Un reino para la esposa del dragón

Mala noche para bromas

Vera consiguió subir al desconocido al bote y tomó los remos. Apenas empezó a moverlos, el hombre se aferró a su cintura.

—¡Suéltame! — Le grita ella incomoda.

Él la abrazó con más fuerza.

—¡No sé nadar! — Grita él con miedo.

—¡Estamos en un bote, idiota! ¡Siéntate!

El hombre obedeció, respirando con dificultad y mirándola como un niño al que acababan de regañar.

Vera aprovechó para observarlo. Era alto, de hombros anchos y torso descubierto. Llevaba unos pantalones negros empapados y el cabello, lacio y largo hasta los hombros, le caía sobre el rostro.

—¿Qué me ha pasado? —preguntó él, examinándose las manos.

Vera no respondió. Tenía la mirada fija en la orilla.

—Tengo frío.

Ella siguió remando.

—¿Me has oído?

—Sí.

—He dicho que tengo frío.

—Y yo tengo hambre. La vida es injusta para ambos.

El hombre frunció el ceño.

—¿Quién eres?

—Alguien que agradecería un poco de ayuda con los remos.

Él los miró con desprecio.

—No necesito remar. Puedo volar.

—Qué maravilla. Entonces vuele y deje de hacer peso.

—Soy un dragón.

Vera dejó de remar.

Lo miró despacio.

—¿Usted qué?

—Soy Onyx, el gran rey dragón. La criatura más temida de este continente.

Vera lo examinó de arriba abajo.

—Mi primera noche en libertad y me encuentro con un lunático.

—¿Lunático? ¡Respeta, jovencita!

—¿Jovencita? Debes tener mi edad, tipo raro.

Onyx abrió la boca, indignado.

—¡Tengo más de doscientos años!

—Pues ya tienes edad suficiente para aprender a remar.

—¡Soy un dragón!

—¡Entonces conviértete en uno y lárgate!

Onyx la fulminó con la mirada.

—Observa, humana insolente.

Cerró los ojos y extendió los brazos.

Una energía oscura recorrió su cuerpo. Por un instante, unas escamas negras aparecieron sobre sus hombros.

Y desaparecieron.

Onyx abrió los ojos.

Lo intentó otra vez.

Nada.

Miró sus manos con creciente horror.

—¿Qué...?

Vera volvió a remar.

—¿Terminó el espectáculo?

—¡¿Qué me has hecho?!

—¿Yo?

—¡Bruja! ¡Me has hechizado!

Vera soltó un suspiro.

—Escucha, no soy muy paciente. O te callas o te lanzo al mar.

—¡No puedo transformarme!

—Qué tragedia.

—¡Devuélveme mi cuerpo!

—¡Ese cuerpo parece funcionar perfectamente! ¡Ahora déjame remar!

Onyx apretó los puños.

Vera, por su parte, comenzó a considerar la posibilidad de que aquel hombre dijera la verdad. Había visto un enorme dragón negro sobrevolando el mar y, segundos después, había encontrado a ese desconocido luchando por mantenerse a flote.

Pero no tenía tiempo para resolver semejante misterio.

Solo quería llegar a tierra.

Cuando el bote rozó la orilla, Vera saltó al agua poco profunda.

Le dolían los brazos, tenía las piernas entumecidas y el vestido pesaba por la humedad. Aun así, sonrió.

¡Tierra firme!

Se volvió hacia el desconocido.

—Bueno, ha sido un placer. Espero que consiga resolver su... problema.

Onyx bajó detrás de ella.

—¿Adónde crees que vas?

—Lejos de usted.

—No te irás a ninguna parte.

—Observe cómo lo hago.

Vera empezó a caminar, pero Onyx la sujetó del brazo.

—¡No me moveré de aquí hasta que me devuelvas mi forma!

—¡Pues quédese aquí hasta que le salgan raíces!

Intentó soltarse, pero él no cedió.

—¡Suélteme, monstruo!

Onyx sonrió.

—Ahora sí empiezas a comprender con quién estás hablando.

Alzó la cabeza y lanzó un rugido tan poderoso que Vera tuvo que cubrirse los oídos.

El sonido retumbó entre las montañas.

Un instante después, algo respondió desde el cielo.




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