Un reino para la esposa del dragón

Dragones

Avanzó pegada a la pared, en medio de un corredor lleno de humos, esquivando fragmentos de madera y piedras desprendidas del techo. Al llegar a las escaleras, tuvo que detenerse para no chocar con dos soldados que bajaban a toda prisa.

La algarabía era tanta que nadie la tomó en cuenta. El castillo era un campo de batalla, atravesó el vestíbulo y salió al patio.

La lluvia la recibió, empapando todo menos su voluntad. Ya no tenia frio, ya no tenia miedo, estaba cerca de irse para siempre.

Al cruzar el patio, vio una espada tirada junto al cuerpo de un soldado. Se detuvo, la recogió con ambas manos y estuvo a punto de dejarla caer por su peso.

—No —murmuró.

Necesitaba protegerse. Apretó los dientes, sujetó mejor el arma y continuó corriendo.

—¡Al puerto!

Escuchó a los soldados quienes corrían en la misma dirección.

El puerto.

Allí habría embarcaciones. Gente que huía. Quizá comerciantes que aceptaran llevarla a otra ciudad a cambio de trabajo.

Echó a correr de nuevo. Cuando llegó al puerto, varios barcos ya se alejaban de los muelles.

Vera soltó la espada sobre las tablas y se acercó a un pequeño bote donde tres soldados se montaban de prisa.

—¡Esperen!

Uno de ellos se volvió.

—¿Qué quieres?

—Necesito subir.

El hombre la examinó de pies a cabeza.

—El bote es demasiado pequeño.

—Por favor —suplicó Vera—. No quiero morir aquí.

El soldado intercambió una mirada con sus compañeros. Finalmente, le tendió la mano.

—Sube. Y procura no estorbar.

Vera aceptó la ayuda y cayó de rodillas sobre la cubierta.

El bote se apartó del muelle. Vera ayudaba a remar junto con otros tres hombres.

No tenía idea de adónde se dirigían. No conocía a los soldados ni sabía qué ejército había invadido su hogar. Pero el castillo comenzaba a alejarse y, con él, su pasado.

Por primera vez en seis años, estaba fuera.

Remaba con todas sus fuerzas, podía llorar después. Podía sentir miedo después. Por el momento, bastaba con seguir respirando.

Entonces unos gritos de espanto los paralizó, venían de las otras embarcaciones.

Se detuvieron y en cuestión de segundos, una enorme bestia dominaba el oscuro cielo, sus enormes alas dominaban el paisaje.

La velocidad con la que volaba hacía las embarcaciones era tanta que agrietaba las aguas.

—¡Un dragón! — Grita uno de los soldados.

Con un fuerte rugido empezó a quemar las demás embarcaciones.

—¡Saltad! —gritó uno de los soldados que la acompañaban.

Sin que ella le diera tiempo de reaccionar, la bestia abrió las fauces y una llamarada iluminó la noche. El fuego alcanzó el agua junto a los fugitivos. Los gritos se confundieron con el estruendo de las olas.

Ella se tapo espantada la boca, todo estaba consumido a su alrededor.

La criatura descendió hasta quedar frente a ella. Sus ojos la observaron con una intensidad que le hizo olvidar cómo respirar.

Uno era verde.

El otro, plateado.

No había visto nada semejante.

—Por favor... no me mates —suplicó.

El dragón inclinó ligeramente la cabeza. Sus enormes fauces comenzaron a abrirse.

Vera cerró los ojos.

Había terminado.

Su oportunidad de escapar había durado apenas unos minutos.

—Tal vez, si fueras humano, entenderías que no soy tu enemiga... —susurró.

Esperó el impacto.

Pero solo escuchó un chapoteo y unos gritos.

—¡Ayuda!

Vera abrió los ojos.

A su derecha, un hombre se debatía entre las olas. Se hundía cada vez que intentaba alcanzar la superficie.

Miró a su alrededor.

El dragón había desaparecido.

El desconocido volvió a levantar la cabeza.

—¡No sé nadar!

Vera soltó una maldición y se lanzó al agua.

—¡Pues vaya noche has elegido para aprender!




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