Dormí poco más de dos horas.
O al menos eso fue lo que calculé cuando revisé a qué hora había dejado de mandarle mensajes a mi papá y a qué hora volví a escribirle para preguntarle si había pasado algo. Entre ambas cosas recordaba haber cerrado los ojos varias veces, despertar convencida de que mi celular estaba vibrando cuando no era cierto y revisar las notificaciones tantas veces que terminé quitándole el sonido porque cada notificación conseguía que el corazón se me acelerara.
Mi papá respondió poco después de las seis de la mañana.
Edgar Santillana:
Todo sigue igual. Descansa.
No descansé.
Me levanté, me duché en menos de diez minutos y me puse la primera ropa cómoda que encontré. Pablo salió de su habitación poco después, todavía con la marca de la almohada en una mejilla y el cabello aplastado de un lado. Y mientras yo intentaba prepararnos café, él se encargó de Pallina porque, hasta que lo vi rellenar su plato, ni siquiera había pensado en que tenía que alimentarla.
Le dejamos suficiente comida y agua para todo el día. Pablo limpió su arenero mientras yo guardaba el cargador del celular, una sudadera y todas las cosas que podía necesitar si volvía a pasarme otras quince horas en el hospital. Pallina nos siguió por el departamento durante todo el proceso, evidentemente ofendida por nuestra actividad a una hora en la que normalmente seguíamos dormidos.
Y cuando finalmente cerré la puerta, la escuché maullar del otro lado. Prometí mentalmente compensarla cuando todo esto terminara.
Antes de las ocho ya estábamos otra vez en el hospital.
Mi mamá había pasado la noche sin cambios importantes. Seguía delicada, pero estable. Las palabras consiguieron tranquilizarme durante aproximadamente diez minutos, hasta que recordé que estable no significaba fuera de peligro y volví a preguntarle a mi papá exactamente lo mismo que le había preguntado por mensaje durante toda la madrugada.
No había vuelto a sangrar, eso era lo importante.
Durante la mañana comenzaron a llegar algunas de las personas que habían respondido a la publicación que hice la noche anterior. Jonathan apareció antes de entrar al despacho, Damaris llegó con un café enorme en una mano para mí y Liz mandó un mensaje para avisar que intentaría ir más tarde. Irene también apareció después de escribirme para preguntar en qué parte del hospital tenía que presentarse.
Yo fui la primera a la que rechazaron.
Después de llenar formularios, contestar preguntas sobre mi salud y permitir que me picaran un dedo, una mujer revisó el resultado y me explicó que mi hemoglobina estaba ligeramente por debajo de lo necesario para donar.
—¿En verdad no puedo?
La mujer volvió a mirar el resultado.
—Estás debajo del mínimo.
—Sí, pero ¿cuánto?
—Greta —intervino Pablo desde la silla de al lado—. Entiende, no puedes donar.
No importó cuánto insistí. Ese día no podía donar. Me molestó mucho más de lo razonable. Había pasado toda la noche buscando algo que pudiera hacer por mi mamá y resultaba que ni siquiera podía darle mi propia sangre.
Pablo sí fue candidato. Jonathan también. Irene consiguió donar sin ningún problema y Damaris salió pocos minutos después haciendo un berrinche porque la habían rechazado por tener la presión demasiado baja.
Sin embargo, al final hubo suficientes personas que pudieron donar. Eso era lo único que importaba.
O al menos intenté convencerme de que lo era.
Irene se quedó conmigo un rato después de donar. Estaba un poco más pálida de lo habitual y sostenía una cajita de jugo que le habían dado mientras yo le contaba por tercera o cuarta vez en menos de veinticuatro horas la misma versión de lo ocurrido: dos disparos, uno en el brazo, otro en el abdomen, una lesión en el hígado, mucha sangre y demasiadas horas esperando que algo cambiara.
No hizo preguntas innecesarias. Tampoco intentó convencerme de que todo iba a estar bien. Se quedó sentada conmigo, me obligó a comer unas galletas que sacó de su bolsa y, cuando tuvo que irse, me abrazó durante más tiempo del que normalmente lo habría hecho.
Jonathan también tuvo que regresar al despacho. Antes de irse me prometió que volvería en cuanto terminara de resolver lo que tenía pendiente y me hizo repetirle dos veces que le llamaría si había algún cambio. Pablo aguantó un poco más, hasta que finalmente recibió una llamada que no pudo seguir ignorando.
—Tengo que irme a trabajar —dijo, mirando la pantalla con expresión culpable—. Puedo cancelar.
—Ya moviste una sesión por mí ayer.
—Puedo mover otra.
—Y yo puedo sobrevivir unas horas sin ti.
Entrecerró los ojos.
—Eso está por verse.
—Vete... estaré bien.
Me abrazó antes de hacerlo y me hizo prometer que iba a comer. No tenía ninguna intención de cumplir la promesa, pero se la hice de todos modos para conseguir que se fuera.
Poco a poco, todas las personas que habían llegado durante la mañana regresaron a sus propias vidas y yo me quedé otra vez en aquella sala con mi papá.
El resto del día volvió a convertirse en una sucesión de horas que no parecían avanzar. Un médico salió cerca del mediodía para decirnos que mi mamá continuaba estable dentro de su gravedad y que, por el momento, no había evidencia de una nueva hemorragia. Mi papá hizo más llamadas. Yo contesté mensajes. Y cuando me cansé de mirar las mismas paredes de la sala de espera, terminé otra vez frente a la capilla.
Esta vez no necesité presentarme.
Me senté en una de las bancas, junté las manos frente al pecho y recé.
No discutí con Dios sobre su voluntad ni intenté negociar. Repetí las oraciones que todavía recordaba, una detrás de otra, hasta que dejé de saber si estaba rezando porque creía que podían funcionar o porque necesitaba sentir que mi mamá y yo seguíamos haciendo algo juntas.
Cuando regresé a la sala de espera, nada había cambiado.