Los gritos atravesaban las paredes.
Vera permanecía sentada en el suelo, con las rodillas pegadas al pecho y la espalda apoyada contra la cama. La lluvia golpeaba los ventanales con tanta fuerza que, por momentos, parecía que alguien arrojaba puñados de piedras contra el cristal.
No sabía qué estaba ocurriendo.
Desde hacía horas escuchaba voces en los pasillos, pasos apresurados y golpes que hacían vibrar las puertas del viejo castillo.
Se frotó los brazos. El frío se había instalado en la habitación, colándose por las juntas de las ventanas y las grietas de las paredes. Llevaba un vestido demasiado fino para aquella noche y sus pies descalzos estaban helados.
Pero el frío no era lo peor. Los pensamientos seguían llegando: Por favor, no me mates. Mi hijo está ahí dentro. ¡Retirada! ¡Retirada! Madre, tengo miedo.
Se apretó las manos contra los oídos.
No servía de nada.
Las voces no provenían de la habitación. Ni siquiera de un lugar concreto. Se filtraban en su cabeza entrecortadas, mezclándose con los gritos que escuchaba a través de las paredes. Algunas eran tan nítidas que podía distinguir el miedo de quien las pronunciaba; otras se deshacían antes de que lograra comprenderlas.
Aquella noche, el castillo entero parecía gritar dentro de ella.
Un golpe retumbó al otro lado de la puerta, exaltándola.
—¿Hola?
Nadie respondió.
Esperó unos segundos antes de ponerse en pie. Se acercó despacio, procurando no hacer ruido, y apoyó la mano sobre la madera.
Otro golpe. Esta vez hubo un gemido, ella retrocedió justo cuando la puerta se abrió de golpe.
La mujer que la atendía apareció en el umbral. O, más bien, se desplomó en él.
Tenía el vestido desgarrado, sangre en la frente y una mano apretada contra el costado. Intentó avanzar, pero las piernas le fallaron. Se arrastró sobre las baldosas hasta quedar tendida a pocos pasos de Vera.
Vera cayó de rodillas junto a ella.
—¿Qué ha pasado?
La mujer levantó la cabeza. Sus ojos estaban desorbitados.
—Tienes que... irte.
—¿Qué?
—Corre.
Un espasmo le sacudió el cuerpo. Vera intentó sujetarla, pero la mujer se aferró a su muñeca con una fuerza inesperada.
—No dejes que te encuentren.
—¿Quiénes?
La mujer abrió la boca, aunque no llegó a responder. Su mano cayó al suelo.
Vera no lo pensó mucho, alzó la vista, por primera vez en años la puerta está abierta. Era su oportunidad, ahora o nunca, no tendría otra.
Corrió fuera de la habitación, sin llevarse nada. No había nada allí que valiera algo para ella. en ese momento su mayor tesoro era su libertad, y la esperanza de una nueva vida fuera de ese palacio.