Mi papá se negó a irse del hospital hasta que prácticamente lo obligamos.
Había pasado ahí desde que la ingresaron por urgencias y no había descansado casi nada. Al principio insistió en que podía aguantar otra noche, pero después de varios minutos discutiendo conseguimos convencerlo de que regresara a casa, se bañara, comiera algo y durmiera unas horas.
Pablo llegó poco después de las ocho y se ofreció a quedarse mientras yo la acompañaba con Jonathan al departamento para llevar a Melanie a descansar. No era necesario que alguien de nosotros permaneciera frente a aquellas puertas cada segundo del día, pero ninguno parecía preparado para dejarlas completamente solas.
Así que mi papá finalmente se fue y Pablo ocupó su lugar. Yo prometí regresar en cuanto pudiera.
Durante el trayecto hacia Santa Fe, Melanie no dejó de hacer preguntas.
Al principio fueron sobre mi mamá. Quería saber cuánto tiempo llevaba en el hospital, qué habían dicho exactamente los médicos y si realmente existía la posibilidad de que tuviera que volver a operarse. Después empezó a preguntar cosas que no tenían absolutamente nada que ver con su estado de salud.
Solo quería saber cómo era Gabriela. No la mujer inconsciente que acababa de conocer rodeada de máquinas, sino mi mamá.
Preguntó si era divertida, si cocinaba, qué comida le gustaba, si tenía alguna canción favorita, si siempre había sido tan religiosa como le había contado, qué hacía cuando se enojaba y por qué mi papá todavía la llamaba "mi esposa" aunque ya no estuvieran juntos.
Intenté responder todo lo que pude.
Le conté que cocinaba mucho mejor que yo, que su color favorito era el rojo y que tenía una habilidad casi sobrenatural para saber cuándo alguien estaba mintiendo. Le expliqué que podía pasar horas hablando con las señoras de su iglesia y que durante años había tenido la costumbre de obligarme a acompañarla a misa aunque yo protestara durante todo el trayecto.
—¿Si es divertida o es medio gruñona?
La miré durante unos segundos a través del espejo de vanidad.
—Lo averiguarás tú.
Melanie quería saberlo todo.
Y por primera vez desde que descubrió la verdad, no tuve miedo de contestarle.
No estaba preguntándome por qué la había entregado, por qué le había mentido o por qué había regresado catorce años después.
Solo quería saber quién era su abuela.
***
Cuando llegamos al departamento de Jonathan, Carlos abrió la puerta. Y Brenda estaba detrás de él.
Sentí que todo el cuerpo se me tensó cuando la miré a los ojos.
La última vez que había estado frente a ellos, Brenda había hecho todo lo posible por mantenerme lejos de Melanie. Ahora estaba parada en el departamento de Jonathan después de viajar con ella hasta México para que pudiera verme.
No hubo mucho que discutir, ni siquiera creo que alguno de nosotros tuviera energía para hacerlo.
Melanie entró primero y Carlos la siguió. Yo estaba a punto de hacer lo mismo cuando Brenda me pidió que esperara.
—¿Podemos hablar un momento?
Miré a Jonathan. Él hizo el intento de quedarse, pero negué con la cabeza y salí con Brenda al corredor.
La puerta se cerró detrás de nosotras.
Durante algunos segundos no dijo nada. Parecía haber ensayado muchas cosas durante el viaje y haberlas olvidado todas en cuanto me tuvo enfrente.
—Greta, no me la quites.
La frase me tomó completamente desprevenida.
—¿Qué?
—A Melanie.
—Brenda...
—Sé que legalmente es nuestra hija. Sé lo que dicen los papeles y sé que han pasado catorce años, pero eso no significa que no tenga miedo.
La miré sin saber qué responder. Por primera vez desde que regresé a México, Brenda no parecía enojada conmigo.
Parecía aterrada.
—No quiero quitártela, Brenda. Solo quería conocerla...
Brenda bajó la mirada.
—Tengo miedo de que un día se dé cuenta de que ustedes son lo que le faltaba y ya no quiera volver conmigo.
Ahí estaba. No la mujer que me había pagado un boleto a Italia para poner un océano entre mi hija y yo. No la mujer que durante meses había intentado controlar cada contacto que podía tener con Melanie. Al final, Brenda era su mamá y estaba aterrada de perder a su hija.
—Brenda, mírame.
Le tomó unos segundos hacerlo.
—Yo no quiero quitarte nada. Tú eres su mamá. Has sido su mamá todos los días durante todos estos años y que yo haya regresado no cambia eso.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Pero tú también eres su mamá.
Sentí que algo se me atoraba en la garganta.
—Biológicamente, sí.
—No solamente biológicamente.