisiera salirse de mi pecho.

—Está a punto de entrar a cirugía. Está muy grave.

—¿Pero qué pasó?

—Le dispararon.

Puse una mano sobre el barandal de la terraza para sostenerme.

—¿Qué? ¿Cómo que le dispararon? ¡¿Quién?!

—Intentaron asaltarla. No sé exactamente qué pasó. Quisieron quitarle la camioneta, hubo un forcejeo y... le dispararon dos veces.




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