Un Pequeño Secreto

CAPÍTULO 52

Encontré una pequeña capilla en la planta baja del hospital, estaba vacía y eso hizo que sintiera un poco de más confianza para hablar con Él.

Me senté en una de las últimas bancas y durante unos segundos no hice nada.

De niña mi mamá me obligaba a hincarme y juntar las manos para rezar. Decía que no era necesario cerrar los ojos, pero yo siempre los cerraba porque así podía concentrarme mejor.

Así que me acerqué al altar, me hinqué y entrelacé los dedos. Y mirando hacia el altar, dije:

—Hola —me sentí completamente estúpida—. No sé si esto todavía funciona. Hace mucho que no hablo contigo, aunque supongo que eso ya lo sabes.

Tragué saliva.

—Mi mamá sí habla contigo, todo el tiempo. Así que no sé si me vas a escuchar a mí, pero a ella sí la conoces.

Durante años había sentido que la religión era una de las cosas que más me había alejado de mi mamá, pero hoy era lo único que podía hacerme sentir cerca de ella.

—Todavía no —la voz se me quebró y apreté aún más mis dedos—. Por favor, todavía no te la lleves.

Cerré los ojos y puse ambas manos frente a mi pecho, con las palmas encontradas, en oración. No recordaba cuándo había sido la última vez que había rezado un Padre Nuestro completo. Probablemente todavía vivía en esta ciudad y mi mamá seguía obligándome a acompañarla a misa todos los domingos.

Aun así, las palabras aparecieron solas en mi cabeza.

—Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre...

No tuve que esforzarme para recordar lo que seguía, susurré el "venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad..." hasta que me detuve.

Abrí los ojos y miré hacia el altar.

—No —susurré—. Tu voluntad no. La mía.

Me limpié rápidamente una lágrima con el dorso de la mano.

—Perdón. Sé que probablemente así no funciona.

Volví a cerrar los ojos y puse de nuevo las manos en oración.

—Danos hoy nuestro pan de cada día...

Esta vez conseguí seguir hasta el final de la oración.

—Amén.

Me persigné como me habían enseñado cuando era niña y permanecí de rodillas unos segundos más. No sabía si había hecho algo bien. Ni siquiera sabía si después de tantos años todavía podía aparecerme frente a Dios solamente porque necesitaba pedirle algo.

Pero sé que mi mamá habría hecho lo mismo y de alguna forma, yo lo acababa de hacer en su nombre.

—Sabía que ibas a estar aquí.

Reconocí la voz de Pablo detrás de mí. Giré la cabeza y lo encontré parado unos metros atrás, junto a la última fila de bancas.

—¿Cómo me encontraste?

—Te conozco —respondió, acercándose—. Y sabía que ibas a estar aquí, con el mejor amigo de tu mamá.

Lo miré, seria, ladeando un poco la cabeza.

—Hoy no, Pablo.

Por primera vez desde que lo conocía, no intentó responder con algún otro chiste. Simplemente se acercó al altar en silencio y se sentó en la primera banca, justo detrás de mí.

—¿Cómo está?

—Delicada, le dieron dos disparos, uno en el brazo izquierdo y el otro en el abdomen —dije, regresando la mirada al altar—. Está en terapia intensiva. Perdió mucha sangre, el disparo que le dieron en el abdomen le dañó el hígado. El médico dijo que las próximas horas son críticas.

—Lo siento mucho, Greta.

Me puse de pie y me senté a su lado.

—Tengo miedo.

Fue lo único que alcancé a decir antes de volver a llorar. Pablo me rodeó con un brazo y me acercó a él.

—No quiero que se muera.

—Lo sé.

Hundí la cara contra su hombro. Esta vez Pablo no intentó hacerme reír, tampoco me dijo que todo iba a estar bien ni me prometió algo que ninguno de los dos sabía que se podría cumplir.

Solo se quedó conmigo, en silencio.

No sé cuánto tiempo estuvimos así, de hecho, desde que recibí la llamada de mi papá perdí la noción del tiempo. Pablo no dijo absolutamente nada que fuera audible, pero lo miré con los ojos cerrados, apenas moviendo los labios, como si también estuviera rezando por Gabriela.

—¿Greta?

Levanté la cabeza al escuchar mi nombre y Pablo abrió los ojos, ambos volteamos hacia la entrada de la capilla, mi papá estaba ahí.

—Si quieres verla, te van a dejar pasar unos minutos.

Me separé de Pablo y me limpié rápidamente las mejillas.

—¿Cómo está?

—Está sedada.

Pablo apretó mi mano antes de que me pusiera de pie.

—Ve.

Me puse de pie y seguí a mi papá fuera de la capilla. El trayecto hacia el elevador y después hacia el piso en dónde estaba la unidad de cuidados intensivos se me hizo eterno.

Cuando las puertas metálicas del elevador finalmente se abrieron, el ambiente cambió de golpe. Ya no olía a los cirios de la capilla. Se sentía un frío estéril que me golpeó la cara con un olor penetrante a alcohol. Caminamos por un pasillo largo y vacío hasta una puerta doble de vidrio opaco con un letrero rígido que decía: Unidad de Cuidados Intensivos.

Mi papá presionó el intercomunicador. El zumbido electrónico de la cerradura al liberarse me revolvió el estómago. Él me cedió el paso y se quedó afuera, dejándome con la enfermera.

No hubo saludos ni preguntó como estaba, solo me extendió una bata desechable de color azul claro y un cubrebocas.

—Se tiene que lavar las manos hasta los codos en esa tarja —dijo, señalando un lavabo de acero inoxidable con pedal—. Solo puedes pasar diez minutos. No toques las pantallas, ni las mangueras. Si los monitores suenan, no se asustes, nosotras estamos revisando desde aquí. Puede pasar al cubículo cuatro.

Mis manos temblaban tanto que apenas pude anudar los lazos de la bata.

Al entrar al cubículo cuatro, el mundo se redujo a todos los sonidos de las máquinas a las que estaba conectada mi mamá. El "bip" acelerado del monitor cardíaco fue el primero en llamar mi atención, así como el bufido artificial, denso y pausado, de un aparato que respiraba por ella.

No parecía mi mamá. Estaba pálida, casi translúcida y de su boca salía un tubo transparente fijado con cintas a sus mejillas. Del soporte junto a la cama colgaban cinco bolsas de plástico distintas conectadas a sus venas, dos de ellas eran de un rojo oscuro y espeso. Era sangre. Pero lo que me obligó a apartar la mirada fue un tubo delgado que salía directamente de su costado derecho, drenando un líquido rojizo y constante hacia un recipiente de plástico en el suelo.




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